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OPINAR EN FICCIÓN
QUE DESILUSIÓN
  Mariano Moral  | 7 de octubre de 2011

Me he bebido todo. He perdido. Ya no me queda ni una sola gota que llevarme a la boca y, consciente de que el presente ya no da para más futuro, he empezado a vivir marcha atrás. He encontrado muchas fotos y toda esa clase de reliquias inservibles con las que intentamos dar sentido a un porvenir que tal vez ni siquiera exista. He quemado todo, excepto las únicas páginas escritas de un diario que hace muchos años compré en un chino y que todavía resistía empolvado en el fondo del mueble bar.
Me ahoga el traje, voy a ponerme algo más cómodo.
En esta camiseta está grabada la palabra Revolución en colores fosforescentes y aparecen dos sujetos que llevan unas gafas que bien podrían ser de soldador y les cuelgan de sus cuellos sendos collares de oro macizo, ambos tienen el puño izquierdo alzado. Es una camiseta promocional de Coca-Cola. Los pantalones están rotos a la altura de las rodillas, pero si no recuerdo mal mi hijo se los compró la semana pasada. Hace mucho que no me corto las uñas de los pies.

Es irónico que, después de tantos años, todavía no haya perdido la afición por esta cerveza barata del Lidl de Carabanchel. Quince miserables céntimos, un placebo para el pobre. Cuando se me acaban mando al chofer que se acerque hasta la Vía Carpetana para comprar más, yo no me atrevo. Cualquiera que vaya a leer esto mañana pensará que iniciar un relato con éste comentario solo se le puede ocurrir a un alcohólico, pueden ustedes pensar lo que quieran, de eso se trata. Pero les diré, si es que algo puedo alegar al respecto, que ésta cerveza de nombre impronunciable embriaga como nunca lo podrá hacer el más añejo de los scoths. Es una cuestión de asociación, para más pistas. Esperen un segundo por favor.
Bien, todo está en su sitio, la he colocado al alcance de mi mano derecha, con la izquierda cogeré la cerveza. Ahora ya puedo empezar.

Me he bebido todo. He perdido. Ya no me queda ni una sola gota que llevarme a la boca y, consciente de que el presente ya no da para más futuro, he empezado a vivir marcha atrás. He encontrado muchas fotos y toda esa clase de reliquias inservibles con las que intentamos dar sentido a un porvenir que tal vez ni siquiera exista. He quemado todo, excepto las únicas páginas escritas de un diario que hace muchos años compré en un chino y que todavía resistía empolvado en el fondo del mueble bar.
Fortuna, a quién nadie ha podido escrutar, ni podrá, quiso que todo lo superficial, dañino y efímero perdiera para siempre la hegemonía en el universo. En mi universo. Pero desgraciadamente no llegué a ese estado de gracia por la vía que yo soñaba, digamos la apropiada, con lo cual no pude disfrutarlo ni tan siquiera por un instante. Quiso Fortuna, ¿que no yo?, que me tocaran novecientos millones en la primitiva. Quiso Fortuna, que no yo, que mi mujer se matara en un accidente de tráfico unas semanas después. Todas la mañanas aparca una furgoneta en la puerta del chalet, el rapaz que viene a traer la comida del supermercado mira tenazmente a la criada que la recoge, ellos no lo saben, pero yo veo cada mañana ese folio doblado mil veces que el muchacho coloca furtivamente bajo los pimientos. Una anacrónica carta de amor, un anacrónico ciclo de la naturaleza que envenena con esperanza la crónica de una muerte anunciada. Yo la pondría una rosa entre las botellas de vino.

Regalar una botella de vino caro no significa nada si no has sacrificado algo para conseguirla. Yo me alegro, en el fondo me alegro, de que todos los regalos que le hice a mi mujer fueron comprados o robados con medios que se alejaban bastante de los necesarios. Si así hubiera sido con mis hijos ahora no serían gilipollas perdidos, se alegrarían con una peonza tallada a mano como las que me hacía mi abuelo o con una talega de pana para guardar las canicas como la que me hacía mi abuela. Pero para ellos un regalo por menos de cien euros es un insulto, como estos pantalones que, aun estando rotos, valen un ojo de la cara. Solo siento aquello denominado como felicidad durante los pocos momentos en los que veo claramente que la pude hacer feliz sin añadir papel pintado a nuestra existencia. Yo también quería cambiar el mundo para ella, pero el mundo me sobornó con novecientos kilos y a ella la perdí para siempre.
Aun así intento no considerarme culpable de nada, ni siquiera cuando me paso noches enteras increpando a los clientes del Club Restaurant Moraleja y el jefe de camareros me insinúa con voz asquerosamente agradable que es hora de marcharse porque “estoy tomado y tengo que conducir”.

