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MARIVÍ AMÍROLA
REFLEXIONES OTOÑALES
  Taller de periodismo  | 25 de diciembre de 2015

Noviembre nos ha regalado un fin de semana inusual. Soleado, el cielo limpio y despejado, de un celeste brillante. Una nubecilla puro algodón rompe la uniformidad del azul, como una pelusa olvidada en un suelo impoluto.

Los senderos alfombrados de hojas forman un mosaico de marrones, rojizos y ocres.
Los robles ya pardean pero aún se ven frondosos, no así los chopos que van lentamente despojándose de las hojas; las que caen, de un amarillo intenso, se balancean y dibujan piruetas en el aire. Aquellas que permanecen en las ramas a medio vestir, revolotean y tiemblan por una ligera brisa; emiten con su movimiento un suave sonido, como si mariposas aplaudieran tímidamente al paseante.

Fuertes olores emanan a cada paso, a tierra húmeda, a hojarasca descomponiéndose, acude el aroma a chimenea, a leña prendida para calentar el hogar.
Las lluvias de la semana pasada han mullido el suelo y amortiguan los pasos. Entre el pasto tardío que empieza a resurgir se asoma alguna que otra seta. Senderuelas color canela desfilan por el camino de tramo en tramo. Algunas de chopo, que por su gran tamaño, se divisan desde lejos en los prados. Una de color morado ha llamado mi atención.

Camino disfrutando del paisaje, absorbo cada estímulo y trato de retenerlo todo. No se presentarán ya días así hasta dentro de unos meses. No es normal esta temperatura una vez entrado el otoño. Es un regalo de la naturaleza, una sorpresa que desenvuelves con emoción y alegría.

Según el orden natural, es el momento de días nublados y destemplados. De cielo plomizo que amenace lluvia intensa y temperatura desapacible acompañada de rachas de viento. Y, sin embargo, un fin de semana con tiempo excepcional, una luz limpia y nítida que reaviva el paisaje.

Hasta la naturaleza se revela contra la tiranía del orden. Siempre y en cada estación puedes darte cuenta. Aunque siga unas reglas, éstas son más o menos flexibles. ¿No te ha sorprendido alguna vez esa temprana flor que aparece solitaria, o esos copos de nieve que trae el viento mientras admiras un cielo despejado y cuajado de estrellas?
¿Cómo es posible que haya gente que conduce su vida entre carriles inamovibles? Leyes no escritas pero acatadas sin rechistar.

La negativa de mi amiga a pasar estos días con nosotros acude a mi mente. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. Fuimos compañeras de colegio, entrañables entonces. Al llegar a la Universidad nos alejamos: carreras distintas, otras amistades… Después las circunstancias nos separaron y al cabo de unos años nos reencontramos.

Se había casado y tenía un niño. Llevaba una vida más o menos corriente, como todos.

Nos mantenemos en contacto aunque nos vemos ocasionalmente.
En el fondo sé que ya tenemos poco en común. En su juventud era divertida y alocada, quería probarlo todo, proyectos e ilusiones se le acumulaban en la cabeza. Tan atolondrada que algunas veces me volvía loca. Si alguien nos proponía quedar para unas cañas, otros asistir a un concierto y además había una exposición interesante, ella quería acudir a los tres sitios aunque tuviéramos que ir corriendo de un lado a otro para llegar.

Hoy no la reconozco. No es sólo que haya renunciado a cosas, eso nos pasa a todos: “He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas”, cantaba Labordeta.
Ahora parece un funcionario de ventanilla sellando la instancia.
Cuando nos contamos cómo habíamos ido resolviendo la vida, la charla normal tras años sin noticias, me esforcé para que mi cara no reflejara lo que estaba pensando. Ella, que llevaba escrito en la frente la palabra éxito, que entonces parecía que se comería el mundo, ahora despliega ante mí la estrategia de su felicidad.
Un mismo menú para cada día de la semana de por vida; la excepción será para las fiestas notables.

Los domingos alternos se come en casa de unos suegros o de los otros; por la tarde el fútbol.
Dos viernes al mes, generalmente el primero y el tercero por aquello de que hemos cobrado, unas cervezas con los amigos pero la cena en casa. Un sábado al mes cine; los demás paseo y la serie de televisión que no se pierde.

No se sale del camino, no hay un desvío, nada interrumpe la dirección.
Se cambian de ropa dos veces a la semana los días laborables, para el festivo se reserva otro modelo. Los calcetines del marido siempre negros, pegan con todo.
Saben dónde y cuándo irán de vacaciones un año tras otro. Hasta las relaciones están programadas.

