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FERNANDO MARÍA RINCÓN
REYES
  Taller de periodismo  | 4 de enero de 2017

Conocía el día exacto de la muerte del dictador y no fue ninguna sorpresa. Tenía noticia de los días en que iba a abdicar el rey y no fue ninguna sorpresa. Sabía que iba a aprobar las oposiciones, que mi entonces novia me iba a dar el sí, para cuándo iba a ser padre, y nada de todo ello fue una sorpresa. Pero muchos años antes, aún niño, una mañana de Reyes tuve de pronto una sorpresa.

Me había acostado con la secreta ilusión de unos estupendos regalos. Todos los niños somos buenos. Sí, es verdad, que dudaba de la existencia de los Reyes Magos, mi lógica no lo admitía, pero mis hermanos me habían asegurado que en realidad eran sus miles y miles de descendientes los encargados de transmitir ilusión a los niños del mundo a través de una organización que recibía las cartas. Y yo esperaba mi regalo en el salón.

Cuando desperté, la casa estaba en silencio. Era de día y, sin embargo aún esperé un rato más, a ver si mi familia me avisaba. No podía más y me levanté deprisa de la cama y corrí por el pasillo hasta el salón y entré en la estancia.

Me quedé parado. Junto a la cegada chimenea, no había ningún regalo. Miré en el resto de la estancia. Nada. Volví despacio. Miré en el comedor. Nada. La casa en silencio participaba de esa misma nada. Volví a la cama despacio, compungido y oculté mi cara bajo las sábanas. No quería que se descubriera mi pena, mi temprano desengaño y dejé pasar un largo rato con disimulo.

Cuando la casa despertó, me levanté tímidamente. Me fui a desayunar y comenté a mi madre:
- No ha habido ningún regalo para mí.
- Ay, hijo. Has crecido y debes saber que los Reyes Magos no existen. Éramos papá y yo los que te traíamos los juguetes cuando eras más pequeño.
- Bueno, eso ya lo sabía yo. El año pasado pedí una cartera para los libros, como a mis hermanos, y los Reyes me trajeron una cartera de plástico para los billetes. Pensé que eran tontos. Dudé un poco. Pero este año no había nada para mí y yo lo esperaba.

- Tienes razón, hijo. Según crecía, dejé de creer ya en ellos, pero me hacía la tonta, porque pensaba que, de lo contrario, no me regalarían nada. No te preocupes. Te compraremos algo.

La sorpresa de aquel amanecer del día de Reyes supuso mi particular epifanía reveladora.


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 4 de enero de 2017

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