Echo de menos las malas compañías, los agujeros, echo de menos no tener que soportar miradas febrilmente amables y agradecidas de gente, de familia, que solo espera recibir un poco de papel pintado de parte del Señorito Juan Carlos, es decir, de mí. ¡Para ellos todo el maldito dinero! ¿Echo de menos ser pobre?
Bien, esta es una espeluznante cuestión. “Invierta usted en bolsa, en acciones, en bonos, en propiedades, en negocios...”, los usureros que aparecen con el emblema de consejero, administrador o director de banco entienden muy bien de que va esto, yo les seguí el royo porque me inspiraron bastante confianza y ahora ambos somos más ricos que antes. Eso me dicen y yo me lo creo, me lo creo porque en el fondo no me importa, y a ellos se les ve tan entusiasmados que da pena llevarles la contraria. Son como niños, aunque bastante locuaces y ambiciosos. En algún arrebato de histeria he llegado a considerar que deberían ser exterminados, junto con el sistema que los sostiene impunemente, para que nuestros hijos no corrieran el peligro de llegar a ser como ellos. Pero da la impresión de que es demasiado tarde, de que no hay marcha atrás, permitirme ser optimista, o la destrucción total o nada, empezar de cero o no mover un dedo. Esta era la idea que ya me rondaba la cabeza cuando aún era dignamente invisible, cuando analizaba mi rutina y la comparaba con el pasado para intentar sacar algo en claro, en aquellos tiempos de soñador de barra y cubata en los que no veía la hora de terminar el trabajo cuando ya estaba pensando horrorizado que al día siguiente me esperaba exactamente lo mismo. Hoy, al fin, voy a poder ser un soñador sin miedo al mañana.

Suelo salir de casa a las seis de la madrugada con un maletín vacío colgando de la mano derecha, camino hasta la frontera de la urbanización, marcada brutalmente por la nacional uno, y me siento en la marquesina donde paran diariamente decenas de autobuses verdes. Saco un cigarrito que llevo siempre metido en el doblez de la manga de la americana y le enciendo metiendo la cara hasta la sobaquera para proteger la llama del viento y amortiguar el sonido de la piedra. Estoy tirando el cigarro, apurado hasta el filtro, cuando aparece el primer autobús repleto de emigrantes, jóvenes currantes nativos y oficinistas de toda índole. Me pongo en pié y camino hasta la puerta del autobús, miro a todos a los ojos a medida que van siendo vomitados por la salida trasera. “Buenos días”, “hola”, “mira que madruga usted para estar viviendo en un lugar como éste”. Ninguno sabe mi nombre, ni yo se los suyos, pero se ha generado una conexión entre nosotros, una amistad sin confianza, una necesidad rutinaria que les hace esperar diariamente mi presencia en la marquesina y a mi su llegada en el autobús. Es puro compañerismo de animal madrugador, compañerismo de la pobreza y el sacrificio, un compañerismo manchado por mi hipocresía y egoísmo, pues yo no soy pobre y les necesito mucho más de lo que ellos pueden imaginar.
Durante toda la mañana hago turismo imaginario subido en el autobús verde, al principio la gente debió creer que yo era un hombre de negocios muy atareado, ayer me miraban como se mira a un loco.

