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UN RELATO DE NURIA DEL PESO
Desencuentros
  Nuria  | 13 de abril de 2012

Desencuentros

El hombre invisible camina sin pisar por las aceras del barrio. Parece que se ha acostumbrado bastante bien a su condición inexistente. Al principio fue la incomodidad: no soportar el cuello de las camisas, desabrocharse el botón de los pantalones cuando no miraba nadie y curarse las rozaduras de unos zapatos que ayer eran como un guante. Abandonó, incluso, la gabardina, las gafas de sol y esas vendas ridículas que le daban un aspecto desastrado. Ahora disfruta plenamente de su desnudez; de hecho, se vería incapaz de volver a la prisión de la ropa y el calzado. El hombre invisible lee el periódico en el metro por encima del hombro de los funcionarios, espía con gusto a sus amantes y eyacula silencioso sobre sus cortinas. Le gusta encontrar nuevas ventajas. El otro día, por ejemplo, se coló en la ópera, y lloró de emoción, y ahogó una risita cuando la señora rechoncha del patio de butacas protestó por las goteras. Hasta le divierte convertirse en brisa y levantar las faldas a las chicas por la calle.

Podríamos decir que el hombre invisible es feliz, dentro de unos límites. Pero hoy su felicidad se ha visto invadida por otro sentimiento más fuerte y menos agradecido. El hombre invisible se ha enamorado. Y tiene la seguridad de que ese amor es imposible, pero, aun así, no lo puede evitar. Aprovecha su don para observar a Annabel siempre que puede. Ahora mismo, por ejemplo, está siguiéndola hasta el trabajo. Sin necesidad de esconderse, con desparpajo, camina detrás de ella, muy cerca, casi pegado. De vez en cuando, Annabel se da la vuelta y observa, y busca no sabe qué con sus ojos azules. Parece inquieta, nota una presencia, aunque no entiende el motivo de tal turbación. El hombre invisible goza viendo temblar el cuerpecillo casi etéreo de Annabel. Ella también tiene ese caminar liviano del hombre invisible, como si pisara un poquito por encima del suelo, medio volando. Por eso, cuando Annabel se deshace de algún par de zapatos, las suelas apenas están desgastadas. «¿Sabes, Annabel?», murmura a su oído el hombre invisible, «jamás encontrarás a nadie que te quiera como yo». Ella da un respingo y la carne se le pone de gallina, y piensa que el aire de octubre se está poniendo cada vez más frío. Solo es eso.

Por el camino se cruzan con una pareja de ancianos, van cogidos de la mano y se miran con ternura. El hombre invisible decide que eso es lo que espera de la vida: envejecer junto a Annabel, y cogerle la mano, y mirarla con ternura. Eso y hacerle el amor durante horas mientras hablan de sus cosas. Pero sabe que nunca será así.

Han llegado al edificio donde trabaja Annabel. Es una construcción antigua con olor a moho, y los techos son tan altos que el conserje se está jugando la vida al cambiar una bombilla fundida. Con esos muros de piedra, la temperatura allí dentro es más baja que en la calle y Annabel se envuelve en su viejo chaquetón de lana. Atraviesan un patio de paredes descascarilladas, donde, esparcidas por el suelo, hay casi una decena de pinzas de tender. En el rincón más oscuro del patio, un chico se esconde para mirar a la muchacha del segundo, que limpia subida en un taburete. El hombre invisible se acerca un poco más y, como está enamorado, admira con ilusión la cara de placer del chico, hasta que se percata de la falda corta de la limpiadora, de sus braguitas blancas, como de niña, y cae en la cuenta de que el chico se está frotando con urgencia la entrepierna. «El amor es un sentimiento en franca decadencia», piensa el hombre invisible, mientras hace un gesto teatral con la mano sobre su frente. Sube por las escaleras hasta la primera planta, sin apoyarse en el pasamano, que está lleno de polvo. El olor a humedad se acentúa en el rellano, donde una mancha ennegrecida dibuja el mapa de un país improbable. Espera un rato junto a la puerta y aprovecha para colarse en la oficina cuando entra el jefe de Annabel, un hombre de unos cincuenta años, alto, trajeado y con un chocante aroma a colonia de bebé. Al pasar por el espejo que hay en el vestíbulo, el hombre invisible se sorprende al verse reflejado. Aún reconoce sus rasgos a pesar de las arrugas y la barba canosa. Pero solo es un instante, porque cuando vuelve a mirar, la imagen ha desaparecido.

