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INÉS BABIO
MARCO PARA UN RECUERDO
  Taller de periodismo  | 14 de noviembre de 2015

Ese día el cielo decidió caerse sobre mi ventana. Lo único que quería era ser una de esas gotas de agua. En realidad no tiene ningún significado relevante. Aquel día deseaba ser todo, cualquier cosa antes que yo misma.

Nunca hasta entonces había observado tanto los gestos que hacen las personas antes de articular una palabra para hacernos comprender lo que quieren decir. Tan sólo bastó con mirarla y pude ver cómo llevaba puesta esa media sonrisa en la cara que en segundos fue convirtiéndose en la mueca de su labio inferior; su mirada de impotencia, aquellos ojos de tonos grisáceos que después de clavarse en mí profundamente se alejaban hacia el suelo. Pude ver más allá de ese rostro que, aunque joven, reflejaba cansancio y frustración. Ese día pude notar cómo su alma iba rompiéndose en minúsculos pedazos, cómo su corazón latía intensamente sobre su pecho queriendo escapar de ese cuerpo, de ese momento, de esa vida. Me bastó un segundo para comprenderlo todo. De repente un agujero se abrió en mi interior, poco a poco se fue ensanchando, iba notando cómo se dilataba a la vez que mis pupilas, que mis sentidos. El nudo que esta vez se formó en mi garganta no se iba como otras veces, por más que tragara él permanecía ahí. Llegué a notar cómo me faltaba la respiración, cómo sin quererlo mis manos tapaban mis labios para evitar soltar aquel chillido que juré que nunca gritaría.

Se había ido, y en parte ella con él. Permanecía ahí, observándome. Las lágrimas iban cayendo incesantes por sus mejillas y me percaté de que también por las mías. Fue peor ver cómo sucedía lo mismo con el resto, uno a uno recibiendo la noticia. Cada uno a su manera, con sus diferentes reacciones. Puedo imaginar lo duro que debió ser para mamá decir aquella frase tantas veces a lo largo de un mismo día. Lo peor es que de ahí en adelante tuvo que decirla todos los días, para siempre.
Es difícil plasmar aquel momento, pero sobre todo plasmar los millones de pensamientos que pasaban por mi cabeza. Creo recordar que estuve horas lamentándome sobre lo ocurrido y, muy humanamente, sintiéndome culpable. Tristeza, anhelo, vacío, era todo lo que sentía. Es increíble lo mucho que puede cambiar la vida y la forma de entender las cosas en tan sólo un segundo.

No asimilar lo ocurrido fue parte de mi rutina diaria los días siguientes. Dicen que cuando nos enfrentamos a algo por primera vez, nuestro cerebro es capaz de engañarse y crear justificaciones, invenciones, cualquier cosa para tratar de evadir el acontecimiento, obviamente no deseado. Desde luego esa fue la peor etapa, pues la caída fue más dura cuando me di cuenta de que las cosas eran así y debía acostumbrarme me gustase o no. Cualquier comentario relacionado con él o con lo que había pasado provocaba en mí un intenso desagrado que no podía controlar. Mi propósito era evitar hablar de ello de cualquier forma.

La mayoría de los días me despertaba y me acordaba de lo ocurrido. Hasta que un día me levanté y fui a la cocina a buscarle para comentarle una nueva canción que había escuchado. Y entonces volví a acordarme de que ya no estaba, y no volvería a estar conmigo jamás. No es descriptible la diferencia entre la gente que presencia un duelo y cree comprenderlo, y las personas que lo sufren. No lo esperaba, pero en ese momento me sentí completamente estúpida, incluso sentí vergüenza por lo que acababa de pasar. Tanta que no volvió a suceder nunca.

Los siguientes meses comencé a comprenderlo. Esta etapa es sin duda la que te devuelve la capacidad de oír su nombre y no llorar. Te da la habilidad de poder acordarte de alguien que se ha ido y sonreír, de darte cuenta de que hay cosas que no se asimilan ni se asumen, sino que se aprende a vivir con ellas. Pasa el tiempo y después de cuatro años sigo acordándome de él cada día. La diferencia es que nada es como antes, ni siquiera el recuerdo es tan intenso como al principio. Es algo que me entristece, y a veces me da miedo olvidarlo. El tiempo no cura, simplemente pasa por nosotros y nos erosiona como otro fenómeno más.

Ahora tumbada en mi cama pienso qué es lo que vendrá después. Me apetece despertarme por las mañanas durante el resto de mi vida y recordarle. Acordarme de él cada vez que escucho una de sus canciones favoritas, o cada vez que miro al cielo y veo un pájaro e intento identificarlo por sus colores y la forma de sus alas. Son cosas que me encantaba hacer y que anhelo. Aunque me pregunto si esto será así siempre.

Supongo que cada persona vive la pérdida de un ser querido de manera diferente. Cada uno reacciona y responde de una forma distinta. No hay un manual de instrucciones que nos diga cómo enfrentarnos a ello, ya que es algo para lo que no estamos preparados nunca. Pero estoy segura de que todas las cosas negativas traen consigo otras positivas. Me siento orgullosa de poder darme cuenta de esto, de poder apreciar los momentos buenos que esta carrera de interminables obstáculos nos da; de saber decidir cuándo hay que quejarse de verdad; de tener la capacidad de enfrentarme a los problemas con más fortaleza que nunca.

¿Qué será de mí?, tendemos a preguntarnos todos. ¿Qué será de ellos?, quizás pensó él al irse. Infinidad de interrogantes que le surgen al ser humano a lo largo de la vida y, que sin ellos, esta carecería de sentido. A veces no encontrar el sentido a las cosas es lo que hace que nazca la esperanza, y con ella las ganas de continuar.

Inés Babio


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 14 de noviembre de 2015

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