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DAVID P. GALE
MADERA DE CELA
  Taller de periodismo  | 29 de enero de 2017

Si el medio es a veces el mensaje, el título de una obra es en ocasiones una jaula donde el autor intenta encerrar su texto. Otras veces, no: ni el medio es el mensaje ni el título de una obra consigue retener el vuelo propio de su contenido.

Es muy arriesgado, en un país en el que un escritor como Camilo José Cela logró atesorar odios y antipatías en un buen sector de la población, titular un libro con referencia al apellido del gallego. Tampoco había mucha alternativa, atendido el hecho de que la obra en cuestión versa específicamente sobre el premio Nobel, todo hay que decirlo, de modo que a Tomás García Yebra los astros no le eran propicios y a la editorial Funambulista, con toda probabilidad, no le hubiera parecido buena idea sacar a Cela del título en el tiempo de su centenario.

No escondo que Cela desde siempre me ha producido un rechazo importante. No conocí a la persona, pero el personaje me resultó siempre excesivo, soberbio y mal encarado. Me detengo tanto en el título porque a mí me ha confundido. Esperaba una cosa y he encontrado otra, y eso que el subtítulo (“Cartografía de un país llamado España”) tiende un puente entre lo que anuncia el título y lo que en realidad contiene el libro, si bien ese puente se adentra en la niebla siendo imposible ver el otro lado.

Tomás García Yebra, que del de Padrón sabe un rato (en 2002 publicó “Desmontando a Cela” con la editorial Libertarias) quizás inició y desarrolló el libro que hoy comentamos con la idea de tratar con cierto desparpajo las aventuras de Cela y su entorno literario y empresarial, y más concretamente el episodio extraño del premio Planeta que aquél ganara. Además, me imagino, quería contextualizar la figura del Nobel en su tiempo y su circunstancia social y política, y de ahí (probablemente, de nuevo) el subtítulo cartográfico. Hasta aquí, todo bien, de momento.

Pero al poco de adentrarme en la lectura del volumen (objeto, por cierto, muy agradable al tacto y con un gramaje de agradecer) comencé a descubrir una parte humana en las descripciones que García Yebra hace de Cela que son más creíbles cuanto más queda en evidencia que, a la hora de arrearle mamporros personales y literarios, no se retiene un ápice, es decir, que no estamos ante un panegírico. Curiosamente, al enfrentarme a la pasta humana de Cela (en modo tan limitado como obliga el hacerlo solo a través de descripciones de quien le conoció poco y que respecto de muchos hechos reseñables habla por referencias) el grado de antipatía que sentía de siempre por el personaje se ha ido atemperando.

¿Me ha descubierto el libro que Cela era una buena persona?¿O que lo era su personaje? Quiá. Lo que he encontrado es un acomodo de muchos de los descritos comportamientos y peculiaridades de Cela en el esquema (cada uno tiene el suyo) de lo que considero humano, con sus miserias y sus grandezas, con sus gestos inaceptables y sus reacciones comprensibles aunque no fueran justificables. García Yebra insiste en contextualizar a la persona y al actor en su época y en sus relaciones y parece buscar un correlato entre Cela y el carácter español, o al menos un cierto carácter español. La soberbia, la envidia encauzada en el afán de superarse, la falsedad utilitarista, el cainismo y un maniqueísmo que, muerto ya el gallego, produce hilaridad (“Cela dividía el mundo en dos mitades: <>”).

Y ahí está, descubro, el elemento desasosegante que me llevó a la confusión. García Yebra describe al escritor-actor como producto de una sociedad como la española del siglo XX, pero el resultado, por una suerte de ósmosis literario-psicológica, acaba siendo un divertido (nunca en detrimento de lo profundo) análisis de la naturaleza humana que trasciende países y tiempos, clases sociales y entornos educativos.

