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MARIVÍ AMÍROLA
EL CONTADOR DE ESTRELLAS
  Taller de periodismo  | 15 de enero de 2016

¿Qué haces aquí fuera? Te vas a quedar helado
- Cuento estrellas

Él abre el brazo invitándola a sentarse a su lado, bajo la manta. Rodea su cintura y la atrae hacia sí para compartir el calor corporal y combatir el frio penetrante. El césped empieza a perlarse de gotas. Les rodea el silencio. No se ve la luna, queda detrás de la casa pero hay suficiente luz como para contemplar el pequeño jardín, ahora un tanto irreal lleno de sombras azuladas.

- Cuando era un niño, debido a que padecí una infección con fiebres altas, sufrí problemas de visión. La luz me cegaba y sentía un intenso dolor en los ojos. Durante bastante tiempo la habitación donde yo estaba se mantuvo casi en penumbra; me llevaban de paseo al atardecer, protegido con gafas de sol.

La silueta de un gato paseándose por la valla le distrae un instante. Ella mete la mano bajo su jersey y juguetea con el vello del pecho mientras le pide intrigada que continúe con el relato.

- Los médicos dijeron que remitiría, pero no sabían con seguridad si completamente o me quedaría alguna lesión.

Debía seguir ciertos cuidados, evitar cansar la vista, desaconsejaron la televisión y huir de la claridad.

Poco a poco fui recuperándome, no me quedaron secuelas y además desarrollé la agudeza visual en la oscuridad.

Al principio no conseguía conciliar el sueño; me asustaba pensar que si me dormía, al levantarme no pudiera ver nada, que fuera ciego total. Cuando finalmente la somnolencia llegaba, tenía pesadillas y me despertaba aterrorizado.

Un día mi padre fue al dormitorio, recolocó los muebles de forma que desde mi cama pudiera contemplar la ventana, cuidando que el sol no incidiera en mi almohada.
Esa noche me ayudo a acostarme, después se tumbó a mi lado, nos colocamos sobre el costado de frente a la ventana y abrazándome me dijo: cuenta las estrellas.

- ¿Para qué?
- ¿Puedes verlas verdad?
- Sí, veo algunas pero no sé si todas.
- Nadie puede ver todas. Hay muchas más que seres en la tierra. Tú contarás las estrellas que ves al acostarte. Comprobarás que no siempre ves la misma cantidad. En los astros está concentrada toda le energía de los que ya no están.
- ¿De los que han muerto?
Sí, de los se fueron. Se concentran allí para cuidar de todos nosotros, los que permanecemos. Fíjate bien y alguna te hará un guiño para que sepas que velan por ti. Si las observas noche tras noche, cada vez acudirán más a tu llamada para que no temas dormir, así tus ojos descansarán y te recuperaras antes.

Mi padre me acompañó hasta que el sueño me venció. Fue la primera vez en muchos días que reposé profundamente y sin pesadilla, de manera que me acostumbré a contarlas.
Después supe que era un ejercicio más para ejercitar la visión; mirar a la lejanía, al horizonte descansa los músculos oculares. Dado que me molestaba la luz, mi padre ideo la forma de realizarlo y al tiempo ayudarme a dormir.
Aún así, me ha gustado seguir practicándolo. Es muy relajante y me resulta entrañable. En verano en muchas ocasiones hemos ido juntos, mi padre y yo, a contemplar las estrellas y pasar horas conversando.

Tras un rato en silencio, ella busca con la nariz la calidez del cuello y se apretuja mimosa contra él al tiempo que pregunta:
- ¿A qué hora llegará?
- Sobre las diez de la mañana
- ¿Tienes que preparar algo más?
- No, ya está todo listo. ¿Te quedas conmigo?
- Sí, pero me iré temprano. Volveré en cuanto pueda.
- Claro, no te preocupes por eso.

Al día siguiente, cuando ella regresó, el padre ya estaba instalado.
Él le había preparado la cama en el salón, junto al gran ventanal, donde antes estaba la mesa del comedor.
Ya no se podía hacer nada más que paliar la agonía. Había llegado su momento y estaba partiendo. Despacio, muy despacio.

En contra de los consejos recibidos, él decidió que su progenitor no se iría entre extraños mientras lo veía tras un cristal.
No. Permanecería junto a él, consolaría su temor y le acompañaría en el tránsito.
La morfina calma la inquietud y los posibles dolores, le mantiene en una seminconsciencia.

El hijo, cada noche, sigue el mismo ritual. Se acuesta junto al padre y le acomoda para ver los astros. Le abraza mientras susurra las estrellas que va contando y le indica cuál tilita más.
Placenteramente observa cómo la respiración se ralentiza y les envuelve la calma. Entonces se tiende en el sofá de al lado.

Ayer cuando empezaba a clarear, en la hora crítica, falleció.
Esta noche la pareja está de nuevo sentada en el escalón del porche, cubiertos por la misma manta les acompaña una copa de vino.
Él señala con el dedo y asegura que cuenta una estrella más.
Ella le echa el brazo por los hombros, da distraídamente un sorbo y se sorprende así misma contando los luceros.


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 2 comentarios
  • image
     EL CONTADOR DE ESTRELLAS  15 de enero de 2016 20:47, por JOSÉ VK

    ME PARECE UN CUENTO MUY BONITO Y TIERNO TENEIS QUE PUBLICAR MÁS DE ESTA ESCRITORA

  • image
     EL CONTADOR DE ESTRELLAS  15 de enero de 2016 20:43, por Toñi Ruiz Fernández

    Buenas noches. Me ha parecido una pasada. Me ha llegado al corazón. Se me han saltado las lágrimas. Mariví, cada vez mejor, si cabe. Enhorabuena!!!

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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 15 de enero de 2016

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