Las Navas del Marqués a 12 de diciembre de 2017   

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CARMEN JIMÉNEZ
Lo exhaustivo
  UN MUNDO PARA CURRA  | 9 de abril de 2017

Hace unos años, me tuve que hacer cargo a mitad de año de un presupuesto que no había hecho yo. Era un presupuesto considerable y tenía que optimizarlo encontrando las sinergias, o sea, rebajarlo. Así es que pedí que me lo explicaran y en vez de eso me enviaron un documento de texto de unas cuarenta páginas lleno de líneas y de cifras al lado. Ahí lo tienes todo detallado, me dijeron. Vale, dije. Entonces me armé de paciencia y me puse, con un lapicerito, a revisarlo línea por línea. Y los encontré, claro que sí. Costes unitarios absurdos, cifras de negocio no actualizadas, entradas de cosas que ya no se hacían, repeticiones típicas de corta y pega, muchos "diversos", o sea, un presupuesto hecho a ojo y disfrazado de exhaustividad.

El diablo está en los detalles, y por eso suelo desconfiar de los documentos con pinta de exhaustivos. Esas larguísimas presentaciones de 200 transparencias que se envían al lado de los resúmenes ejecutivos de ocho páginas, por ejemplo, o esas hojas de cálculo inmensas imposibles de imprimir. Si no se conoce el proceso de revisión, se puede esperar que los documentos exhaustivos no tengan como objetivo que se lean, sino que se vean. Y de paso, que te dejen exhausto. Nadie da por mal hecho un documento de 150 transparencias, y es verdad que normalmente son documentos sólidos, bien ejecutados, cuidados, revisados y solventes. Pero a veces, sólo a veces, según lo abres y le echas un primer vistazo, ya sabes que ese documento es de los de aparentar. Y entonces lo suyo es coger un lapicerito.

El riesgo de lo exhaustivo es que no puede haber ni una sola falta, ni un solo error, aunque sea pequeño. Lo exhaustivo es lo que tiene: su valor no es la completitud, sino la fiabilidad, y si en una lista hay un pequeño defecto, toda la lista se echa a perder. Igual en el documento: si una página tiene un cuadro sin actualizar, todo el documento deja de ser fiable. El resumen sin embargo es más amable, y deja un margen para el error. Es la ley del punto gordo: dos rectas paralelas no se cruzan en ningún punto... que no sea suficientemente grande.

Pero hay algo más. Tengo una compañera que me contó que en su empresa anterior, en notas largas o actas exhaustivas, intercalaba frases tontas para comprobar si se leían o no. Frases tipo “El pato Donald se ha perdido”. Yo nunca me he atrevido a hacerlo, pero estoy convencida de que hay quien lo hace. Y yo busco mi Pato Donald porque espero encontrarlo algún día. Mientras tanto, me tengo que conformar con traducciones patosas, acrónimos absurdos, frases ininteligibles (o directamente estúpidas), lugares comunes y alguna falta de ortografía. Qué le vamos a hacer.

El pato Donald se ha perdido.


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