Las Navas del Marqués a 10 de diciembre de 2019   

868 visitas ahora

 

Un cuento de Navidad
Efraín.
  Taller de periodismo  | 25 de diciembre de 2016

Hacía mucho tiempo que ya no creía en la Navidad. Primero fue ilusión infantil, que dio paso a desencanto, luego hastío y casi aborrecimiento. Le molestaba esa especie de dictado que, como una voz en off, le sugería: “Sea usted feliz, ame a todos y sobretodo regale muchas cosas”. Todo aquel montaje le parecía eso, un teatro, algo falso e irreal, una comedia absurda que pretendía construir una ilusión sobre algo que no existía: la armonía y la paz.

Y además estaba el problema religioso, ¿Qué era lo que realmente se celebraba? Pensaba que esa cuestión había dejado hace mucho tiempo de tener importancia: El único Dios al que se adoraba era el Mercado; deseoso de cerrar con superávit la cuenta de beneficios. Un Mercado que se disfrazaba detrás de la panzuda barriga de Santa Claus, y su tonta melodía de “¡Feliz Navidad, ho,ho,ho!”.

Por eso, como hacía desde años al llegar diciembre, tomó un avión y se marchó a un lugar lejano; donde los ecos de la Navidad fueran apenas audibles. Encontró, en la vasta región del Gran Desierto del Sur, el sitio perfecto para huir. Desde la ciudad de Tamaraset un destartalado autobús le dejó en la pequeña localidad de Raman. Ibram le esperaba en la plaza, le había contratado como guía para llevarle de exploración por aquel vasto e inabarcable desierto de piedra.

- Buenos días, Gus, me alegro tenerle de vuelta.
- Gracias Ibram, ya sabes que no me gusta perderme esta cita anual. Me moría de ganas de volver a estar aquí.
- Ya lo lo tengo todo preparado: el coche, la tienda, las provisiones; han abierto un pequeño supermercado, ¡aquí también está llegando la globalización¡; no sé si desea comprar alguna cosa, podemos partir cuando quiera.
Gus dejó de escapar un pequeño murmullo de desaprobación cuando oyó la palabra “supermercado”, se sintió más aliviado cuando comprobó que era el mismo establecimiento de siempre: el de Rum, el tendero, que lo había remozado un poco, y puesto en la fachada un llamativo cartel de letras blancas sobre fondo rojo, que ponía “Market”

Libertad, lejanía, plenitud. El aire cálido del desierto, suavizado a esas horas ya tardías, acariciaba el rostro de Gus. El Land Rover parecía navegar por la pista polvorienta dejando detrás de sí una larga estela de polvo y tierra. Sólo los engranajes del motor, que sonaban poderosos, rompían el silencio. Ibram conducía concentrado, tratando de evitar las piedras que de vez en cuando obstaculizaban el camino. Gus se había perdido en los vericuetos de su memoria, tratando de apaciguar todos los ruidos y queriendo permanecer sólo en ese momento, sin recuerdos intrusos, sin memoria, sin ecos de voces. Perdido en la inmensidad.

- ¿Dónde vamos ahora, Ibram?
- A la aldea de Zurdir, conozco a una persona: Malek, que nos dará alojamiento en su casa.
Zurdir apenas contaba con 50 casas, dispuestas a lo largo de la pista que se introducía en el desierto. En la entrada del pueblo había un pequeño palmeral; y, junto a él, un pozo. Cuando llegaron un grupo de mujeres, ataviadas con vistosas túnicas azules y blancas, sacaban agua para llenar sus cántaros. Al otro lado de la carretera, cerca del pozo, y sentados sobre una enorme piedra, dos ancianos cortaron su conversación, cuando se acercó el vehículo que comenzó a travesar la población.
Apenas vieron más gente, tal vez estaban escondidas dentro de sus casas; éstas eran sencillas, de adobe y de una sola planta; estaban pintadas casi todas de blanco, aunque también había otras de color verde o azul. El techo era plano, sólo sobresalían unas curiosas chimeneas, bastante altas, con dos o tres pequeñas aperturas en su parte superior.

