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EFLUVIOS CRIMINALES
Ma Galio, agudo olfato de sabueso (*)
  José María  | 27 de febrero de 2012

(*) Cualquier parecido con la realidad podría ser mera coincidencia.

El comandante del puesto de la Guardia Civil, que tiene semblante de estar cavilando sobre asunto importante, está sentado en su despacho. De repente exclama a voz en grito:

-¡Número!

- ¡Si, mi comandante! -se cuadra ante él un guardia.

-Relévame. Marcho un rato al pueblo.

- Pero, mi comandante... -duda el guardia.

-¡Sin peros, joder!

- ¡A sus órdenes, mi comandante!

Ma Galio, comandante del puesto de la Guardia Civil, bajó del cuartelillo en su coche y se acercó a la plaza del pueblo; era necesario; pero en llegando lo primero que hizo fue tomarse un vino en el bar Los 13 Railes; luego atravesó la calle principal pasando a la otra acera para comprar unas chuletas en la carnicería El Jamón; pagó y por el paso de cebra arribó a la susodicha plaza; allí procedió con método su inspección; primero la barrió con su mirada desde el ángulo suroeste; la situación era la siguiente: al este (frente a él) 7 jardineras blancas (solo 2 tenían plantas las demás estaban sin ellas) daban paso al marroncito edificio consistorial, sólido, macizo y de diseño infantiloide; al sur (a su derecha) tres casas, adosadas de oeste a este: la primera, justo al lado de donde miraba, de un solo piso, pintada de blanco, alegraba la vista; a continuación una de dos pisos, fachada desconchada, pegotes de cemento, persianas rotas, estaba abandonada; encima de una ventana apenas se podía leer el letrero Bar Rosco; y la última casa, casi tocando al Consistorio, también de dos pisos, estaba muy bien encalada de blanco; al oeste la plaza se abre a una calle o avenida principal; la plaza se cierra, al norte, con cuatro casas y un solar; vista igualmente de oeste a este el orden es así: la primera el Bar Plato (con actividad solo en verano); las otras tres de fachadas desconchadas, sucias y abandonadas, y en último término el solar lleno de zarzas, yerbas, maderas, plásticos y otros variados desperdicios que rodean paredes embadurnadas de letreros.

El suelo de la plaza -no tenía que mirarlo porque se lo sabía de memoria- embaldosado, lucía, aquí y allá, toda una serie de lamparones o pegotes negruzcos, cáscaras de naranja y manzana, botellas de plástico, paquetes de chucherías, serpentinas, chicles pegados, pinturas, hojas secas y, por lo que veía, en uno de los asientos de granito una mancha de color violáceo sin duda de vinazo; se acercó a olerlo;

-Si, de vino... malo, peleón.

Y por una concurrencia de imágenes, recuerda que hace unos meses pararon, allí, en la plaza, dos autobuses llenos de estudiantes que venían de estudios a ver el pueblo y alguna instalación industrial. Al bajar el primer estudiante exclamó:

-¡Dios, qué cagada! ¡Venid a ver, compañeros, nos da la bienvenida la mierda!

Y en corro se pusieron a bailar en torno al excremento. Y exclamaban haciéndole reverencia con inclinación del cuerpo hacia adelante:

-¡Oh, supremo Dios de la igualdad! ¡Postal turística de la mas sublime trascendencia! ¡Icono representativo de la escatología!

Era una hermosa deposición en medio de la plaza, recuerda. Toda una torre de canela de perfección increíble. Un rosco enroscado en espiral y terminado en punta como señalando al agujero creador de tan insigne artista, ausente por una orgullosa timidez. Posiblemente mastín singular o un mozo en la chispa de la ebriedad quien, al hacerle un redondo, orondo y blanquecino calvo a su cuadrilla, sintiera la inaguantable e improrrogable gana de purificarse y expulsar sus malos humores. Aunque, para no ser uniétnicos podría haber sido un oscuro calvo si el mozo fuese de raza negra y en la noche mimetizado por la oscuridad o resaltado por la farolas.