Por las tardes mi chofer me lleva hasta otra frontera, el cementerio de San Isidro. Una vez allí se da lugar otra anacrónica rutina. Anda, vete al Lidl de Carpetana a por mis cervezas, cuando vuelvas nos largamos, “¿por qué no quiere ir usted si…?”, ni a ti te interesa saberlo ni a mí contarlo. En frente fluye cansado el putrefacto Manzanares, que parece petrificarse ante el incesante ir y venir de automóviles formando el más monstruoso camino jamás surcado por el hombre. Más allá las cúpulas de iglesias y conventos se estiran inútilmente hacia el cielo en un absurdo intento de no ser absorbidas por el futuro. Debajo de ellas, protegidos por el caos de callejuelas, tráfico y transeúntes, puedo oler todos y cada uno de los agujeros donde se reunía el club maldito de los que bebemos sin sed. Compruebo emocionado que éste sigue siendo un hedor nauseabundo que, sin duda, sin alteraciones, llama masoquistamente a la esperanza. A la revolución, siempre indefinida y siempre latente.
A mi espalda, donde ya no me atrevo a mirar, hierve incesante el mayor suburbio de este país, de donde baja diariamente un ejército de miserables de todas procedencias para mover Madrid sin que Madrid no les de más gratitud que algunas barras donde ahogar la resignación y la invisibilidad en reuniones de herejes que se han quedado a medio camino entre la hoguera y la libertad, la incertidumbre, la impotencia. Ella descansa. A duras penas puedo reprimir el deseo de arrancar la tierra con mis propias manos y recostarme a su lado. Otra rosa destinada a marchitarse, pero jamás a ser remplazada. “Señor, volvamos”, volvamos.

Tras el desafortunado incidente de la loteria ni el mus dio paso al bridge, ni el fútbol al padel. Pero nunca hubo más mus ni más fútbol. Tomás es Vallecano, cuando le digo que conozco todos los garitos desde el puente hasta el pueblo me clava sus ojos saltones inyectados en sangre y se rasca esa gigantesca panza, “pero tú que vas a conocer saltimbanqui”. Su voz ronca, aunque susurre, corta el ambiente del Club Restaurant Moraleja como una motosierra. “Te voy a echar otro cubata antes de que aparezca el gilipollas del jefe de camareros”, buena idea, “éste trabaja como si el chiringuito fuera suyo”, a su salud, “y a la de mi parienta, que hoy es su cumpleaños”, ya, a su salud. Todas las noches intento llamar, coger el teléfono y llamar, antes no tenía excusa aparente para no hacerlo pero como ya he perdido todos los números ni me molesto en intentarlo. Tomás me pregunta que de donde vengo, que quien soy, yo le digo que corre sangre azul por mis venas y que me he convertido en un vagabundo de las altas esferas, “si, ya, y vagando y vagando llegaste a visitar los antros de mi barrio”. Tiene gracia el tío, y olfato. “Dame tú pasta si no la quieres”, ya quisiera yo saber donde está, “nómbrame administrador de tus bienes y te la encuentro rapidito”. Tomás me consiguió una pistola. “Está limpia”. Le di tanto dinero por ella que ya no volvió nunca más a trabajar al restaurante. Buena suerte Tomás.

El autobús huele igual independientemente de la hora del día y de la estación del año. Igual de mal. Sigue lleno de sudamericanos, adolescentes y algún encorbatado de poca monta. Hay una legión IPods, Ipads y Iphones en el ambiente, nadie habla. Unos escuchan reggaetón, otros dance, los más escuchan OT, pero en la parte trasera hay un chaval de unos dieciocho años con bomber verde y patillas de diez centímetros que tiene un Walkman, de esos que parecían extinguidos, con un casete de Leño. En medio de esta monstruosa sinfonía de melodías tan dispares se filtra hasta mis oídos Que Desilusión. Muevo instintivamente los dedos de la mano derecha construyendo acordes en el aire, se dispara el pulso, se hace jirones el traje de Tucci. Pero la décima de segundo de cólera pasa, miro a mí alrededor, nadie habla, nadie mira, nadie siente, nadie quiere sentir.
Ayer subí al autobús con una cartulina en la que había escrito con letras mayúsculas sois Seres Humanos, miraros, hablaros, si no queréis cambiar nada al menos soportar este calvario juntos y no como fantasmas individuales y autómatas. Me puse en pié en el frente del autobús y desplegué la pancarta. Ni siquiera me miraron, sin embargo el chaval del walkman apretó los dientes. “Siéntese si no quiere romperse la crisma”. Ese muchacho se sienta todos los días en el mismo sitio y reproduce el mismo gesto, pero a diferencia de los demás su mirada esconde un profundo odio que da la sensación de ser lo único que le mantiene vivo. He llegado a plantearme la posibilidad de que sea un producto de mi imaginación.

