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SENDA DE REIKI
DOÑA IRIS
  Carmen Alonso  | 15 de febrero de 2015

Siempre fue de pasitos cortos que en absoluto le suponían ningún obstáculo para moverse con rapidez. Esta cualidad la acompañó hasta el final de su vida. Así como la agudeza y la franqueza. Ese decir lo que pensaba muchas veces se volvía en su contra, pero ella era así.
-  Vas a ser una vieja joven.
-  Estás más gordo.
-  No vuelvas más por aquí.
-  Miras raro. ¿De qué tienes miedo?
Formó parte de mi vida navera desde el principio. Durante mi niñez me intrigaba. Eso de coger plantas, seleccionarlas, estudiarlas, descubrir los secretos de la naturaleza y utilizarlos como medicina, eran cosas que a una niña de ciudad le sonaban raras. Así que no lo dudé, Doña Iris era rara. Pero algo había en ella que me fascinaba. La observaba aún sin darme cuenta.

Con el tiempo se convirtió en Iris. Seguí sus consejos, me hice adicta de sus remedios, escuché sus diagnósticos y la admiré profundamente. Cuando acudía a su casa disfrutaba doblemente, mis molestias desaparecían y mi alma se acercaba a la de una mujer que poco a poco iba desentrañando sus secretos. Juntas recorríamos las plantas del jardín. ¡Mira! pensé que este se iba a morir ¡Fíjate como está el tomillo! Acariciaba las hojas, movía las macetas, unas dentro de casa, otras fuera, dependiendo de la época del año. ¡Vaya, ésta no estaba aquí la semana pasada! ¡Ya me la han cambiado de sitio! Refunfuñaba entrando y saliendo de la casa.
Teníamos ese tipo de conversaciones que te alimentan el espíritu, sobre todo cuando le conté mi descubrimiento del Reiki. Se interesó muchísimo por una terapia que desconocía. Le gustó. Me pedía que le contara más y más cosas. ¿Cómo funcionaba? ¿En qué se basaba? Siempre es lo mismo, Iris, el motor es el amor. Actuar desde el corazón y con amor. Asentía mirándome a los ojos.
Un día me soltó de sopetón, “lo que buscas está delante de ti pero aún no lo sabes”. La sorpresa me dejó sin habla pero me acordé de Usui Sensei. El descubridor del Reiki, fascinado por las figuras de Buda y Jesús y por su capacidad de curar con las manos, estudió, leyó, y viajó incansablemente en busca de la fórmula sanadora. En su peregrinaje dio con un anciano monje que le dijo, “cuando te detengas, lo que buscas llegará a ti”. Así fue, Usui Sensei se retiró a meditar al monte Kurama y allí obtuvo las respuestas.
Quise saber más. Mi mente adicta a la clasificación y al orden me pedía detalles prácticos, detalles que me dijeran claramente lo que había que hacer. Pero Iris se fue y su ausencia me dio las claves.

Ahora, compartimos este espacio de El Naviero con la misma finalidad, contribuir a la felicidad y la salud de los que se asomen a estas páginas.
Encantada de reencontrarte compañera de viaje.

Carmen Alonso.


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