Las Navas del Marqués a 13 de noviembre de 2019   

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ANDRÉS BARTOLOMÉ
“AQUÍ ESTÁN LOS PAJARRACOS”
  ANDRÉS BARTOLOMÉ  | 22 de enero de 2016

En Navalperal, las horas posteriores a la sublevación militar, se pasan "oyendo la radio y atendiendo órdenes de los dirigentes locales", según recordaba Segundo Herranz, entonces un adolescente miembro de las Juventudes Socialistas -formadas por Santiago Carrillo- que no dudará en sumarse como voluntario para defender la República haciendo guardia con otros paisanos, armados con escopetas de caza.

En la noche del 23 de julio entra en en el pueblo una avanzadilla de la Columna Mangada, según testimonios de Julia Yuste y Pilar Herranz "dando tiros" y enarbolando pañuelos rojos. Nada más llegar asaltan los milicianos la casa del sacerdote, Basilio Sánchez García, que estaba ubicada en el mismo lugar que en la actualidad, detrás del ayuntamiento. Al parecer, el párroco busca refugio en el desván junto a su sirvienta, a la que se encuentra confesando en el momento en que irrumpen los milicianos en el piso superior, aunque otra versión indica que el religioso se encontraba escondido en la chimenea. Arrastrado a la calle a golpes, muere tiroteado junto a un árbol de la bocacalle que sube hasta la capilla. A continuación se carga el cuerpo en un carro -de la limpieza o de la basura, según los testimonios- y es conducido hasta el cementerio, donde se le da sepultura. Tenía 60 años. Sus verdugos, cuatro milicianos, eran del madrileño barrio de Vallecas.

En el Ayuntamiento de Navalperal se conserva una reseña sobre lo sucedido, de la que extractamos una parte:

(...) ¡Navalperal de Pinares! Hoy estos aguafuertes de recuerdo.
Primero, junto a la fuente, una mujer que no contesta a nadie. Es su locura de posguerra. Segundo. Rafael, el de la trampa a la Guardia Civil, está en capilla y dice cosas como éstas:
- Padre, rece conmigo para que Dios me oiga a mí. ¿Me enterrarán en el cementerio? Que digan una misa por mí a la Virgen Milagrosa. Mis mandas son... Última: que se eduque a mis hijos en el temor de Dios.
Tercero. A las puertas del cementerio, el carro de basura y el barrendero descargando el cadáver del párroco, ignominiosamente magullado y mutilado.
La tragedia, de la cual la última nota es el desenlace, fue vertiginosa.
23 de julio, tarde, llegan los forajidos de Madrid y, lo primero, el asalto a la casa del cura.
El señor cura y la sirvienta se suben al desván, como medida hija del atolondramiento, del pavor. Mientras la horda lo devasta todo abajo, se preparan para bien morir, la sirvienta confesándose. En coyuntura tal les cogen los ojos de las hienas y se levanta el aullido consiguiente.
- Aquí están, aquí están los pajarracos.
Y entre golpes y denuestos les bajan al portal, yendo arrancándole a pedazos, a la vez, al señor cura la sotana.
- Me matarán ustedes, pero yo no he hecho nunca mal a nadie; bien, todo lo que he podido.
Y no bien ha podido terminar esta preciosa reconvención, confesión y apología propia, de dos empellones brutales, el señor cura va a dar contra el enteco árbol de la bocacallle, donde cae al momento acribillado a tiros.
Por allí han de ir pasando los que van a caer enseguida, y los forajidos dejan el cadáver tendido en su sangre para que vean aquellos al pasar y en él a sí mismos, momentos más tarde.
Cuando ya fin tan vil se cumplió, el barrendero, a la orden de la pistola al pecho, recogerá el cadáver y los malvados forajidos irán tras el carro por el pueblo en paseo sacrílego e infame.
(....).

En la misma jornada cae la primera víctima de la vecina localidad de Cebreros: el párroco José Máximo Moro Briz, hermano de Santos Moro, obispo de Ávila.
El domingo 26 consiguen llegar hasta Las Navas del Marqués, procedentes de Ávila, el capitán de la Guardia Civil Julio Pérez Pérez -que mandaba la compañía de Cebreros- y sus hombres con la intención de recoger a las familias y veraneantes partidarios del levantamiento. Se llevan también detenidos a Rafael Velasco y a una joven a quien llaman La Pasionaria de Cuatro Caminos, entre otros. Esa misma tarde el grupo logra llegar a Ávila sin encontrar oposición.


En las imágenes, Basilio Sánchez y balcón cercano a la casa del párroco. En ese edificio se ubicó durante años el “bar Felipe”


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