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TALLER DE ESCRITURA CREATIVA
El Rastro
  Taller de periodismo  | 12 de diciembre de 2016

El ruido al amanecer me despertó y a mis vecinas también. Había pasado una noche de lo más tranquila. Martillos accionados por la mano del hombre producían incómodas vibraciones en el aire; chapas de metal arrastrándose por la Ribera de Curtidores taladraban el oído de los transeúntes.
Yo vivía en un árbol, en mitad de la empinada calle. Desde lo alto se veía todo el bullicio y se oían las conversaciones.
Un señor, el que daba los martillazos, estaba debajo del plátano de indias; tenía ya el puesto recién montado. Pude ver la parte delantera de la camioneta, pero me moría por saber qué mercancías iba a poner en su tenderete. ¿Serían telas, bragas o confección? De momento estaba extendiendo una gruesa malla. Había amanecido y los martillazos continuaban en la lejanía. Yo era amarilla tirando a verde por los bordes; mis vecinas eran todas verdes y empezaban a amarillear. Tomé impulso con sus múltiples ayudas, pero no pude ver nada de la mercancía. Una y otra vez lo intenté; sin éxito. Me quedé exhausta.
Y los primeros compradores aparecieron.
Se divisaban muchos puestos de antigüedades. Me fijé en uno donde predominaba el art nouveau y las cámaras fotográfica antiguas, como la austriaca voightlander, o la alemana, rolleiflex, con las que dispararon Vivían Mayer o el ilustre Robert Doisneau. En otros puestos había planchas minúsculas de hierro que funcionaban con carbón, discos, tocadores, latas metálicas de polvo de talco, guardapelos, jaulas para grillos y un sinfín de sorprendentes baratijas. Miré al puesto de abajo, del que no se veían las mercancías, y allí estaban los bolsos a veinte euros, las mochilas con los emoticonos a siete, y las riñoneras a diez. Dos gemelas se acababan de comprar unas mochilas con un dibujo de besitos a un corazoncito con un ojo guiñando.
A las once empezaba a ver mareas de gente, sobre todo mirando los cachivaches. ¿De dónde salía el olor a café? De pronto, ante una fuerte ráfaga de viento, me encontré inestable, como un diente de leche, y empecé a caer en torbellino. No me dio tiempo a despedirme de mis hojas vecinas.
Caí en un papel de burbujas de un mueble que era transportado por una pareja. ¡Qué blandito!, pensé, pero pocos metros más allá fui a parar a la acera.
Las suelas de los zapatos no tuvieron piedad conmigo. Miré hacia mis compañeras implorando ayuda... Nadie me miraba, nadie me escuchaba, nadie se fijaba en mí.
Solo quería ser una hoja más de un humilde árbol. Pero no. La vida no nos perdona estar vivos.

La niña surrealista


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 12 de diciembre de 2016

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