La casa de Malek era la última del pueblo. Justo cuando aparcaron el coche un anciano, envuelto con una especie de manto de color gris y con un plato de comida que sujetaba con las manos, cruzó delante de ellos, sin mirarlos, y se perdió en la noche.
Malek estaba en la puerta esperándoles. Bajaron del coche y se acercaron a la casa; destacaba en la sencilla fachada el portón de entrada, que era de madera y estaba pintado de verde oliva. Malek abrazó a Ibram y se cruzaron algunas palabras en árabe que Gus no entendió. Después se dirigió a éste, haciendo una pequeña reverencia y tendiéndole la mano, gesto que Gus devolvió.

La casa tenía un pequeño patio central, rodeado de habitaciones por tres lados. En el muro, justo en el lado opuesto a la entrada, se abría otro portón; que estaba cerrado y daba a un corral donde se guardaban las cabras y algún cordero. En medio del patio, a la sombra de un granado, se sentaron los tres hombres a cenar. Sara y Maria, la mujer y la hija de Malek, les sirvieron la comida. Gus apenas pudo verlas, pues escondían su cabeza con una especie de velo, detrás del cual asomaba parte del rostro.
Ibram servía de intérprete y puente entre Gus y Malek. Después de un buen rato de conversación; le pidió a su guía que preguntara a su anfitrión quien era ese anciano con el que se habían cruzado nada más llegar.

- Se trata de Efrain, el judío, le explicó Ibram traduciendo las palabras de Malek. Dice que lleva toda la vida viviendo en el pueblo. Se trata de una persona extraña y solitaria, pero bondadosa y de buen corazón. Desde hace más de treinta años sale, todas las noches, de la localidad con un plato con comida que va a recoger a la mañana siguiente.

- ¿Un plato de comida?, ¿Y para qué? Preguntó Gus.
- Para alimentar a Dios, o algunos de sus ángeles, cuando por la noche recorren el desierto. Tal como Él había hecho con sus antepasados cuando les sacó del desierto.
Gus no supo, por el tono de voz o la expresión de Malek, qué opinaban sus paisanos de Efrain, ni se atrevió a preguntar a Ibran. Siempre le pareció que comentar, o sospechar, sobre sentimientos religiosos con personas de otras culturas era bastante complicado, así que evitaba expresar cualquier opinión, sobre todo si era desaprobatoria o despectiva.

Ya en la cama, su mente daba vueltas a la historia del viejo Efraín. Le parecía extraño y curioso que aún quedasen personas con esa mentalidad; no sólo que rezara o se dirigiera a un ser aparentemente trascendente, que está más allá de toda experiencia física; sino que además viviera como si ese Dios fuera real y actuara en su vida.
Una de las últimas personas religiosas, pensó, antes que ese mundo mágico se extinga para siempre.

A la mañana siguiente, Gus y su guía partieron para hacer un recorrido por un cañón no lejos de la aldea. Regresaron por la tarde. Después de la cena Gus se retiró a su habitación, pretextando que estaba bastante cansado. Cuando consideró que todos ya dormían salió de la casa, y se agazapó detrás del todoterreno. Al poco rato, gracias a la luz de la luna llena, observó cómo por el camino avanzaba una figura sigilosa que llevaba un objeto entre las manos. No tardó en darse cuenta que era Efrain en su paseo diario. No le costó trabajo seguirlo ya que caminaba despacio. La noche era muy hermosa, y la luz de la luna daba suficiente claridad para caminar sin ningún tipo de problema.

A unos quinientos metros de distancia había un grupo de rocas, a las que rodeaba el camino, y que ya había visto a la luz el día cuando pasó con el vehículo. Efraín llegó a las rocas y entre dos de ellas superpuestas, donde había una especie de hueco en forma de alacena, dejó el plato. El viejo regresó con la misma parsimonia a la aldea. Gus se quedó escondido en otra roca, solitaria y no muy lejos de las anteriores, esperando a ver qué ocurría.

Al cabo de un par de horas, una sigilosa figura de cuatro patas se acercó al grupo de rocas. “Allí está el Dios de Efraín”. Pensó Gus. No lo pudo distinguir muy bien, pero era del tamaño de un perro aunque con la cola más grande. “Un zorro del desierto”. Ibram le había hablado de esos hermosos animales que estaban en peligro de extinción, pues su piel era muy cotizada. El animal de un brinco se subió a la primera roca y se aproximó al hueco. Gus escuchó el ruido de sus mandíbulas, desgarrando y masticando los trozos de carne, que Efraín le había dejado.

