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UN NEGRO EN TU BUHARDILLA
  Juanjo  | 12 de enero de 2015

Supe aprovechar la oportunidad. El camionero había bebido más de la cuenta y no vigiló como otras veces el habitáculo que se suele utilizar para transportar los pallets vacíos. En la oscuridad de la noche quité cuatro de ellos, los escondí tras un contenedor y me acoplé hasta donde Dios, Alá o el destino quisieran llevarme. Envuelto en un plástico para protegerme del frío conseguí dormir, encajado entre hierros y maderas con el fin de no caer al asfalto. El camión se puso en marcha y después de muchas horas una nueva parada me despertó. Muerto de frío atisbé desde allí abajo el nombre de un restaurante: Magalia. El conductor aparcó en un descampado. Atravesé la carretera y un fuerte olor a carne asada que no pude distinguir me provocó un tremendo retortijón en el estómago. ¿Sería gacela? Al sur de donde yo vengo, tierra de safaris, la caza abunda para el europeo con dinero. Podía pedir limosna o esperar a que tirasen las sobras a la basura, pero no me acerqué, no esperaba tener hoy una suerte que nunca tuve. Me escondí entre unos extraños árboles de pequeño tamaño hasta que de nuevo la noche protegiese mis pasos.

Recorrí las calles de un pueblo vacío. A lo lejos iluminaban el cielo unos castillos de fuegos artificiales. Ya comprendo. Por eso nadie andaba por las calles, es día de fiesta. De donde vengo no queda pan duro que echarse a la boca, como para pensar en desperdiciar el dinero con pólvora de colores.

El descuido de sus dueños quiso que la puerta de un garaje se encontrase frente a mí, abierta, esperándome. Me quedé mirando a un lado y otro: nadie me vio entrar. Buscaba algo que comer, después de tres días del último bocado: un cacho de pan duro que logré arrebatar a un manso pastor alemán en Algeciras.

Agudicé el olfato, busqué y encontré un armario repleto de latas de comida en el piso superior. El español que aprendí de niño con los misioneros en Saurimo habría de servirme para distinguirlas. Encontré una vieja y raída mochila y la llené de sardinas, atún y aceitunas hasta que no pude cerrar la cremallera. Bajaba el primer escalón buscando la salida cuando un ruido me sobresaltó. Provenía del garaje, un coche estaba entrando. No podía escapar por donde entré.Con el corazón acelerado subí desesperado las escaleras y al final de ellas encontré una puerta con la llave puesta por fuera. Abrí, volví a cerrar sin mirar siquiera lo que habría tras la puerta y me di la vuelta para reconocer el lugar. Una habitación abuhardillada, con dos bombillas ,un pequeño aseo y un sofá, todo lleno de telarañas, me dio la bienvenida. Sería mi nuevo refugio. Bastante más espacioso que el habitáculo de los pallets o la choza de nuestra aldea. Crucé el Estrecho por tener un trabajo que me diese para comer y dormir pero no pensé que fuera al revés. Ahora tenía algo de comer y un refugio.

En poco tiempo me hice con la situación. Conté las latas, cincuenta y cuatro, que bien dosificadas me daban un respiro por unos cuantos días. El cansancio y la certeza de estar a salvo, con la llave guardada entre mis dedos prietos, hicieron que me relajara de tal modo que me quedé dormido en el sofá. Debieron pasar muchas horas. El viejo sofá desechado era lo más mullido que habían probado mis huesos en veintitrés años de vida. Y había que aprovecharlo.Pasaba el día tumbado en aquel paraíso.

Pronto comencé a conocer los hábitos de los habitantes de la casa, los veía marchar o llegar por un ventanuco del tejado. El padre de la familia se iba temprano, a las siete, y no volvía hasta la noche. Los chicos de nueve a tres iban al colegio, y la madre salía a correr con unas apretadas mallas negras todas las mañanas de nueve a once. Ésas eran las horas en que podía hacer uso del baño sin levantar sospechas. Un descuido y me descubrirían. Si la necesidad me apremiaba usaba un cubo que llenaba de agua con una vieja taza que encontré por allí. No podía utilizar la cisterna y mucho menos hacer ruido. Así pasé cerca de dos semanas, leyendo viejos libros y echando de menos a mi madre. Nadie me había visto entrar en España, no existía. Por lo tanto nadie podía buscarme en aquel desván.

Una noche todo cambió. Mientras leía un periódico noté cómo alguien subía las escaleras. Giraron el picaporte, que no se abrió por estar echada la llave. "No lo entiendo, siempre está puesta", dijo una voz de mujer tras la puerta. "Voy a por la de repuesto". Tuve el tiempo justo para aflojar la bombilla que estaba más cerca del rincón y esconderme tras una mecedora y cajas de cartón llenas de ropa. La niña me vio en la oscuridad, estoy seguro, a pesar del color de mi piel. Fue tan solo un segundo, cuando abrí los ojos para ver si se habían marchado. El corazón me sonaba como un tambor, podrían oirlo a veinte metros, o al menos eso me parecía. Tardaron poco en irse, buscaban un disfraz y lo encontraron al momento entre un montón de abrigos -¡cuánto les sobra a esta gente!-. Antes de cerrar la puerta con llave, la pequeña giró la mirada allí donde yo estaba mientras apretaba fuerte la mano de su madre y tiraba de ella para llamar su atención.

No tenía tiempo que perder. Cogí la mochila y reconté: una chaqueta, un pantalón, cinco latas y un libro de aventuras."Algún día se lo devolveré", me decía en voz baja mientras arrimaba la silla al ventanuco. Ya en el tejado, no acababa de poner los dos pies fuera cuando el padre de familia entró por la puerta. Vio la silla y se subió en ella, sacando la cabeza por la ventana. Buscó afuera, pero no pudo verme. Ya me había escondido y estaba a salvo tras una chimenea. "¿Ves cómo no hay nadie?", le dijo a su mujer cerrando de nuevo mi única entrada a la casa.

En una noche sin luna, fría, tan solo unos ojos y una boca brillan en la oscuridad. Deambulan por los tejados en busca de un hueco para poder entrar en otra casa, en otra vida. Quizás en la tuya. No queda mucho. Cinco latas y un libro. De aventuras.


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- Artículo realizado por Juanjo
- Publicado el 12 de enero de 2015

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