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TALLER DE ESCRITURA CREATIVA
El ultimo chato
  Taller de periodismo  | 19 de diciembre de 2016

¿Cómo quieres que te velen?, me dijo mi hermana Tere. Me lo preguntó sin ninguna consideración, después de todo lo que había pasado. Al entrar al tanatorio sentí el frío que desprende el mármol, ese olor a muerto elegante tan distinto a las miasmas y efluvios de un difunto normal y corriente.
Estaba rabiosa con mi hermana, nunca se entera de nada, va a lo suyo. Antes de que abriera la boca para contestarla cambió de conversación. Me solté de su brazo y corrí al baño. La peluca casi se me cae, la cogí al vuelo, tiré el bolso al suelo y me arrodillé para vomitar; la última sesión de quimio y el contacto con el mármol no hacen buen maridaje.
Cuando me recuperé seguí mirando las letras brillantes con los nombres de los muertos y el número de sala en la que parten hacia el más allá.
No sé cuántos días habían pasado desde lo ocurrido: entre la tele, el concejal de Sanidad, el forense... Tanto revuelo y total ya nada tenía sentido, ni siquiera la muerte.
Vaya un golpe de suerte. El destino me premió con un pequeño regalo, un nombre en la pantalla que no esperaba, demasiados años sin saber de ella. Nos bajamos del ascensor de cristal, en la planta segunda. Nuestra sala era la 34, un piso más arriba, allí estaba mi muerto, pero antes de subir a verle quería hacer una pequeña visita de cortesía.
Su nombre era Conchita, la pequeña de las Pérez Puig, ella que en vida era tan tiesa, tan estirada, como si se hubiera tragado una escoba, hacía muy bien su papel dentro de la caja de metal americano. Sentí una profunda alegría. Hoy por fin no me miraría por encima del hombro. No creáis que es un chiste fácil. Os contaré que la muy asquerosa, ¡que Dios me perdone!, ¡siempre se reía de mis gafas de culo de vaso!, me sentía tan humillada, tan desvalida que yo en venganza la escupía siempre en el culo de su vaso, el de la Mirinda de naranja que me pedía que le sirviera para seguir humillándome en el bar de mi padre.
Nos fuimos sin dar el pésame a la familia de Conchita. Daba igual, no se hubieran acordado de nosotras, a no ser por las noticias de los últimos días, y la verdad no tenía ganas de hablar del tema y dar explicaciones. Para esa gente seguíamos siendo las hijas del bar.
Subimos por la escalera, también de mármol, desde allí se les oía murmurar, la sala estaba a rebosar llena de periodistas y de curiosos, haciendo fotos con los móviles.
Parece que le estoy viendo. Igualitarismo, decía mi padre; cuando se muera Franco no habrá clases sociales. Aquí lo único que nos iguala es la muerte, repetía mi madre. Nunca dejó de pagar el seguro de los difuntos; eso sí, para mis lentillas ni una puñetera peseta, para arreglarme los dientes tampoco. Para los muertos, sí; el seguro de la Finisterre, eso lo pagaba religiosamente.
Lo pagas por presunción, solo por presunción, te crees que te vas a igualar con los señoritingos en la muerte y con los ricos no se iguala ni Dios, ¡me oyes!, mi padre gritaba y repetía una y otra vez, desde la barra, sobre todo en los días que había logrado ser su mejor cliente. Y total para nada. A mí que me quemen, decía, y seguía con el Valdepeñas.
Mi hermana Tere está estudiando un módulo formativo por internet de tanatoestetica y tanatopraxia. Se había tomado tan en serio su triste carrera que hasta se fabricó una libreta a modo de catálogo de últimas voluntades.
Pesada era muy pesada, con eso de traer al pueblo velatorios a la carta; había logrado contactar con una funeraria de Puerto Rico que conseguía los permisos legales para velar a los difuntos en posturas poco habituales. Tenía una foto impresa a color de un muerto negro con una gorra de visera, gafas de sol y subido en una moto que ponía Repsol. En otra aparecía una anciana muerta con sus gafas de coser y un rosario azul sentada en una mecedora. En todas las fotos se les veía detrás del cristal con grandes coronas de flores. Y al otro lado a su familia venga a llorar y llorar
Mi padre que, a pesar del tintorro, nos ha sobrevivido a todos, ha sido el primero en acogerse a estos velatorios tematizados. Por supuesto en Tomelloso no le han dado permiso y el revuelo ha sido tal que fue noticia a nivel nacional.
El profesor titular del curso de tanatoestetica lo ha arreglado todo. Incluso este sitio tan elegante en Madrid le convalida las prácticas por su gran originalidad e innovación.
Allí estaba, detrás del cristal, con sus grandes gafas, apoyado en la barra, la botella en una mano y un chato de vino en la otra. Al fondo, el consejo regulador La Mancha, patrocinador del óbito.
Y a ti, hermosa, ¿cómo quieres que te velen?

Esperanza Crespo


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 2 comentarios
  • image
     El ultimo chato  18 de enero de 2017 21:10, por Luisa

    El relato te engancha, llegas al final y esperas que la historia siga.. Muy bueno

  • image
     El ultimo chato  21 de diciembre de 2016 23:19, por Angel Vallejo

    Genial la idea, el desarrollo y el final. Un gran relato.

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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 19 de diciembre de 2016

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