¿Mastín o mozo? No sabría decirlo, pues la mierda, principio fundamental de la escatología, tiene formas y olores universales que trascienden los sexos y los reinos animales. Siendo mas fácil de saber, es cierto, su origen de clase si el excremento es abundante. Y siempre con la duda de si se podría deberse a una excepcional comilona de un parado al que algún amigo invitara aquella noche. Difícil de saberlo. Hasta tanto no había llegado nuestro sabueso particuar.

Pero, como tenía excelente vista y olfato superlativo, se dio cuenta enseguida que, algunos de los excrementos que por allí rodaban su existencia andariega, eran ya valetudinarios, achacosos y deslucidos.

Llegados a este punto mierdoso tenemos que decir, aun a fuerza de desviarnos de tan olorosa descripción, a santo de qué había ido el señor comandante a esa plaza de la villa; veamos: en el pueblo habían ocurrido unos hechos extraños que, por puro milagro, no finalizaron en tragedia; dignos de ser escritos, incluso esculpidos en bronce para lección de los vecinos; a saber: una mujer fue mordida por su señor esposo en el cuello y las nalgas y si no es porque sus gritos alarmaron a los vecinos, quienes, acudiendo presurosos, la auxiliaron, hubiera sido, literalmente, engullida; no se le olvida cómo le resbalaba la sangre al esposo (y se le puso la carne de gallina al guardia civil solo al recordarlo) por las comisuras de los labios que se le abrían en gesto de satisfacción, de puro goce; otro suceso fue el de otro marido que se puso a pegar, al parecer sin venir a cuento, a la esposa y le arañó, con saña, las nalgas; también, en ese caso, fueron los vecinos los que la salvaron de milagro; Ma Galio los interrogó a ambos; el primero le dijo: ’Olía que alimentaba, que le iba a hacer’ ; y este último contestó:

-El olor me abrió los ojos.

Y de ahí no se bajaba.

Pero fueron otros dos casos los que alarmaron mas a la población: el intento canivalesco de unos padres queriéndose comer a sus hijos: unos, padres marroquíes y otros, progenitores españoles. Suceso que conmovió a las gentes del lugar.

Ambos respondieron al comandante:

-El olor nos enloqueció.

En esos casos España ha superado a Grecia con creces en la crisis: allí a los hijos los abandonan, aquí los han intentado comer. Eso puede explicar, quizás, el apaleamiento de los estudiantes en Valencia: pues, según algunos, los votos de sus papás y sus mamás han fortalecido las porras de los polis. Y si los han apaleado con votos sin piedad, por qué no comérselos ya de paso...

En fin, los otros sucesos acaecidos son, con respecto a los ya mencionados, pecata minuta, aunque a Ma Galio le traían por la calle de la amargura: dos niños que se quisieron morder mutuamente; un infante que le pegó dentelladas a un balón con la aviesa intención de zampárselo; o la niña que se quedó sin dientes cuando osó clavárselos a sus patinetes; hasta dos perros que se lanzaron furiosos a las llantas de una bicicleta, mientras el niño que la montaba tuvo que huir para apartarse de sus dientes tan afilados, para su miedo, como cuchillas de afeitar.

Estos hechos, sin aparente conexión, le estaban comiendo el tarro al responsable policial del pueblo.

En sus pesquisas, interrogando a actores y testigos, siempre salía a relucir un nombre como común denominador: la plaza de la villa.

Y allí estaba él. Para ver si se le hacía luz en su cerebro.

Era patente que algo tenía que tener la plaza.

Y debía de encontrarlo.

Se puso a cuatro patas como buen sabueso, sin importarle que le vieran. Olisqueó los restos que por allí estaban; las aletas de la nariz se le ensancharon:

-Si, efectivamente, son trozos de mierda, rechiseca, de varios meses; hasta hay cagajones de yegua o caballo...

Desde los ventanales del Ayunta el alcalde y sus dos segundos en la jerarquía consistorial lo contemplaban con mirada interrogante e inquieta.

Se levantó decepcionado:

-No, no son los efluvios que busco -murmuró Ma Galio.

