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UN MUNDO PARA CURRA
El esmoquin de la gente
  UN MUNDO PARA CURRA  | 11 de febrero de 2016

Cuando un político acude a una audiencia con el Jefe del Estado vestido con vaqueros y la camisa arremangada y a una fiesta del cine con un esmoquin de medio pelo, una empieza a pensar que su verdadero programa oculto es un chándal, quintaesencia de la confusión en el vestir, aunque viendo los medios de financiación que se esconden detrás del disfraz también se pueden barruntar oscuras intenciones debajo de un camisón, que es lo más parecido a eso que visten los tiranos de la morería y alrededores. Pensándolo despacio, he de decir que entre el outfit de Maduro y el de Rohani, me quedo con el del presidente de Irán, que es mucho menos grotesco.

Hay muchas maneras de ir mal vestido y yo diría que todas están relacionadas con la desorientación. O no sabes dónde vas, o no sabes a qué vas, o no sabes con quién vas, pero el caso es que al menos una de las tres preguntas la has respondido horriblemente. Sólo te puede salvar un atuendo profesional, pero incluso el payaso se quitaría la peluca y la nariz de clown para acudir al dentista, más que nada para que los dos se tomaran en serio lo de los dientes.

Eso de épater les bourgeois a base de vestirse de punkie cuando vas a ver a tu abuela es una cosa un poco infantil, además de muy anticuada, porque hoy lo asombroso es encontrar a alguien bien vestido. Y de todas formas, no todo el mundo se lo puede permitir: primero tienes que identificar a un bourgeois falto de mundo que se deje epatar y luego necesitas mucha clase para sorprender. Si no, se nota la impostura. En todo caso, queridos amigos, la corbata es lo de menos en política: hoy en día lo único que puede epatar a un burgués es una bajada de impuestos.

Hay que estar muy mal educado para comer sin camisa y ser muy guarro para bajar la basura en pijama. Fuera de esto, ir vestido como te da la gana para demostrar interés o desprecio a tu anfitrión, o sea, para enseñar quién eres, es un tic de niño rico, como el señorito que va a la boda del jornalero con la camisa abierta y zapatos de campo. El jornalero, en el supuesto contrario, se pondrá su mejor corbata no por demostrar respeto, sino porque le han enseñado en casa que la humildad y el saber estar son categorías distintas.

Lo que separa la sorpresa del esperpento es una línea muy fina que además se va moviendo. Hoy en día, lo que separa en el vestir a un político del camarero de Casa Manolo no son las cabezas de gambas esparcidas por el suelo, sino el sentido de la orientación.


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