Nadie se quedó conforme, por eso dejé de llamarles, por eso abandoné a todos y empecé a vivir con otros que tampoco estaban conformes conmigo. Pagué a Eulogio el del bar de Carpetana los botellines que le debía, desde entonces solo le he visto de perfil, y la última vez que tuve la ocasión de tenerle en frente me dijo que me largara con mi dinero a otra parte. Le dije que contara conmigo para lo que hiciera falta, “no quiero limosnas”. Los parroquianos de su bar, compañeros de fatigas y de partida, gitanos, currelas, ladrones de poca monta, buenos y desgraciados hombres, introdujeron las cabezas en sus respectivas camisas confirmándome así que había dejado de ser para siempre uno de ellos. Ese Carabanchel, hogar multinacional, me abrió una puerta sin retorno, o tal vez fui yo quién la abrió, tal vez fui yo quién dejó de aceptarse a si mismo y todo lo demás siguió, todos los demás siguieron esta actitud como si de un espantoso efecto dominó se tratara. Mi mejor amigo, Paquillo, no me pidió nada, su mujer le pidió que me pidiera algo, el no lo hizo y ahora ni habla conmigo ni habla con su mujer. Siempre envío a su hija un regalo para su cumpleaños, no hay remitente en el paquete. Teniendo en cuenta miles de años de filosofía y el ingente número de mentes brillantes que han trabajado en pos de nuestra existencia, es curioso que nadie haya podido alterar jamás la naturaleza humana. Tal vez a nadie de los que se han sentado a mirar desde arriba le ha interesado hacerlo. Mi familia no me ha dado la espalda pero todos han comido la manzana del árbol prohibido y ahora no soy el hijo, ni el hermano, ni el sobrino, ni el primo, soy el rico.

Mis vecinos son estupendos, aunque por pura obstinación los fusilaría a todos sin excepción. Un día que me bebí tres o cuatro paquetes de cervezas del Lidl me dediqué a poner petardos en todas las papeleras y buzones de la urbanización. Fue frustrante, no apareció ni un solo madero, ni un solo vecino, nadie, el vandalismo sin espectadores no tiene emoción. Por la noche, mientras cenábamos, se lo conté a mis hijos, ambos coincidieron: “¡que vulgaridad!”. He creado dos monstruos. He llenado sus habitaciones de libros, les he fabricado peonzas de punta carnicera, les he contado cuentos e historias ejemplarizantes, les he hablado de todas las drogas y demás venenos, les he repetido hasta la saciedad que tienen que luchar por lo que quieren y que han de respetar y hacerse respetar allá donde vayan, les he intentado inculcar la idea de que ellos deben crear su propia filosofía y no permanecer indiferentes ante nada. Y les he traído a vivir a un lugar donde a veces da la impresión de que se cultiva la antítesis de todo lo anterior. Y he pasado borracho la mayor parte de su infancia. Y en el fondo he cedido siempre a sus caprichos porque la poca voluntad que me quedaba se extinguió hace mucho tiempo, y porque me daba pena que su madre estuviera muerta.

La cisterna del retrete no para de sonar y nadie parece dispuesto a arreglarla. Mis vecinos y mis hijos llevan ocasionalmente chupas marrones de piel vuelta y van pisándose el flequillo, votan al Partido Popular aunque dicen que si se terciara no tendrían reparos en votar al Partido Socialista. Tomás me preguntaba que quién demonios se cree que es ese tal Mercado para hacer y deshacer a su antojo, “¿Quién es?”, nadie lo sabe Tomás, “yo mandaba a cuatro de mi barrio a decirle un par de cosas”, es un ente sin carné de identidad Tomás, “Zapatero sabrá como darle zapatilla”, Zapatero no es más que un triste rábano esperando tendido en algún puesto del mercado Tomás, “entonces nosotros no llegamos ni a lenteja”, que razón tienes Tomás. Estoy convencido de que todos los hombres buenos y de buena fe han sido manipulados, ultrajados o están muertos, yo me pongo un disco de Rory Gallager y que se vayan todos a tomar por culo. ¡Libertad, como apestas a cerveza barata! Ya solo voy al jodido Club Restaurante La Moraleja cuando necesito recordar que es eso de la esclavitud o cuando no me queda ni gota en casa.
Siempre termino las veladas en sociedad gritándoles ¡fariseos! El jefe de camareros me amenaza por enésima vez con llamar al de seguridad si no dejo de molestar a los clientes, que te jodan, “le invito a irse”, ya me voy, ya me voy, ¿me puede vender una botellita?, “no”. Mis hijos se recogen el flequillo para mirar mi patético semblante a la hora de la cena, “¿podrías empezar a comportarte de una vez como una persona normal?”.

