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TOMÁS GARCÍA YEBRA
Un cocido de cine
  Tomás  | 4 de mayo de 2014

El actor Eugenio Barona (Hospital Central, Bandolera, El comisario) se escapa de vez en cuando a su acogedora casa de Navalperal. Doble planta, salón heptagonal, música en vinilo, vistas espectaculares hacia el sur y un perro labrador de color chocolate que atiende por el nombre de Choco.
Nos invitó a comer para celebrar su cumpleaños.
-Hago un cocido de cine.
Decía Vicente Aleixandre -el Nobel cuyo despertar a la poesía aconteció en Las Navas- que en una reunión con más de tres personas no surge nada interesante. "Las muchas voces apagan las ideas".

Fuimos cuatro y algo sí salió interesante: la sopa. Espléndida. Una sopa de color amarillento que casi masticas (sin llegar a masticarla) y que al olerla -antes de probarla- adivinas todas sus excelencias.
El primer motivo de conversación fue la falda. Aleixandre jamás hablaba de faldas. Mal hecho. Una falda te arma toda una sobremesa.
El cocido de Eugenio no lleva falda. Carmen Gago -invitada al festín- opina que la falda le proporciona un sabor “montuno”. Carmen Gago es una rubia de sexy contenido que diseña joyas y a quien le sientan de maravilla las faldas. Carmen Gago regenta El Patio, uno de los bares más "envolventes" de estos contornos. En breve ampliará el local para convertirlo en bar restaurante. “Pocas mesas, pocos platos, pero lo que cocine sabrá a gloria”.
El tercer comensal, José Ramón Miró (pariente lejano del pintor) es un reputado ingeniero industrial, inventor de varios sistemas de ahorro energético. Tampoco le gusta la falda. “Está estropajosa; a mí dame morcillo”.
-La falda viste de sabor al cocido -le digo.
-No -responde desdeñoso-. La falda es cutre.
Uno, que es bastante cocinilla, se acerca a ver cómo cuecen los ingredientes.
-El cocido, en puchero y a fuego lento -sentencia Eugenio.
Lo dice con determinación, clavándote la mirada. Enseguida se me viene a la cabeza el capitán Olmedo, personaje que encarnó en la serie Bandolera.
Eugenio echó al puchero medio kilo de morcillo, 250 gramos de tocino fresco, 100 gramos de tocino salado, tres trozos de espinazo fresco, un hueso de caña, dos puntas de jamón, un cuarto de gallina, un trozo de chorizo (elaborado de forma artesanal por Pilar Pablo, experta en gobernar el ’pote navero’), dos patatas medianas, dos zanahorias y 400 gramos de garbanzos (que atrapó en una red para que no bailasen a su antojo).
-¿Cuánto tiempo tiene que estar cociendo?
-Unas dos horas y media.
-¿Y si lo haces en olla?
-Hacer un cocido en olla es un sacrilegio.
Me vuelve a mirar. Sus miradas tienen distintos registros. Ese entrenamiento -que en él se transforma en cercanía y naturalidad- sólo está al alcance de los grandes actores: los que saben distinguir entre un cocido y un plató.
-¿Cuándo hay que apagar el fuego?
-El garbanzo; él manda. Tiene que ofrecer la presión justa cuando lo aprietas con los dedos.
-Y eso, ¿cómo se sabe?
-A base de equivocarte.
Cojo un garbanzo y lo palpo.
-Son de Fuentesauco, de lo mejorcito del país. Me los ha regalado un amigo.
A ellos no les gustan los garbanzos con tomate frito. A mí sí (son los sabores de la madre, tan añorados). Previsor, llevé tomate frito casero con la firma de Pilar Pablo (¡cómo cocina esta mujer!). El año que viene publicaremos al alimón un recetario navero: ella echará al puchero su exquisita sabiduría y yo traduciré a palabras pobres su sabiduría.
Eugenio coge una cazuela y pone a hervir el repollo. Luego lo rehoga con ajo y pimentón. Descorcha un rioja Ramón Bilbao y brindamos. Le ocurre lo que a mí: cada año cumplimos uno menos. Para conseguir esta cualidad hay que tener mucha mili a las espaldas.
Durante la comida no hablamos de comida. Es de mal gusto. Carmen comenta los entresijos de una película que le ha entusiasmado, La gran belleza. Hablamos de cine, de literatura, de críticas, de autocríticas, de los placeres de la vida y de las mezquindades humanas. En mi primer lugar, por supuesto, de las nuestras. Miro el reloj. Son las siete de la tarde
Cuando se cumplen años hacia adelante piensas que la intensidad se encuentra en el dinero y en el Machu Pichu. Cuando consigues cumplir años hacia atrás llegas al convencimiento de que la intensidad se encuentra delante de tu nariz. Sólo hace falta saber verla. Y apreciarla.

Tomás García Yebra


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- Artículo realizado por Tomás
- Publicado el 4 de mayo de 2014

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