Ya dentro de la oficina, el hombre invisible se deja guiar por el ritmo desquiciante de las uñas de Annabel tamborileando sobre la madera de su mesa. Annabel observa aburrida cómo la pantalla del ordenador empieza a encenderse con una lentitud que la exaspera, y se retuerce incómoda dentro de la blusa, y cuando piensa que nadie la ve, desabrocha el primer botón de sus pantalones. El hombre invisible no soporta que Annabel malgaste su vida en esa oficina inmunda. En cuanto ella se lo pida, él se ocupará de todo, es un experto en lo suyo, una fiera, el mejor. Annabel no tendrá necesidad de regresar a ese local con humedades, ni volverá a usar esos mitones azules para evitar que las manos se le congelen tecleando interminables listas de cosas por hacer: ordenar los expedientes alfabéticamente, buscar nombre a los redondelitos que quedan tras agujerear el papel, trasplantar el mandarino a una maceta más grande, comprar peces de colores para el acuario vacío, ordenar los expedientes cronológicamente… Hacer y deshacer, hacer y deshacer, hacer y deshacer. Y debido a esta monotonía, o a quién sabe qué, Annabel parece consumirse poco a poco.

Al hombre invisible también le consume la impaciencia. Ocupa todo su tiempo pensando en Annabel, en su sonrisa de dientes imperfectos o en cómo deja la boca medio abierta cuando juguetea con su sexo creyendo que está sola. Le pone tierno verla curarse las rozaduras que ahora le hacen unos viejos zapatos en los pies y mirarla mientras se desnuda para irse a la cama, porque desde hace algunos días, Annabel no soporta usar pijama para dormir. Debido a esta ocupación de espiar constantemente a Annabel, el hombre invisible apenas trabaja pero, en cambio, sus proyectos marchan sobre ruedas. No se lo explica, aunque tampoco le da mayor importancia. Lo único que importa es Annabel, ella y la levedad de su cuerpo. El hombre invisible ya no se divierte gastando bromas pesadas, ni importunando a las ancianas por la calle, y lo que es peor, ha abandonado a todas sus amantes, y no consigue excitarse viendo cómo deslizan el jabón por sus pieles morenas o marfileñas. Para colmo, se le ha metido en la cabeza la absurda idea de formar una familia, y ha de ser con Annabel, aunque para ello tenga que renunciar a ser él mismo, a su esencia. Y mientras piensa todas estas cosas comprueba que en este tiempo de desnudez ha adelgazado: el pantalón le queda grande y la camisa holgada; tendrá que comprar ropa nueva, no puede presentarse ante Annabel con esa facha.

El hombre invisible está pletórico. Ahora se afeita a diario y usa perfume y crema antiarrugas. Es tanto el amor que siente por Annabel que al fin ha logrado recuperar completamente su corporeidad y no quiere defraudarla cuando lo vea. Podría decirse que Annabel lo ha redimido y hoy camina por las aceras del barrio pisando fuerte. Se encuentra algo incómodo con la ropa nueva y, sobre todo, con los zapatos, que le aprietan demasiado. Pero eso da igual. El hombre que era invisible silba mientras se acerca al portal de Annabel. Espera una hora, dos, un día entero. Nada. Entonces comienza a caminar despacio, como si le pesara el cuerpo, y la acera se va hundiendo bajo las suelas de su calzado reluciente.

Aunque estaba seguro de la imposibilidad de su amor, el hombre que ya no es invisible está triste, mucho. De pronto, nota una presencia cerca, casi pegada, como un susurro al oído que le habla de amor, y le deja pelusas de lana azul en la chaqueta, y huele a Annabel, y le pone la carne de gallina. El hombre piensa en lo frío que se está poniendo el aire en este mes de octubre. Solo es eso.


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 3 comentarios
  • image
     Desencuentros  19 de abril de 2012 20:18, por Mariano Moral

    Enhorabuena Nuria, un relato con mayúsculas.

  •  Desencuentros  16 de abril de 2012 15:55, por Ismael Sastre

    Que bueno Nuria, un placer haber viajado a ese mundo in-visible por unos minutos.

  •  Desencuentros  16 de abril de 2012 12:16, por Nuria

    Muchas gracias a los dos por vuestros comentarios.
    Un abrazo,

    Nuria

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- Artículo realizado por Nuria
- Publicado el 13 de abril de 2012

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