Leyendo “Madera de Cela” uno acude a la ceremonia evocadora de la humana condición, con el foco, sí, en uno de los personajes más reseñables que España ha producido en el siglo pasado. La amplitud y relevancia de los campos vitales que describe García Yebra (la infancia de un hijo único con una fuerte relación con su madre, la enfermedad, el nacimiento al amor, el tiempo de colegio, los esfuerzos de escalada social y una perenne presencia de la sexualidad que impregnaron la obra literaria de Cela, pero no solo la literaria…) supone un marco sin duda extrapolable al resto de la especie.

Se reseña al ser humano en sentido extenso, si bien este es un buen ejemplar para tal fin, porque es fuente de anécdotas como para que Shakespeare hubiera escrito diecisiete obras. Y ahí es donde el libro de García Yebra, me parece, se hace grande, al espigar parte de lo bueno, trozos de lo malo, retales de lo mediocre y fragmentos de lo genial que en Cela se daban cita. Dudo que una biografía al uso, larguísima y detallada en sumo sea capaz de arrojar una imagen tan poliédrica de Cela.

Esa cualidad del libro, en mi caso, me ha hecho cambiar radicalmente mi percepción de la figura de don Camilo José, mi opinión sobre la estampa del premio Nobel y mi concepto del personaje-actor que tantas satisfacciones dio a la cuenta corriente de Cela. Y he de decir que no me tengo por alguien especialmente fácil de convencer, cosa que hace más llamativo el hecho de que ni siquiera el libro sea (en ningún modo) un intento de tomar partido por lo malo o lo bueno del sujeto del título. Es verdad que García Yebra, compañero del gremio de Cela, no deja de afearle la deriva desde la simplicidad genial de “La familia de Pascual Duarte”, “La colmena” y “Viaje a la Alcarria” hasta el engolamiento y la vacuidad de “Mazurca para dos muertos” o lo directamente impenetrable de “Oficio de tinieblas 5”, llegando a la absoluta iniquidad (todo apunta a que lo fue) de “La cruz de San Andrés”.

Contiene este libro, en definitiva, un retrato con múltiples aristas que conforman una figura humana de tal manera que sobre las miserias de nuestra especie aparecen las grandezas, que las hay, y muchas en el caso de Cela. En ocasiones me he encontrado con un sentimiento de compasión y comprensión respecto de una persona de la cual en ningún momento imaginé que pudiera producirme tal efecto. No sé si es un producto buscado por García Yebra el de causar en el lector una cierta empatía con Cela (me figuro que no, porque la simpatía de don Tomás por don Camilo no es como para citarla), pero en cualquiera de los casos es reseñable la profundidad de un retrato que es capaz de generar esos sentimientos.

Como obra de observación del ser humano (por mucho que este libro se construya sobre uno en especial, que vio la luz en el noroeste y se casó a los postres con Marina Castaño) elaborada por quien demuestra ser un avispado analista de comportamientos, el libro contiene bastantes consideraciones de interés y brillantez reseñables, por más que García Yebra las tiña casi todas de ironía, bien relativas al oficio literario bien al puro devenir de la vida de las personas en su orteguiana circunstancia.

Entre las literarias que sobresalen, con furibundo ataque a la figura de los superventas, por ejemplo: “Las ovejas se siguen olisqueando entre ellas las cagarrutas; el lector de best sellers obra igual: siente desazón ante la posibilidad de que la multitud pueda disfrutar de algo y él no” (pág 85). O aquella en la que García Yebra dice : “El escritor honesto tendría que escribir para quedarse sin lectores. Debería intentar que no le leyera nadie- absolutamente nadie- lo cual es una empresa imposible“.(pág 86). Y esa otra en la que se sorprende (Tomás, tu quoque?) de que los escritores de gran éxito (y los abogados, y los ingenieros, y los pintores, añadiría yo) sean incapaces de disfrutar de sus triunfos en la medida de estos últimos. “¿Qué querrá?¿Por qué los triunfadores no elevan proporcionalmente el listón de su felicidad al listón de sus triunfos?¿Qué le ocurre al éxito?¡Por qué no es feliz el éxito?” (pág 113).

