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SENDA DE REIKI
¡GRACIAS!
  Senda de Reiki  | 19 de octubre de 2013

Debería haberlo sabido antes. Debería haber estado atenta. Debería haberme ocupado. Debería, debería, debería...
¡Ya está bien de tantos debería!

Laura ha llegado a un punto de su recorrido vital que ya no tiene marcha atrás. Y está contenta. Los avances han sido significativos. Se ha quitado de encima los debería y muchas cosas más. ¡Y claro que merece la pena! ¡Aunque sólo sea por los malditos debería!

Ahora hace las cosas porque le apetece, porque cree firmemente que se merece hacerlas. Así, llama a su madre todos los días porque está convencida de que ella misma se merece oír la voz de su madre y lo hace desde el cariño, desde la comprensión, sin impaciencia. No es una carga ni una pesada obligación diaria. Su trayectoria personal ha convertido estas conversaciones en un acto de amor, de acercamiento, de intimidad. Y ¡mira tú por dónde! desde que su actitud es otra, su madre también parece otra.

Laura rodea con sus manos la humeante taza de infusión que tiene delante (otro avance, se acabaron los miles de cafés) y observa el paisaje acariciada por el sol de la tarde otoñal. Su memoria trabaja recordando la reciente conversación mantenida con su hijo mientras paseaban por el pinar:
-  Mamá ¿es verdad lo que dicen de los de este pueblo?
-  ¿Qué dicen?
-  Pues ya sabes, que si antipáticos, desconfiados, cerrados… En fin, gente de la que no te puedes fiar.
-  ¿Tú qué opinas?
Desde su altura de niño de 10 años, Pablo mira a su madre y con gesto sincero responde:
-  Pues que mis amigos de aquí no son así, son majetes.
Con una sonrisa, Laura le conduce hasta el pie del risco más próximo. Piedras de granito que se sostienen milagrosamente unas encima de otras.
-  Toca las piedras. Mejor, acarícialas. Dime que te sugieren.
Pablo no se sorprende. En otras ocasiones ha experimentado junto a su madre una forma distinta de contactar con personas, objetos, animales, naturaleza…
-  Fuerza. Integridad. Resistencia.
-  ¿Y esto? -Laura lleva la mano de Pablo hasta tocar el musgo que inunda la primera piedra en su cara norte-.
-  ¡¡Hala!! Suave, suave. ¡¡Me encanta el musgo!!
Y ya lanzadísimo, Pablo mete sus manos en las inverosímiles hendiduras. Trepa hasta la peña más alta y desde allí contempla. Observa un pequeño charquito en una oquedad…
-  Y ahora ven. Seguro que nos encontramos con alguna seta. Ya ha llovido.
-  ¡¡Sí, sí!! ¡¡Mira, aquí están!! ¡¡Son níscalos!! ¿Puedo cogerlos, mamá?

Personas, riscos y hongos

¡Qué distinta hubiera sido esta conversación de ocurrir unos 10 o 15 años atrás! Entonces Laura tenía otra mirada. Juzgaba. Se dejaba llevar por las apariencias, por las opiniones de los demás y claro, acababa pensando y diciendo lo que se esperaba de ella.
Ahora, sin embargo, había podido descubrir a su hijo la similitud entre la naturaleza de las personas y el medio ambiente en el que viven. Le había podido decir que los humanos se suelen mimetizar con el entorno. Así, en este lugar de Castilla, donde los inviernos son largos y duros y los veranos cortos y templados; donde los riscos de granito se alzan majestuosos a veces, misteriosos otras y siempre atrayentes; sus gentes se les asemejan. Y le explicó que en este pueblo ella ha descubierto a personas aparentemente duras, frías, distantes, pero que irradian verdad, lealtad y valor cuando te acercas a ellas. Personas que llevan sus hendiduras con elegancia y que ocultan con silencio las oquedades donde van a parar sus lágrimas. Ellas también poseen un musgo suave que se manifiesta de improviso en un abrazo, una sonrisa, una mirada.

También le contó la historia de los hongos. Nosotros los vemos asomar victoriosos en su camino hacia la luz del sol, pero no percibimos la tupida red que hay debajo de la tierra. Una red de apoyo donde encuentran sus nutrientes.
-  Aquí pasa lo mismo, Pablo. Hay una red invisible, casi inconsciente. Pero que está ahí para sostener, nutrir, empujar.
Epílogo
Está anocheciendo. Laura contempla cómo la oscuridad toma forma. Piensa en su amigo ya jubilado que de joven fue pastor en el pueblo sintiéndose el hombre más libre y feliz del mundo.
-  Hola. Soy yo ¿Hace un vinito donde siempre?
-  En 10 minutos estoy ahí, Laura.
Benditos móviles.

Mi más sincero agradecimiento a los hombres y mujeres de este pueblo que me enseñan, quieren, apoyan, respetan y caminan conmigo a pesar - y gracias - a nuestras diferencias.
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