De regreso, ya en su habitación, Gus apenas podía dormir dando vueltas a aquella experiencia nocturna. “Bueno era lógico, argumentaba, no existe en la realidad nada de mágico ni extraordinario. Sólo es nuestra imaginación la que se empeña en fabricar historias, en donde lo sobrenatural interviene de alguna forma en los fenómenos naturales.” “Sin embargo, y seguía con el curso de sus pensamientos, a la realidad firme y llana le falta poesía y la religión es una forma de poesía, así como lo era la Navidad antes que se convirtiera en un fetiche consumista”.

Al día siguiente, después de la excursión y cuando estaban ya de regreso, un pequeño tumulto se formó delante de la casa de Malek; algo bastante inhabitual en esa aldea, apartada, donde nunca ocurría nada. Los tres hombres: Malek, Ibran y Gus dejaron la cena y salieron; las mujeres le acompañaron pero esperaron desde el portón. Fuera había unos hombres haciendo círculo alrededor de un objeto, que yacía en el suelo inmóvil. Los del grupo, unos seis, abrieron el círculo cuando Malek y sus acompañantes se acercaron. Al ver el objeto en cuestión el corazón de Gus pareció dar un vuelco. Era un hermoso zorro del desierto, una de sus patas estaba atravesada por un potente cepo de hierro. Su estómago además estaba abierto por dos profundas heridas de cuchillo.

- Es un zorro del desierto, le susurró Ibram, un vecino del pueblo lo localizó hace unas horas en una trampa que había puesto. Luego le acuchilló para que no sufriera más. Ahora se lo llevará, le quitará la piel y la venderá
Gus pensó enseguida en el pobre anciano. “¿Qué ocurrirá esta noche cuando deje la comida escondida en la roca y mañana se encuentre que sigue allí, que Dios no ha venido a comérsela?”. Era su última noche en la aldea ya que al día siguiente partían para otra zona. A pesar de ello su curiosidad le llevó de nuevo a seguir a Efraín, cuando emprendió su paseo nocturno con el plato de carne. Lo volvió a dejar cuidadosamente en el hueco y regresó a la aldea. Gus se agazapó en el mismo escondite de la noche anterior, pensando que tal vez otro zorro vendría a comer. Pero nada, fue inútil. Dedujo que el zorro al que alimentaba, sin saberlo, el viejo Efrain era el que había caído en la trampa del cazador. Pensó en coger él mismo la carne y esconderla; para que a la mañana siguiente el anciano se encontrase el plato vacío. Pero desechó ese pensamiento, “de nada serviría, se dijo, pues al otro día iba a descubrir que el plato estaba lleno y que ningún ser sobrenatural había venido a comer.”

Gus no regresó a su habitación. Siguió agazapado en su hueco esperando que otro animal ocupara el puesto del zorro, y Efrain continuara creyendo su fábula. Pero nada ocurrió, sólo el rumor incesante de las chicharras y los grillos perturbaron el silencio eterno de la noche. Aquella especie de duermevela intranquila cesó cuando, con los primeros rayos del alba, apareció una figura humana que se aproximaba por el camino. La primera sensación de pánico y de extrañeza pronto terminó, al comprobar que era Efraín el que se aproximaba a las rocas para recoger el plato. “¿Y ahora qué ocurrirá?”, se interrogó mientras trataba de permanecer muy quieto para no ser descubierto.
El anciano llegó a la altura de las grandes rocas; hizo una especie de profunda inclinación, y se encaramó sobre la primera para alcanzar el plato. Se lo encontró, como todos los días, sin vestigios de la carne que había dejado el día anterior. Efraín sonrió feliz, pensando que Dios había aceptado la pequeña ofrenda que le había traído.

“Gracias Señor, rezó entre dientes, cuando termine el dia, si me concedes tu don, te traeré otro plato con comida, para que te alimentes cuando de noche vengas a visitarnos”

Gustavo


COMENTAR

Comentar con tu usuario de Facebook






- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 25 de diciembre de 2016

Espacio Publicitario








OTROS ARTÍCULOS DE RELATOS Y POESÍA







© ElNaviero.com 2019 - Realizado con SPIP - Administracion y Redactores - Creditos - RSS RSS - Hosting