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MARIVÍ AMÍROLA
LA TABERNA DEL TURCO

Un nuevo fichaje, Mariví Amírola, nos enseña por dentro las andanzas de La Taberna del Turco, bodega hasta la medianoche y después... después nos lo explica Mariví de forma amena. Bienvenida.

  Taller de periodismo  | 2 de noviembre de 2015

Lugar peculiar donde los haya.
En realidad no se llama así, aunque todo el mundo lo conoce por ese nombre. Nunca he sabido si esto le viene por un mote del dueño, que por supuesto tampoco es turco. O porque antaño había una taza turca en el único servicio que tenía el local.
La normativa municipal obligó a que la quitara e hiciera dos servicios, para hombres y para mujeres

El jefe es un hombretón moreno, cincuentón y fornido, que luce un poblado bigote negro al estilo turco.

Cuando abrió estaba él sólo atendiendo la barra; después, al cabo de bastante tiempo contrató a un chaval y él se sentó en una mesa pequeña, al fondo, junto a la puerta de los servicios.

Está enclavada en un callejón sin salida, poco iluminado y donde únicamente hay un taller de coches y una pequeña fontanería. Es decir, lo menos atractivo para una taberna; cualquiera pensaría que estaba abocada al fracaso. Sin embargo ocurre todo lo contrario. Permanece abierto casi 20 horas aunque oficialmente cierra a las doce de la noche. Y prácticamente no se cabe.

El local en sí no es muy grande, decorado en madera ennegrecida por la pátina del tiempo y con iluminación tenue. El suelo es de loseta roja. Las paredes están pintadas en color rosa palo, donde se exponen fotografías antiguas.

Dispone de unas cuantas mesas castellanas y sillas de enea. Al otro lado la barra, madera y mármol blanco con un gran espejo detrás. Hasta aquí, una de tantas. Eso sí, en cada mesa, media frasca de vino te recibe, y según te sientas te traen una pequeña hogaza de pan, vaciada la miga y rellena de tacos de queso en aceite y aceitunas machacadas.

Simpático el detalle pero tampoco algo tan excepcional como para que sea su triunfo.
Al fondo, al otro lado de la mesa donde se sienta El Turco se deja ver una pesada cortina de manta toledana; encima, un rótulo impersonal indica almacén.

Traspasando la cortina, efectivamente, a cada lado de un estrecho pasaje abovedado, se apilan a una mano las cajas de cascos de cerveza y refrescos vacíos y al otro lado las llenas.

Al final del pasaje, y aquí radica su peculiaridad, se sale a un gran patio ajardinado y con árboles frondosos, hamacas y sillones de mimbre con almohadones multicolores forman espacios acogedores iluminados por antorchas perfumadas. Narguilas, esas pipas de agua, para disfrutar de tabaco aromatizado.

En invierno las antorchas se sustituyen por braseros que caldean y perfuman la noche y hay distribuidas mantas ligeras y amorosas para envolverte. Un gran caldero de chocolate caliente ayuda a pasar la noche a los más frioleros.

Cercado por un alto muro de ladrillo rojo, el patio da a un antiguo convento de clausura, todavía habitado por monjas con pocos recursos. De manera que por mucho follón que se organice, nadie protesta. Además en contrapartida a su discreción, El Turco hace una colecta para ellas.

¿Algo así en plena ciudad?
Parece ser que hasta los años sesenta esto fue una vaquería. En aquella época, el lugar no era el centro urbano, sino casi el límite de la ciudad.
El convento, ante las dificultades económicas de la comunidad vendió parte de sus tierras, por un precio módico pero con la condición de que le construyeran el alto muro. Entonces se instalaron una vaquería, una chatarrería y un par de huertos.
La vaquería se mantuvo hasta los años sesenta, con sus vacas estabuladas en lo que hoy es el patio. La zona de la taberna era el despacho de leche y la vivienda de los lecheros.

En un rincón hay una gran parrilla, donde se preparan hasta altas horas de la madrugada carnes y huevos fritos. También se sirven a destajo y, sin escatimar el relleno, bocadillos de embutido ibérico y raciones de queso. La gente acude, pide y paga ahí sus viandas y se las lleva al lugar que ha elegido.

Las copas, barra libre. Los antiguos pesebres de piedra, repletos de hielo, mantienen fríos los refrescos y los tercios. Las viejas lecheras de aluminio guardan las botellas de alcohol. Vasos y copas colocados en las cestas metálicas que sirvieron para repartir la leche.