Si señalaras en un calendario de cinco años más adelante un día cualquiera, de cualquiera de los doce meses, pueden decirte qué comerán y a qué hora se irán a la cama; incluso si les toca sexo o no.
- ¿Nunca sorprendes a tu pareja proponiéndole una cena o con una lencería sexy? ¿No se te ocurre recoger antes al crío y llevarle a merendar o al zoo? Porque sí, porque te ha apetecido espontáneamente.
- Uf, a mí que me cambien las cosas me pone de los nervios. Es más fácil y llevadero tenerlo todo organizado, hay menos que pensar.
¡Hay menos que pensar!

¿De verdad considera que disfruta de la vida? Por tenerlo todo organizado y sopesado ¿crees que la vida no te sorprenderá para bien o para mal?
Piensan que gracias a ese control y a la rutina evitan y ahuyentan el azar, lo accidental.
El recuerdo de aquella chica fresca y vital como una hoja verde ha cumplido su ciclo, su imagen se desgaja y cae ante mí como el follaje seco que flotando se posa en el suelo.

Hay ilusiones de las que tarde o temprano tienes que desprenderte, amarillean y mueren. Algunas esperanzas y sueños florecen; otras aunque las mantengas vivas durante un largo periodo de tiempo, marchitan. El vivir, la edad, las circunstancias se encargarán de ello.
Compañera mía, declinaste una vez más la oferta de venir porque no era lo que tenías planeado. Resulta complicado hasta tomar un café contigo porque se desajusta tu rutina.

Claro que es necesario un orden, que se requiere cierta planificación. Automatizamos muchas cosas para no perder el tiempo en buscar las gafas, las llaves o evitar la desagradable sorpresa de que no tienes cena porque olvidaste sacarla del congelador. Soy la primera persona a la que le gusta abrir un cajón y ver todo colocado, encontrar lo que preciso de un solo vistazo pero me niego a que el orden marque mi existencia. Dentro de mi desorden está mi orden.

No hay biblioteca, escuela, hospital o cocina que funcione sin una organización, y cuanto más grande sea el ente mayor organización necesitará, se supone que ésta es para facilitarnos la vida, no para arruinarla.
La planificación multiplicará la eficacia, es lo que te permite disponer de más tiempo para disfrutar y dedicarlo a uno mismo. Utilizar ese tiempo extra en proyectar y trazar todas y cada una de las cosas -por mínimas que sean- significa ser esclavo de ese orden. Es vivir en función de los planes que debían facilitarnos la existencia, con lo cual obtienes todo lo contrario a lo que aspirabas.

Aceptar que así la vida es más fácil, no pensar porque todo está ya decidido y encajado, implica asfixiar al individuo.

Se puede guiar un árbol para que crezca derecho pero no puedes encorsetarlo de tal forma que le impidas extenderse. Si lo ahormas perderá el brío. Al cabo de un tiempo tendrás un tronco erguido y desnudo que acabará caído al primer golpe de viento. Una sola raíz, por fuerte que sea, no lo sustentará y el árbol, seco, será vencido.
¿Cómo resistirás un contratiempo? ¿Qué capacidad de reacción tendrás ante un revés de tu rutina?

Querida amiga, nuestro otoño también está llegando. Lentamente se deslucen nuestros encantos. Como los árboles vamos perdiendo frescura y apariencia. El tronco rugoso y firme nos mantendrá en pie si hemos desarrollado suficientes raíces en todas direcciones, enmarañándose, ampliando el área de apoyo, de la base.
Se trata de un periodo de letargo. Una pausa para desprenderse de lo inútil, para sopesar en la quietud del bosque, qué abandonamos y qué nuevos brotes surgirán; que otros sueños e ilusiones revivirán nuestras ramas. Quizá sean menos numerosos pero más intensos.

Sin esos renuevos, las ramas quedarían yermas y se pierde el sostén porque las raíces renuncian a trabajar en vano.

Una lágrima silenciosa se desliza por mi mejilla; acabo de ser consciente de que nuestra amistad es prescindible. El reencuentro fue como esa yema que surge en una rama aparentemente seca prometiendo un revivir, pero que no termina de germinar; frena su desarrollo y se congela como una promesa de lo que pudo ser.
El grito de un águila me saca de mis pensamientos y espontáneamente sonrío; vuela a gran altura, sé que si busco encontraré a lo lejos a la compañera que en breve contestará a su pareja.
Continúo mi senda serena y ligera, algo se ha desprendido de mí, ya no me pesa.


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 25 de diciembre de 2015

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