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UN COCIDO LITERARIO EN EL PATIO
GARNACHAS DE GREDOS Y MÁS
  FERNANDO RODRIGO  | 20 de septiembre de 2014

Fecha: 27 de julio 2014. Lugar: taberna-vinoteca Patio, Navalperal de Pinares. Estado: alterado, para bien.

He organizado un cocido con tertulia posterior tipo café torero (o sea, con visos de acabar empalmando licores hasta la cena). “Lo del cocido será simbólico… nos podemos morir”, fue la respuesta de Rosa a mi convocatoria, lanzada a los rigores del julio madrileño para dar buena cuenta de tan castizo condumio. Y es que ella desconocía las excelencias del clima estival de esta zona de la Tierra de Pinares.

“Pues sí, se puede disfrutar de un cocido en esta comarca en pleno verano sin riesgo de lipotimia” – le contesté-, “cosas relacionadas con altitud y latitud”, una de las ventajas de veranear realmente, es decir, emigrar para salvar la canícula. La cita llevaba además apellido: cocido “literario”, lo que no dejó de provocar una cierta hilaridad en otros potenciales asistentes. ¿A santo de qué lo de “literario”? Pues tenía que ver mucho con los convocados y con el lugar elegido para tan regocijante evento.

Habíamos iniciado un mes antes una ronda de conferencias/coloquios en el taller literario de Tomás García Yebra, en la librería museo de la estación de las Navas del Marqués, invitando a algunos amigos muy leídos a explayarse en obras y autores favoritos, para rellenar las muchas lagunas que tenemos algunos alumnos de Tomás. Comenzó Javier Fernández, nuestro anfitrión en Defilè Café de la calle Fernando VI de Madrid, con su admirado Pessoa, y siguió Eduardo Araujo mostrándonos admirablemente los entresijos de Cien años de soledad, ese universo hecho libro. Javier sugirió, a raíz de la charla que provocó su disertación sobre Desasosiego, que deberíamos citarnos en fechas posteriores para hablar sobre “el sentido de la vida”. Sin duda influyó en la elección del tema el vino de Jerez que se trajo Javier para dar sustancia a la cosa, un fino de rama de su bodega que acompañaba las finas lajas de jamón como si los hubiera parido la misma madre. Guante recogido, colega. Así que aquí estábamos, atacando unos tomates de la tierra de sabor antiguo como paso previo al plato fuerte o pièce de resistence, como dicen los franceses (me chifla esta definición, lo reconozco). La temperatura perfecta bajo el cañizo de la terraza de Patio, una casa de comidas y copas decorada a la mayor honra del cine clásico, la mejor compañía, el vino que había elegido para la ocasión (luego vamos con eso)… Me encontraba pletórico. Palabras de agradecimiento por la concurrida asistencia que acabaron con el atrevimiento por mi parte de apostillar una frase de Víktor Frankl a propósito de su obra El hombre en busca de sentido, a saber: “Si sabemos el porqué (el sentido de nuestra existencia) siempre podremos aguantar el cómo”, a lo que añadí torpemente viniéndome arriba: “Bebamos la garnacha y aguantemos el cocido” (“antes reventar que dejar”, que dice un amigo de Hoyo). El cocido que nos trae Carmen, la cocinera, de tres vuelcos, completito, con un morcillo pura gelatina, abundante, se ha convertido en un solo verano en una institución en la zona. El vino merece un capítulo aparte en esta crónica de un verano distinto en el sitio de siempre.

Cepas de garnacha que han cumplido los sesenta, suelos graníticos, un paraje agreste de encinas, robles y pinares, y todo salpicado de viñedos monte arriba. Y lo básico en estos casos para crear un caldo con el que disfrutar despacio, ¡pues qué va a ser! ¡claro!: el sentido de la vida que posee Rafael Mancebo, un doble de Anthony Quinn, alma mater de la bodega Garnacha Alto Alberche, un proyecto pionero en la labor de recuperar un tesoro, un incomprendido al principio, una mano blanca que ha extendido su pasión entre 7 Navas, que así se llama su vino, en homenaje a los pueblos de la comarca cuyo nombre incluye esta acepción. Un vino de carácter, y de guarda (evolucionará a mejor), con esa entrada rotunda, golosa, y esos toques minerales que van apareciendo luego en boca como queriendo hablar, más bien reivindicar esas estribaciones de Gredos como lugar de vinos untuosos, auténticas salsas de calderetas, como la de cabrito que nos prepararon en la misma bodega, a las afueras de Navaluenga, allí donde el panorama se abre al valle del Alberche, allí donde los viñedos empiezan a hacerse más verticales complicando la vendimia, cargando más si cabe de mérito la muy cargada labor de estos viticultores a los que mueve una pasión que transluce cuando hablan del fruto de su terruño, de la selección de uvas, de la crianza de mostos en barricas de roble francés… para luego deleitarnos con sus vinos: joven, con madera, de pagos especiales por altitud y vejez del viñedo como Catalino o Faustina. En definitiva, profesionales con visión y misión, todo un ejemplo de constancia y amor por lo bien hecho.

La idea era hablar a los postres de las novelas que habíamos leído y que más nos hubieran mostrado el sentido de la vida, pero hablamos precisamente de los postres, de lo bien que seguía acompañando esa garnacha al mix de tartas caseras con crema de limón que apareció como por ensalmo en los medios de la plaza, de lo bien que se estaba allí (“en Madrid se están asando”) tomando un licor para bajar las pringues, de esa música de jazz perfecta para el momento que se escapaba del interior, de lo bonito que Carmen, la otra Carmen, la patrona, había dejado Patio, así, sin artículo, como ella, arrogante, guapetona, esencialmente propia.

Fernando Rodrigo Morón


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 2 comentarios
  •  GARNACHAS DE GREDOS Y MÁS  15 de octubre de 2014 19:17, por Acuarela

    Fue un día maravilloso.

  •  GARNACHAS DE GREDOS Y MÁS  20 de septiembre de 2014 18:02, por Juanjo

    ¿Un cocido en julio? Este Nando se le ha ido la pinza. Esa fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me llamó para invitarme. Pero como uno se apunta a un bombardeo, pues allí me presenté. No hay nada mejor que creer tu vaso más vacío de lo que lo tienes, para poder ir rellenando. Porque el que se crea sobrado, al final sobra. Un lujo compartir cuchara y servilleta con personas tan ilustradas y a la vez tan llanas y sencillas. Y curiosamente, cosa que me llamó la atención, tan asiduas lectoras del Naviero. Hay que repetir lo del cocido. En otoño, para no irse más lejos.

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- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 20 de septiembre de 2014

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