Las Navas del Marqués a 10 de abril de 2021   

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ARTES PLASTICAS
Exposición de Paloma Urquijo
  José María  | 13 de marzo de 2012

Paloma Urquijo voló en sus colores a Las Navas del Marqués. Allí tuvo su exposición. En el espacio cultural de la Caja de Ahorros de Avila. Fuimos a verla.

Y así, a primera vista, el conjunto se nos apareció, que recordemos, en suaves tonos azulados, verdes y blancos. Arte, por lo que vimos, no figurativo, excepto por mínimos detalles: ojo de cerradura, puertas y ventanas. Y un cuadro que representa unas imprecisas paredes con su techo.

En detalle, cuadro a cuadro, una parte de la exposición también tenía colores rojos, morados, naranjas, granates y rosas, que se concentraban sobre todo al fondo del local y contrastaban con el resto de pinturas. Colores que nos acariciaron proporcionándonos, imaginamos, un paisaje anárquico urbano de bloques de casas.

Otra parte de la exposición... ¿cómo decirlo?... otra parte, si, pero no diferenciada del conjunto sino metida dentro de ella de una manera natural, sin destacar, eran los cuadros grises y negros velados por una pátina o niebla de papeles pegados que, como nubes, intentan escondernos, en parte, el horizonte y nos dejan el puro suelo, la tierra imaginada de la que sobresalen hilillos negros cual hierbas rechisecas, muertas, de un invierno inicial.

Todos sus cuadros -es de suponer porque no la conocemos- quieren representar la realidad que, de alguna manera, impresiona la retina de esta artista plástica dejándole, por una parte, restos de mansedumbre melancólica plasmada en los colores dominantes; por otra parte, el fuerte impacto de los rojos: la vida en perpetuo movimiento, en sempiterna ebullición que la corona; en las pasiones, la rabia, la indignación ante las injusticias latentes y patentes; el amor, la alegría, la risa...; sin olvidarse de la helada indiferencia, de la indefinición de los grises, de la naturaleza muerta.

Así quiere abarcar el mundo: aprisionándolo en sus colores. Mas como es imposible meter todo el arcoirisado universo en sus paletas, recoge las tres o cuatro facetas que su cerebro logra acotar. Y esas nos vienen, básicamente, de las aberturas que las vehiculizan (valga la palabreja) y encauzan hasta nuestros ojos. De ahí los mínimos y simbólicos ojos de cerradura, ventanas y puertas; o, cuando el alma se ve sitiada por el pesimismo y lo ve todo como un siniestro callejón sin salida, aparecen los recintos cerrados envueltos en indefiniciones.

Mínimas simbologías de un espacio que se abre a la retina con formas puras que se reflejan en esas líneas rectas u curvas trazadas con regla y compás cobrando aliento en colores vivos o, si se nos permite la palabra, muertos: son las dudas en los vaivenes sentimentales.

Paloma quiere volar como las aves, lanzarse al espacio y se va, claro, en alas de sus pinceles. Veremos hasta donde llega


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