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Vejez
  EL LECTOR OPINA  | 21 de agosto de 2014

Vejez

Sus manos habían envejecido. La piel rugosa dejaba transparentar el azul de sus venas. El aire de la tarde empezaba a ser frío. Estaba sentado en una vieja silla de mimbre con brazos, que se había convertido en algo más cómodo por unos cojines verdes oscuros en el asiento y en el respaldo. Era su cumpleaños, ochenta y dos años. Estaba solo, pero no le importaba. Sus hijos estaban ocupados y no habían podido ir. No le importaba. Su mujer le había dejado hacía ya más de treinta años. Ni se inmutó; no la quiso nunca. No le importaba nada ni nadie, sólo él. La noche se echó encima y el jardín era un escenario de sombras y luces. Miró al cielo, había estrellas. Miró a su alrededor, no había nadie. Miró las palmas de sus manos, estaban vacías. Sí, sus manos eran viejas y estaban vacías. No le importaba.

Luna


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- Artículo realizado por EL LECTOR OPINA
- Publicado el 21 de agosto de 2014

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