Cuando dan las doce de la noche, la taberna anuncia el cierre. Hay público que desaloja y otro que tiene el privilegio de acceder al patio; éste paga su entrada al turco y elige sitio. Si todavía hay aforo, el cierre no se echa del todo y aquél que conoce la historia puede llamar para que se le dé paso. Aunque rara vez ocurre esto.
A las dos en punto, se empieza a escuchar una melodía, se van apagando antorchas, se encienden los focos. Aparece El Turco para su actuación. Vestido y maquillado para una danza oriental.

Un hombre de su porte, alto, moreno de pelo en pecho, con chalequillo bordado en oro, del que cuelgan flecos rematados en cristales de brillantes colores, quedando el torso casi al descubierto; luce su vientre firme y liso casi hasta el pubis, cubre éste con un pantalón moruno que ciñe sus caderas, confeccionado con pañuelos de fina seda transparente de distintas tonalidades. La vaporosa gasa junto al contraluz de los focos deja adivinar su poderosa anatomía sin más tapujos ni sujeción. La sutileza de insinuar siempre supera a la crudeza de mostrar.

Engalanado con joyas que tintinean con los movimientos de la danza.
Desde luego, sorprende y deja boquiabierto al que asiste por primera vez y llega sin previo aviso.

Pasado ese primer instante de sorpresa, él inicia el baile, realiza los pasos con sugerente flexibilidad; sus contoneos y posturas imposibles captan por completo la atención del público.

Se acallan los comentarios jocosos. Sólo la melodía se deja oír.
Esa música oriental, el cuerpo aceitado que a pesar de la indumentaria no pierde ni un ápice de su masculinidad, el aroma a sándalo que emana de las antorchas, el ritmo “in crescendo”, incitando a los asistentes a que le acompañen con palmas. Te ves transportado al ambiente de las mil y una noches, envuelto en una atmósfera irreal, sensual.

El danzante llega casi al éxtasis, después va disminuyendo el ritmo, ralentizando sus giros y movimientos. Se van encendiendo de nuevo las antorchas. El bailarín, sin abandonar la danza, recoge un pandero y va recorriendo las mesas para recaudar la colecta que entregará como donativo a tan discretas vecinas.
Cuando se acerca a los grupos, con respiración entrecortada, los ojos febriles perfilados con kajal, siempre hay alguien que le ofrece su copa para que humedezca los labios carnosos enmarcados por el mostachón, y refresque la boca. Ofreciéndosela con devoción, como una propuesta, invitándole a compartir algo más.
Hombres y mujeres irradian pasión, se huelen las feromonas. Ese cuerpo de bronce, sudoroso, enérgico, ha despertado el deseo, la lujuria en comunidad. Tal parece que en lugar de una actuación, haya llevado a cabo toda una ceremonia dedicada a “Eros”.
Él desaparecerá en la noche, caminando erguido, orgulloso y displicente; se sabe genial admirado y deseado.

Se ha provocado la magia. En el buen tiempo algunas personas desaparecen en las sombras del jardín. Otras se marchan con premura a satisfacer necesidades que les apremian.

Se sale por una esquina; oculto por la hiedra hay un portón. El muro por fuera tiene aquí la forma de una pequeña herradura y dobla cerrando el huerto del convento.
La puerta abre en el centro de la herradura. No es un portón enorme, pero sí lo suficientemente grande para que saliera el ganado a pastar al campo.
Dicen que en tiempos de la guerra, se utilizó también para que huyera gente.
Unos salían por esta puerta para entrar por otra puertecilla contigua que da al huerto del convento y permanecer allí, hasta que vinieran mejores tiempos, consolados por las misas y los coros angelicales.

Otros, al parecer fueron los más, permanecían escondidos al calor de las vacas y al llegar la noche corrían campo a través sin mirar atrás, al abrigo de las sombras.
Todo esto es “La Taberna del Turco”.

Desde que la conozco, jamás he cruzado una palabra con él.
Guardo en secreto este lugar, es mi rincón especial. Cuando en alguna ocasión he llevado a alguien, tomamos unos vinos en la taberna y esperamos hasta las doce.
No sé qué criterio sigue El Turco o cómo es capaz de captar qué gente va a entender y proteger todo esto y quién no. Sólo sé que unas veces nos azuza a irnos porque cierra la taberna y otras veces con una prolongada mirada nos invita a quedarnos.
Hasta ahora nunca se ha equivocado.

Mariví Amírola


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 2 comentarios
  • image
     LA TABERNA DEL TURCO  5 de noviembre de 2015 22:17, por Toñi Ruiz

    No conozco el sitio, pero me ha encantado. Una descripción muy buena que te deja con ganas y prisas por conocerlo.

  • image
     LA TABERNA DEL TURCO  3 de noviembre de 2015 02:11, por Leizael

    Excelente relato, querida. Bienvenida a bordo, de corazón.

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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 2 de noviembre de 2015

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