Las Navas del Marqués a 14 de octubre de 2019   

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SENDA DE REIKI
LA SECUOYA
   | 21 de mayo de 2014

Aunque era domingo había puesto el despertador. Se levantó como un resorte nada más oír el primer timbrazo. Estaba amaneciendo. Se puso las mallas. Se calzó las deportivas y se abrigó con un forro polar. El frío de la mañana la espabiló nada más salir a la calle. Aspiró el aire. Sintió que la ciudad dormida aún a esas horas le pertenecía.
Pensó en ella cuando empezó a correr. Pensó con más intensidad que nunca en su esfuerzo estéril, en las miles de conversaciones, en sus intentos de cambiar sus opiniones, sus puntos de vista. Toda la vida (la suya y la de su madre) estaba salpicada de desencuentros. Desde la adolescencia se había jurado a sí misma no parecerse a ella.
La música de los auriculares le ayudaba en su recorrido externo pero no conseguía apartarla de su recorrido interno. Y a la vez que iba ganado en velocidad, aumentaba la enumeración de todos aquellos rasgos que la sacaban de quicio: cabezonería, más deprisa, intransigencia, más deprisa, rigidez, un poco más de velocidad…
Y entonces lo supo. Cuando completaba la segunda vuelta al circuito a un ritmo muy superior al de otras mañanas, supo que eran iguales. Nunca había sentido nada con tanta claridad. De repente el velo se descorrió y se vio reflejada en el espejo de su madre. Ignoraba de dónde procedía la certeza. Pero estaba ahí.
La misma cabezonería, la misma intransigencia, la misma exigencia, la misma rigidez con que su madre gestionaba su vida y su relación con ella, afloraban desde su interior cada dos por tres. Eso sí, adornada con justificaciones y palabras armoniosas cuyo único fin era convencer a los demás de que lo que decía y hacía era por el bien de todos.
Subió el volumen de la música. Y solo cuando descubrió la rapidez con que el paisaje desfilaba ante ella, observó el aumento de su velocidad. Zancadas poderosas, ágiles y fuertes movilizaban de forma insólita su cuerpo y sus pensamientos en un ejercicio que, en contra de lo habitual, se había convertido en una carrera desenfrenada.
No podía seguir. Le faltaba el aire. Su cuerpo se revelaba contra el esfuerzo. Creyó que disminuyendo la velocidad todo se armonizaría. Pero no fue así.
Sentada frente a una centenaria secuoya percibió cómo ganaba su interior un torrente de rabia descontrolada que avanzaba hacia su garganta. Su cuerpo chorreaba sudor. Liberó sus oídos como si en ese gesto quisiera despejar más conductos de salida y se encontró con que su sabiduría interna ya había descubierto el cauce adecuado. Junto al sudor sintió un líquido caliente que resbalaba por sus mejillas y que al llegar a la comisura de sus labios tenía un cierto sabor salado. Fue entonces cuando se rindió. Obedeciendo un impulso desconocido se acercó al enorme árbol que tenía delante: lo abrazó, acarició sus hendiduras, admiró sus raíces, su fortaleza, sintió que se elevaba hasta sus ramas más altas, apoyó su frente y cerró los ojos.


Cuando sonó el timbre, al contrario que otros domingos, corrió a abrir la puerta. Mientras la abrazaba la oyó decir: Hija, he traído fresas para el postre. Son las primeras de la temporada. Y guiñando un ojo añadió: No me he olvidado de la nata. Esa que tanto te gusta, la de la pastelería de al lado de casa.

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