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Un vampiro africano
  FERNANDO RODRIGO  | 16 de febrero de 2015

Lo consiguió. Está en el Centro de Internamiento Temporal para Extranjeros (CITE) de Melilla. Ha saltado la verja. Los voluntarios de Cruz Roja le limpian un antebrazo lleno de zarpazos del alambre de espino. Sonríe, se le antoja un peaje muy barato para entrar en territorio europeo. El tránsito hasta la valla desde Bamako, la capital de Malí, el país donde ha pasado sus diecinueve primeros años de vida, ha sido un paseo por el infierno. Salif viene del Sahel, esa región frontera entre el desierto del Sáhara y las sabanas y selvas centroafricanas triturada por sequías y hambrunas endémicas, lo más miserable del planeta. Poca esperanza de vida. Le tentó apuntarse al AQMI (Al Quaeda del Magreb), dos comidas diarias y un arma para la guerra santa, pero ya sabía que las balas son como la juventud: nunca vuelven. Eligió vender sus dos famélicas vacas al cacique de la aldea y comprar un pasaje a la frontera del norte, el pasaje para llegar allí donde le han dicho que no se pasa tanta hambre y la policía no te arrea antes de preguntar.
El lugar está petado. No hay sitio para dormir. Hay que arrebujarse en algún rincón con las zapatillas por almohada, que así te enteras si te las quieren ventilar. La espera del interrogatorio es eterna pero se soporta mejor con las tres comidas al día que le dan. Un cambio sustancial de momento. Además puede ir a donde quiera dentro de Melilla. Imita a los otros: rebusca en los contenedores de basura, se ofrece a los quincalleros, abre la puerta del supermercado a los clientes… empieza a vislumbrar su vida en el primer mundo.

Ya lleva dos meses allí. Necesita que la policía pida al juez que autorice su traslado a un CIE (centro de internamiento de extranjeros). Un CIE es ya una cárcel a todos los efectos, no se puede salir mientras se tramita el expediente de expulsión. Pero lo necesita porque no hay CIE en Melilla, los CIE están todos en la península. Se conoce al dedillo el procedimiento, se lo explicó el negrero que los trajo hasta aquí apilados como cerdos en ese nauseabundo transporte: la ley impide que un inmigrante ilegal esté retenido más de 60 días, y ese es un plazo imposible para resolver un expediente de repatriación en la mayoría de los casos. Vienen indocumentados, mienten sobre su lugar de procedencia, hay que contactar con las autoridades de ese país, que esas autoridades lo reconozcan como ciudadano suyo y que acepten la devolución. Total, en sesenta días a la calle, en Europa.

Ha cruzado desiertos, ha lidiado con los islamistas radicales y con las mafias, ha soportado el hambre, pero ahora va en un avión lleno de ilegales fletado ex profeso con destino al CIE de Madrid. Todos cantan en el avión. Van a la tierra prometida.
Plaza de Nelson Mandela, Lavapiés, Madrid, España, Europa.

Si la intención de las autoridades municipales ha sido crear espontáneamente un ghetto subsahariano en esta ciudad de la manera más barata posible lo han bordado. El nombre de la plaza tiene un efecto llamada evidente. Salif se ha mimetizado sin ningún esfuerzo. La solidaridad social se organiza mejor y más rápido que la oficial. Allí se informa de los huecos vacantes en los centros de acogida, de los sitios donde van a repartir alimentos y ropa, y también de quién necesita camellos para el menudeo de droga. Es un ilegal en busca de una causa legal en una sociedad donde el trabajo por cuenta ajena lleva camino de reducirse únicamente a dos niveles: el retribuído hasta niveles obscenos y el de mera subsistencia, y ni siquiera se acerca al segundo. Las condiciones son paupérrimas, peor que en los centros de internamiento, a veces no llega a tiempo a los comedores sociales, sin mencionar que aquí dan leche a los adultos. Lleva un mes con retortijones, además de escasa la comida le resulta tóxica. No ha llegado en el mejor momento.

