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Marta Vilchez
Guerreras sublimes
  Taller de periodismo  | 16 de febrero de 2016

Estaba esperando al autobús 21, me fijé en dos negras gordas que iban muy emperifolladas, camino de la parada. Tenían gafas doradas y unos cachos de pendientes y pulseras circulares, también de oro. Iban con el pelo recogido muy bien arreglado a pesar de las rastas. Vestían con elegancia de África.

Cogieron el bus y se fueron para atrás, a sentarse, de repente una de las dos empezó a gritar como una histérica: “¡Racista de mierda! La gente las observó en la parte trasera y se cerraron las puertas. Durante el trayecto me puse a fantasear sobre estas mujeres. Una señora les había mirado raro, con prejuicios. También yo las había mirado con rareza, madre mía, ¡qué pintas! “¡Sí, tú!, señaló la negra” con su pedazo dedo índice. La señora que les había mirado mal se calló. A las dinamitas les ardía su orgullo, se habían sentido atacadas.

“¡Tienes que pedirnos perdón!, gritaban las dos a la par”. Sus chillidos empezaban a hacer mella en el autobús que, en esos momentos, pasaba por Manuel Becerra. Las personas que estaban leyendo, al oír los vociferios como si fueran a cámara lenta, se lanzaron al mundo real. Otra señora, tirando a abuela, contestó: “¡Os tenía que dar vergüenza el lío que formáis!”. Estaba de acuerdo casi todos en el bus y empezaron a replicar: “¡Sois unas gritonas!”. Otro decía: “¡Que haya paz!”.

Una de las emperifolladas, farfulló: “¡Sois todos unos racistas!, y se puso de pie para que se la oyera con eco. Estaban todos los pasajeros quemados, hasta las chicas jóvenes que llevaban cascos se enteraron del follón. El conductor podía observarlas por el espejo y oía el estruendo. Un sujeto les dijo que tenían que adaptarse a las normas no escritas de España, no gritar en los transportes públicos, porque podían molestar. A lo que respondió una de las gritonas: “En mi país, ante todo, respeto y no callarse ante nada; esa señora nos ha faltado al respeto y nos tiene que pedir perdón”. Los pasajeros comenzaron a increparlas y uno casi llega a las manos. Un señor, con garbo natural, les dijo, “vosotras, ¿os estáis haciendo cargo de la que estáis armando?”.

Las insufribles siguieron dando la bulla, “¡sois unos arrogantes!”, repetían una y otra vez como grillos. Una chica joven respondió: “¡Kamikazes!, nos soltáis la bomba del racismo y nosotros, como somos demasiado civilizados, tenemos que quedar mudos”. Las dinamitas cada vez más enfadadas y todo el autobús en su contra. Los alaridos se mezclaban con los aullidos metafísicos. Tal era el estruendo que muchos pasajeros se taparon los oídos. Era un poema visual.

Al conductor se le hincharon los huevos y cortó radicalmente la rebelión en la granja. Dio un frenazo en Colón, echó el freno de mano, abrió las puertas traseras y apremió para que salieran del autobús las mujeres vaca. Ellas gritaban una y otra vez “¡racistas, os tenía que dar vergüenza!” La gente del autobús comenzó a empujarlas para no oír la escandalera. Las indignadas, sin rechistar, se bajaron; mientras que el abarrotado autobús no paraba de dar las gracias al transportista, que tenía un poco de remordimiento. Un hombre de mediana edad se arrancó haciendo la ola al conductor y todos le siguieron.

Ya no llegaba para abrir el salón de tatuajes, al menos, tengo un nuevo motivo para pintar: las sublimes gritando como posesas.

Laniñasurrealista


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 16 de febrero de 2016

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