Sentarme a charlar con los indigentes de Ópera me deja un profundo sabor a hiel e hipocresía. Envidio su dureza y por consiguiente su miseria, envidio su infame odio hacia la compasión, “solo Dios tiene derecho a ser compasivo”, dice Humberto, “solo Dios tiene derecho a perdonar”, añade, “solo Dios puede dar limosna sin que éste sea un acto de autocomplacencia”, remata, “¿tú crees que Dios existe?”, pregunta. Suelo ir al atardecer, cuando todos empiezan a llegar con sus carros y sus cartones para poder agarrar cuatro baldosas de piedra donde poder descansar la desidia. Cojo un taxi hasta Callao, quédese con la vuelta, y bajo dando un paseo por Costanilla de los Ángeles. No deja de ser un espectáculo ver caminar alegremente a los risueños turistas embotados en souvenirs mientras los porteros de los clubes les examinan intentando adivinar cuales de ellos podrían ser puteros potenciales. Nadie puede concebir que un alemán con sombrero de paja, gafas de sol, camiseta adornada con la diosa Cibeles, bermudas y calcetines blancos apretujados entre los correajes de las sandalias, podría estar más interesado en la carne de pago que en el magro de un buen cocido madrileño. Pero esos porteros, guardianes de la entrada al mundo de Dionisos, saben que aunque seas alemán no dejas de ser humano.

Que Madrid más encantador y putrefacto se ve desde la entrada del Real Cinema mientras me como la mitad de un bocadillo de tortilla con pimientos, Humberto sonríe mientras disfruta de la otra mitad. El tiene la mitad que a mi me falta, yo tengo la mitad que él no necesita. Lleva una gorra del Real Madrid empapada en mugre, una chaqueta militar con el emblema de la legión, pantalones de chándal agujereados, unas zapatillas de andar por casa hechas jirones y su barba permanece impasible ante el empuje del viento, Humberto no vive dentro de una gran tinaja de vino porque ya no se fabrican. “Mira”, dice,”yo veo esta plaza en tres dimensiones, la material, la social y la humana, y desprecio las tres con todas mis fuerzas”. De sus palabras deduzco que, efectivamente, no debe ser humano, pues no tiene ningún grillete material y es antisociable para con esta sociedad a la que califica como antisocial. Yo solo soy un curioso que busca respuestas y cuando el termina su mitad de bocadillo y eructa alegremente sabe que yo no me he quedado satisfecho comiendo solo la otra mitad. Hay que tener valor para vivir fuera del rebaño, me digo, estar tan lejos, ser tan invisible que ni siquiera las leyes alcanzan a tocarte, arrancar la cima de la pirámide de Maslow y sentarte en el rellano a ver pasar a los autómatas comprendiendo que sus miradas de desprecio o de compasión hacia ti no son producto de la malicia, si no de la ignorancia, de cerebros marchitados en pos de una civilización que cada vez se aleja más de lo que somos y de las ambiciones de los hombres que la historia a elegido cíclicamente para gobernar la existencia y el devenir del tiempo, ¡que inútil resulta intentar cambiar el mundo cuando el mundo ya te ha cambiado a ti!