Esos que su pituitaria retenía no estaban allí. No. En esa parte de la plaza. Esos efluvios los tenía grabados. Todas las víctimas olían a lo mismo, aunque en diferentes grados. Quedó pensativo en ese ángulo de la plaza sin que pudiera exclamar por ahora:

-¡Elemental, querido Watson!

Y en esas profundas reflexiones se hallaba, cuando, por el lado norte de la plaza, una señora joven, que la atravesaba en ese instante, se resbaló y cayó al suelo. Ma Galio, todo un caballero, acudió rápidamente en su auxilio. Su figura marcial, es verdad, para qué negarlo, se descompuso, al desequilibrarse un tantico cuando patinaron sus zapatos en el grasiento embaldosado de esa parte de la plaza. Si bien, acostumbrado, como estaba, a deslices policiales, que también los tenía, logró mantenerse en pie.

Y fue entonces cuando halló la solución al enigma oloroso. Sus narices captaron el efluvio, se ensancharon. Comenzó a aspirar y a poner sus ojos grandes blancos y redondos como platos.

La mujer tirada en el suelo lo miraba, asustada, esperando cualquier cosa.

Pero él no se daba cuenta de nada. Abstraido, pensando solo en los olores del lugar, su fino olfato de sabueso, hecho a arqueologías de olores en el aire, captó las distintas capas de efluvios de muy diversas barbacoas, parrilladas o fritangas que se habían realizados en el lugar.

Y es que donde se cayó la señora y él se desequilibró es el lugar elegido por el Ayuntamiento para hacer sus periódicas asaduras y estaba cubierto el suelo de una mancha oscura de grasa, restos de carne (no muchos), arena encostrada, polvo y aire teñidos de diferentes frituras: chuletas, morcillas, sardinas, chorizos...

Miró a la señora tendida en el suelo, la falda subida, las nalgas al desnudo, tiernas, temblorosas, blancas como el alabastro, que las braguitas negras resaltaban aun mas la blancura. Tentado estuvo el investigador de hincarle los dientes. Olía toda ella a sabrosa carne asada...

Afortunadamente, para la postrada en el suelo, nuestro sabueso particular, señor Ma Galio ya había saciado su apetito por la mañana temprano. De modo que tendió la mano y la ayudó a levantarse.

Antes de que la mujer se fuera le aconsejó:

-Dúchese antes de que llegue su marido. Hágame caso. Le va la vida en ello.

No lo decía en balde. La señora había quedado impregnada por los efluvios de distintas parrilladas. Esos mismo que tenían las otras señoras. Y si el hombre tenía hambre (y la crisis trae ese jinete a todo galope) intentará comerse a la mujer confundiéndola con una chuleta. O si el marido es celoso pensará que la mujer ha estado de juerga por ahí. Vete tu a saber donde...

Los otros casos (estaba claro) tenían su origen en el mismo foco pringoso, en el mismo centro de los efluvios; balones, patinetes, llantas de bicicletas, zapatos... se vieron impregnados del aceite frito llevando el olor con ellos.

Los responsables del Ayunta o Consisto tal vez quisieron paliar, a su modo, la crisis dejando esa suciedad o guarrería, con su olor a fritura, pensando que el que paseara por alli si luego, en llegando a su casa, no tenía una chuleta o chorizo que llevarse a la boca, se olería a si mismo... y como dice la frase que ’ huele que alimenta ’, pues eso...

Pero el hambre, en su ciega galopada, no se sacia con olores... Y acaeció lo narrado.

Ma Galio subio la cuesta y se metió en el cuartel. Entró en su despacho. Miró un instante a la ventana y luego al guardia civil de relevo y de repente le vocea:

-¡Numero!

- ¡A sus órdenes, mi comandante! -taconeó cuadrándose el guardia.

-Búscate a un compañero y armados los dos de cubo y fregona id a detener... (iba a decir algo mas pero lo pensó mejor)... los efluvios criminales de la plaza.

-¿Pero...?

- ¡Sin pero, ni hostias, coño!

- ¿Y qué hacemos con ellos, mi comandante? Los...

- Los encerráis en el cubo y los tiráis al desagüe.


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 27 de febrero de 2012

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