Y entre las no literarias, o no directamente relacionadas con el oficio de la escritura, he encontrado algunas perlas que sintetizan realidades a veces obviadas, como la que lamenta que “La fuga de cerebros siempre recala en el mismo sitio: a la sombra de la Estatua de la Libertad” (pág 137) cuando constata que algún autor español solo pudo ver publicada aluna obra gracias a la Society of Spanish and Spanish-American Studies.

No olvida García Yebra las puyas al españolísimo ambiente de Rinconete y Cortadillo que se genera alrededor de los gobiernos que terminan por ensoberbiarse y dispara una andanada a la ceremonia de la boda de la hija de cierto presidente español, asestando un párrafo tan sintético como inatacable: “La España de los herederos de doña Urraca y el caco Boni- <> generó aquella pasarela -mil veces repetida por la televisión- donde salió a flote lo más rijoso del Homo hispánicus: mujer de pitones desafiantes colgada del brazo de chulo engominado. Ambos, claro, sin ninguna clase. La falta de clase- me parece a mí- debería estar tipificada como delito. Delio menor, pero delito” (pág 209). Esta última glosa la habría aplaudido sin duda Cela, al que cita García Yebra cuando el gallego pontificó “Para mí la pornografía es el mal gusto. Yo llamaría pornografía a un libro del padre Coloma” (pág 237).

Lo anterior viene al caso después de que los cuatro primeros capítulos del libro dibujen de manera absolutamente genial el penumbroso ambiente de la ceremonia de fallo del premio Planeta (pero no solo la del Planeta), que García Yebra, como asistente, logra retratar de una forma tan melancólica como directa, tan crítica como sarcástica, con profusión de retratos personales de empresarios, escritores y agentes de toda ralea. El mensaje que culmina el relato de lo que se vivió cuando Planeta falló (sí, falló) a favor de Cela lo encontramos en el encuentro casi fortuito que García Yebra tiene con Dios (pág. 45) durante la cena que la editorial ofreció a cientos de invitados.

Un Dios cansado que amargamente se queja de que se ha presentado varias veces al Planeta y no ha habido manera de que lo ganase. Un encuentro resuelto en mi opinión sublime, por la idea, por el tono absurdo disfrazado de realismo en que se cuenta y porque a las claras lleva al lector a concluir que el Planeta no lo gana ni Dios si no lo disponía así el señor Lara. Dos seres desengañados frente a frente: un García Yebra rebosando rebeldía ante lo patético del concurso pero sin renunciar a una cierta candidez, y un Dios impotente ante la majestad de Lara y su imperio. Magistral.

Frente a un retrato como el avanzado, con una lucidez, por momentos, muy notable, “Madera de Cela” nos ofrece también algunos tonos grises. Hay capítulos que dan la sensación de haber sido incluidos casi con calzador, unidades con un aroma autónomo de microensayo que parece que se encajaron a última hora y que no consiguen deshacer la percepción de que su presencia es artificiosa. Los titulados “Diccionario secreto” y “Gavilla de curiosidades”, por concretar, se me antojan el resultado de una labor de documentación loable, pero que no han sido encastrados con éxito en el conjunto del libro y bien podían haber quedado fuera sin daño alguno a la obra.

Los libros son obra del escritor y de su editor. A su editor me permito indicarle la única errata que yo he detectado (“punto vista” por “punto de vista” en la página 168) y le pregunto si era necesaria que la firma del ilustrador de la portada (Fernando Corella) se incluyera en un formato, tamaño y color que hace que compita con los elementos esenciales del frontal del libro. A mi modo de ver, la inclusión en ese modo del grafo de Corella aporta una imagen de poca seriedad. Puede ser un detalle quizá que solo moleste a tipos obsesivamente analíticos como yo, pero puede que no.

A Funambulista también le agradezco el peculiar formato del libro y una extraordinariamente pulcra labor de edición. A García Yebra, haber trazado dos retratos reveladores (el primero, de las bambalinas del mayor premio literario de España y el segundo, del genio malhumorado de Cela y por extensión del ser humano) planteados y resueltos con la misma sencillez eficaz que le exige al Nobel y con una profundidad que puede a veces verse ensombrecida por el tono ligero (solo en apariencia) del conjunto de la obra.

David P. Gale


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