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MAGDA
NOCHE DE VERANO
  MAGDA  | 14 de marzo de 2015

Los brazos cruzados en la barandilla, mientras él dormía plácidamente a mi espalda al fondo de la alcoba, y allí fumando tranquila y feliz en la ventana abierta a la hermosa noche de verano, noche calma, tranquila, silenciosa, pero viva gracias a los sonidos de los invisibles animalillos nocturnos, que hacen patente su visita por los prados.
Noche brillante de estrellas pero a la vez oscura. No veo, no necesito ver, sólo sentir, sentir los olores intensos, secos, recios de la madera amontonada esperando el invierno y a la vez los olores cálidos, dulces de los magnolios, castaños, pinos, avellanos y las flores, tantas cuyo nombre desconozco y ese otro olor, tan característico de la hierba recién cortada a la caída de la tarde, olores en fin que quizás no sepa explicar, pero los vivo.
Los ojos a veces cerrados, tranquilos, de vez en cuando entreabiertos, curiosos, para poder observar esa vida que sigue pululando alrededor mío, todo lo que no veo pero que puedo sentirlo.
Y además un placer único, como un regalo, el rumor del reguero, que no río, que baja de la montaña y que la suerte ha colocado al lado de la cerca de mi casa, justo a la derecha de la ventana en que estoy tan maravillosamente situada y desde donde le oigo su trajín tranquilo, borboteando feliz por su pequeño canalillo.
En sus márgenes, hermosas calas blancas lo adornan e iluminan, pletórico también en su camino por multitud de zarzas que a su tiempo darán su fruto, ese fruto un punto ácido, pero que saboreo con deleite y desafío a pesar del precio pagado en pequeños arañazos de las espinas traicioneras que no quieren verse despojadas de su preciado tesoro tanto tiempo alimentado, para mi puro placer, como el de un niño robando el fruto prohibido.
Vuelvo a cerrar los ojos, mantengo la respiración, luego un suspiro quedo, pues ahí, ahora en la noche y a lo lejos se oye otro ruido, éste distinto, es un bramido brutal, feroz, tenaz, bravío, pero hermoso, es el grito del mar que no veo pero escucho y siento tan mío. Un sonido tan diferente de mi pequeño riachuelo tan cercano, tan chiquito, tan tranquilo.
Se acaba el cigarrillo, entorno la ventana y corro un poco el visillo. Vuelvo a la calidez de la cama ocupada, me acomodo, cierro los ojos y esta vez, con el fondo del agua susurrando, me sumo en un sueño tranquilo.


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- Artículo realizado por MAGDA
- Publicado el 14 de marzo de 2015

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