Jugaba al tute con algunos indigentes de la plaza de Isabel Segunda, solían decir en broma que ganaban porque después de haberlo perdido todo uno juega sin presión. En las noches de ópera Humberto horroriza a los pudientes que van descendiendo de sus coches a la entrada del teatro real, entona La Traviata haciendo pausas en forma de eructo, todos los vagabundos se mean de la risa soltando endiabladas y delirantes carcajadas y la plaza se convierte en un manicomio en medio de la civilización. Entonces el bálsamo que tantos días busco mezclándome con los desheredados se convierte en un fuerte nudo en el estómago que corta la respiración. La visión de gente libre se desvanece al comprender que solo unos pocos de ellos pueden alcanzar la plenitud con esa forma de vida, los demás vagabundos miran al infinito aplastados en un mundo irreal de oscuridad y esquizofrenia. La noche cae sobre la plaza y siento miedo al contemplarles embriagados en un aquelarre de cartones Don Simón y conversaciones con seres inexistentes.
La admiración, la curiosidad, la envidia, se transforman en terror y siento la necesidad de alejarme de ellos, ya sumidos en un camino sin retorno que yo no quiero recorrer, un camino que no veo tan lejano, un camino que nadie debería ver tan lejano. Me alejo con el rabo entre las piernas subiendo por la calle del Bonetillo y entro en el Luna Canalla ansioso por echar un trago. Pero hay demasiada clientela, hace mucho calor, atravieso el bar tropezando con la gente que conversa alegremente y entro en el servicio con la cabeza por delante. Vomito de puro miedo, vomito ansiedad, me miro al espejo y veo unos círculos púrpura cubriendo mis ojos, la barba de dos días y la corbata medio desenlazada, agua en la cara, nauseas, vomito de nuevo, no estoy tan lejos de ese camino, lágrimas, respiro hondo, salgo del bar, enfilo la breve subida hasta el arco que da paso a la plaza Mayor y, para vergüenza y tranquilidad mías, siento una profunda paz al contemplar las terrazas llenas de turistas sentados tranquilamente disfrutando de la preciosa noche madrileña como si el mundo no girara a su alrededor. Me siento y pido la carta, soy el único que esta noche cenará solo en la plaza, una botella de vino por favor, miro al cielo, amor mío, me estoy perdiendo, vuelve o llévame contigo. Carlos III me mira indiferente, el nunca sale de ésta plaza para echar un vistazo al mundo de la miseria.

Durante un tiempo cambié las visitas a Indigentes Anónimos por sesiones en Alcohólicos Anónimos. Fue `por iniciativa propia y resultó un rotundo fracaso. Era tan infructuosa la utopía de acercarme a la miseria para abrazar la libertad como la de curarme de mi alcoholismo para encontrar estabilidad. “Soy adicto”, decían todos, “Soy alcohólico”. Pero yo, en mi estado de terquedad habitual, no podía ni puedo concebir que la bebida fuera mi mayor problema, “y no lo es, pero si te libras de él podrás afrontar mucho mejor todo lo demás”. A partir del segundo día me presentaba diciendo que soy adicto a la desgracia, el tercero lo dejé. Entonces empecé a buscar en mi memoria puntos de inflexión, solo encontré uno, la cobardía.
No hay curación para éste mal, aunque todavía tengo tiempo para llevar a cabo un último acto heroico que tal vez me redima para siempre. No habrá más terapias, no habrá más autobuses verdes ni visitas al cementerio, no habrá más autocompasión, llegaré al fin a ser simplemente un hombre que crudamente ha comprendido que no estamos capacitados para comprender nada de lo que realmente importa. Por tanto, arto de ser una gota de agua en esta corriente, haré lo único que tiene derecho a hacer la efímera voluntad de un hombre.

El conductor del autobús verde me preguntó ayer que por que madrugaba tanto todas las mañanas para hacer este paripé, “la gente habla, todos sabemos que usted no trabaja y que ese maletín está vacío”. Humberto me dijo que mi hipocresía no tiene límites, “eres peor que quién nos mira de reojo al pasar”. El encargado del Moraleja me espetó que no volviera jamás al Restaurante,”es usted la vergüenza de tan distinguida clientela”. Mi chofer se ha ido con el de la mansión de enfrente, “mire, ya no aguanto más”. Mis hijos me han dado un ultimátum, “papi, en serio, de verdad, si continúas así te metemos en un centro de rehabilitación”. Mis gestores financieros son los únicos que me comprenden, y eso que son con quien menos relación tengo. Yo les llamo con cariño mis entrañables especuladores, a ellos todo lo que digo les hace gracia.

Como veréis esto huele a despedida, llegó la hora de la decisión, terrible palabra para alguien que no ha tomado ninguna en muchos años. La Decisión. Se ha acabado la última cerveza y no hay nada más que contar, ha llegado el momento de finalizar esta singular metáfora de la vida de un hombre cualquiera que nunca llegará a ser verdugo ni víctima en la pobre memoria de la humanidad. Ni formé parte de los miserables ni me quise unir a los buitres que los devastan. La boca del cañón es puro hielo en mi sien. ¡Que desilusión!

--- BANG---

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 1 comentario
  •  QUE DESILUSIÓN  9 de octubre de 2011 10:44, por Juanjo

    ¿Qué escribir ante semejante despliegue de sentimientos, vivencias y situaciones?
    Me ha encantado. ¿Para cuando el libro?. Enhorabuena.

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- Artículo realizado por Mariano Moral
- Publicado el 7 de octubre de 2011

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