Se ha “colocado” al fin de gorrilla en las proximidades de un hospital, le ha costado una buena paliza ganarse el puesto. Todavía cojea y ha estado orinando sangre un par de días, pero es duro y aguanta…

Todos los lunes ve la furgoneta que se para a repartir en esa carnicería. Lleva un letrero: “fábrica de embutidos Las Navas”. El repartidor saca algunas piezas desconocidas para él: ristras de morcillas, bloques de chicharrones…y otras que le aceleran el pulso: un lomo alto de vaca, un costillar…tiene un plan. Sabe que otros saltan a los trenes de mercancías que pasan por ese apeadero de hospital y que es peligroso. Algunos quieren hacer un largo viaje. Él se conforma con llegar a donde haya ganado. La ciudad no es su elemento. Prefiere las vacas a la mayoría de la gente.

Ha copiado a lápiz lo mejor que ha podido el nombre de la población que aparece en la furgoneta, un compañero de desdichas le ayuda con la traducción: esa población está impresa en la tabla de horarios y destinos de la sala de espera, los caracteres coinciden. El dinero justo para el billete.

Es su parada. Ha visto bosques y prados desde el tren. La tierra de la abundancia. Sube a la colina más cercana, y olfatea contra el viento. Cierto olor a bosta le excita sobremanera… “están cerca”. Tiene frío y hace demasiado tiempo que no se alimenta en condiciones. Da un rodeo para evitar a esos perros que no paran de ladrar. No ve a nadie en los alrededores. Recorre el perímetro de una nave industrial que hace las veces de establo y al fin se decide por agrandar lo que parece una gatera chapucera. Ya está dentro. Se acerca a un magnífico ejemplar de vaca limusin, en la mano una astilla afilada, su bisturí. Ya está viendo esa hermosura de arteria pero antes hay que relajar al animal. Acaricia su hocico durante un buen rato, luego abraza su cabeza con un brazo y con la diestra realiza una certera punción. Un fino surtidor de sangre aparece al instante, “¡qué espesa!” – piensa Salif relamiéndose-. La vaca está tranquila y se lanza a tapar esa fuente con su boca, a llenársela de ese manjar, nada que ver con la leche esterilizada…

No ha sentido el coche del ganadero acercándose, tan aplicado estaba en la succión. De repente las puertas se abren y el último sol penetra hasta el fondo de la nave. Salif se gira rápido y sólo se le ocurre soltar un “¡hola, jefe!” con la boca llena de sangre que le chorrea por la barbilla y acaba rematando su sucio chambergo, la sangre que no deja de manar del orificio del cuello de la vaca. El ganadero está atónito… “ ¡¡jodío chupasangre!!”. Un momento de pasmo y se lanza a coger una tranca del calibre mágnum, gesto que catapulta a Salif al exterior en dos zancadas. No le ha dado tiempo a pedirle trabajo, a decirle que tenía mucho hambre, que aquello que acaba de ver es parte esencial de la dieta de su tribu, que sabe como cerrar la herida rápidamente, que no hace daño al animal sino todo lo contrario porque sus vacas están cebadas, que lleva todo lo que puede recordar buscando pastos en una superficie de terreno equivalente a todo este país al que ha ido a parar…viene de la tierra donde surgió el homo sapiens y ahora busca al homo iustus, la esperanza es una ansiedad cósmica. Salif sonríe mientras corre, de momento se ha saciado y hay mucho ganado por aquí, pero debe ocultarse, no hay problema, es un nómada africano, un aliado del miedo.


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 1 comentario
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     Un vampiro africano  23 de febrero de 2015 18:48, por Santos

    Es un lujo disfrutar las "bobaillas" que te publica el "periodicucho" éste. Eres un verdadero monstruo; no sólo por lo feo que eres, tampoco por ser del barrio de la Estación como Tomás y otros del mismo pelaje, no, de verdad que no es por eso, aunque también. Mermado de una extr. superior, eres superior, muy superior, en la escala esa de escribir anécdotas, historias, cavilaciones, inquietudes y yo que se que más... las "bobaillas esas" que decía al principio. Sigue compartiendo amigo, que yo al menos las disfruto. Enhorabuena por ser tan monstruo en su conjunto de acepciones sin excepción, al principio mencionado. Un abrazo.

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- Artículo realizado por FERNANDO RODRIGO
- Publicado el 16 de febrero de 2015

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