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EN NAVALPERAL
POR TRINCHERAS REPUBLICANAS
  Juanjo  | 20 de mayo de 2017

Diez de la mañana, 20 de mayo de 2017. Un pequeño grupo de personas de variada procedencia acudimos a la cita frente a la estación del tren de Navalperal de Pinares. El convocante, Andrés Bartolomé, periodista en La Razón (anteriormente en Diario de Ávila) nos va a enseñar las primitivas trincheras de la Guerra Civil, excavadas en los primeros días de la contienda. A diferencia de las situadas en Las Navas o Las Herreras, hechas de hormigón y posteriormente -son de retaguardia-, las del pueblo vecino se hacen en los primeros días de la guerra y se utilizan desde el primer día en escaramuzas. La posición de Navalperal es muy importante porque puede abrir el camino a Madrid. ¿Qué mejor sitio para comenzar que el lugar donde se ubicó el cuartel general del teniente coronel Julio Mangada?

La casa de la Pila, hoy como hace ochenta años, mantiene su porte. Sus muros, impasibles al tiempo, alojaron desde el 23 de julio hasta el 8 de octubre de 1936, a la jefatura del frente republicano que buscaba liberar el Puerto de los Leones por su retaguardia para el gobierno legítimo. Julio Mangada, Vicente Nieto o Santiago Carrillo -de visita- vivieron entre esos muros. Además de muchos corresponsales de guerra. Navalperal estaba de moda y sus victorias llenaban periódicos, alguno hecho desde la localidad.


Poco más allá, otro edificio por el que no pasan los años, la casa del "tío Jabato"que podemos ver en la foto que sujeta César Blanco - 77 años-, hijo de Teresa Alonso, que en la foto más abajo camina junto al "diablo rojo" en las calles de Navalperal. Teresa pertenecía a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) en su célula de Usera, movilizados desde unos días antes del golpe militar, y se integró en el batallón Aida Lafuente en la Columna Mangada. Nos contaba César, acompañado de su hijo -nieto de la miliciana- que vino a entrevistarse con Mangada pidiendo ayuda para dos familiares que erróneamente se vinculaba con la muerte de un empresario madrileño y sus hijos, veraneante de Las Navas. Esas venganzas eran habituales en los meses previos al golpe militar. También nos cuenta César, que aguantó perfectamente la caminata de 9 kilómetros a pesar de la edad, que probablemente Teresa estuviese presente en el tiroteo que costó la vida al falangista Onésimo Redondo en Labajos por aquellos días.

En un primer momento, apenas llegaron al pueblo cuatrocientos miembros, apoyando al alcalde socialista Juan Pedro Herranz y a la Casa del Pueblo,una de las más activas de la provincia, donde semanas antes de comenzar la guerra el después famoso en Paracuellos, Santiago Carrillo, instruía a los jóvenes de la localidad. A este alcalde debe Navalperal la iniciativa de los lavaderos, la escuela y la piscina.

Atravesando el pueblo hacia el puerto de la Lancha, y a poco de pasar la vía del ferrocarril, que por aquella época llegó a ver circular el famoso tren blindado, llegamos, al lado derecho, al límite del término corito. Más allá, y tras pasar la alambrera -terreno de Las Navas-, el alto de la Modorrilla, lugar privilegiado para otear el horizonte hacia San Bartolomé y La Cañada (posibles y después confirmadas rutas de avance de las tropas nacionales) hacia el oeste y Las Navas, Peguerinos, al este.

Rescatamos un texto del archivo histórico del PCE, un miembro de las JSU detalla los primeros días de julio:

Nuestra base de organización y acampamiento fue la Casa de Campo. Una noche recibimos la orden de montar en camiones y partimos en medio del júbilo de la barriada y al son de varias orquestas improvisadas por los vecinos de la misma. Llegamos a Cebreros y allí la Columna madrileña fue reforzada con mozos de la localidad que se contagiaron de nuestro atuendo guerrero. La Columna pronto alcanzó Navalperal. Nuestro ataque a los civileros sublevados obligó a estos a emprender una huida vergonzosa pero salvadora. En Navalperal establecimos las posiciones aprovechando el perfil rocoso de los montes serranos. Las fuerzas se retiraron al pueblo después de haber dejado montadas las guardias y establecido el servicio de relevo. Cada compañía ocupaba un grupo de casas con arreglo a sus efectivos. El relevo se efectuaba diariamente y por la noche. Cada compañía tenía un sector defensivo determinado que siempre era el mismo. Y por lo tanto cada posición tenía el número de la sección que lo guarnecía. De tal manera cada uno de nosotros sabía que iba a ocupar su peñasco consecutivo y nada más. La trinchera y zanjas de comunicación era entonces ignorado y si alguien insistía en su construcción nosotros les contestábamos que no hacía falta ninguna línea de trincheras "porque terminaríamos con el fascismo en tres o cuatro meses".
Así y todo, pronto nos percatamos de que la guerra se prolongaba más de la cuenta. El enemigo atacaba nuestros peñascos y aunque siempre era rechazado con bastantes pérdidas, eso quería decir que la guerra que nosotros sosteníamos desde los peñascos no eran más que refriegas que precedían a los furiosos combates que entablarían más adelante. Lo que entonces hacíamos más que guerrear era disparar a bulto y nada más. Si frente a cualquiera de nosotros asomaba un tricornio, pues entonces duro al tricornio y si éste era muerto o desaparecía, pues a esperar que asomara otro tricornio o gorra de requetés. La cosa no tenía malicia. Había entonces una enorme sinceridad y valentía antifascista refrita en una salsa de ingenuidad espantosa.


Arriba, en La Modorrilla, apenas paramos, ya encontramos los primeros restos de metralla y algunos peines de Mauser, uno de ellos increíblemente bien conservado. Me contaba mi suegro, Valentín Sastre, que acabada la guerra, algunos naveros se traían sacos de balas, como chatarra.

Varias líneas de trinchera excavadas sobre la tierra en agosto, mezclada con piedras pequeñas, dan una pequeña idea, ocho décadas después, del gran trabajo realizado para defender la zona. Pasos de comunicación que enlazaban la red principal, en línea recta con cinco puntos circulares de almacenaje. Nos cuenta Andrés Bartolomé que aún ha encontrado recientemente muchas latas de conserva o peines completos (cinco balas). De los 400 milicianos que llegaron en julio del 36 se llegó en agosto a los 5.000, y las balas, después se aprendió a economizar, eran numerosas.

De las memorias de Carlos García, otro miembro de las JSU, combatiente en Navalperal, y recogidas en el archivo histórico del PCE, podemos leer que:

Recuerdo que en las posiciones por nuestra escuadra defendidas: tres enormes peñascos, talmente situados que nos permitía hacer un fuego cómodo y sin riesgos contra un grupo de civilones apostados en un trigal. Aquellos malditos disparaban como endemoniados y mal lo hubieramos pasado de no ser por nuestras posiciones seguras.Mientras ellos tenían que descubrirse para hacer fuego, nosotros los mandábamos al otro barrio sin necesidad de mostrarnos. Al finalizar el combate emprendimos, por orden, la persecución del enemigo que desempedraba la carretera de Ávila. Todavía ardían las ruedas de las piezas de las artilleras de acompañamiento que los fachas trajeron.Saltando sobre las cenizas humeantes las recuperamos como trofeos valiosísimos. Quedaron muchos cadáveres abandonados por el enemigo en la huida. Otros malheridos fueron juzgados y fusilados posteriormente.

La Columna Mangada, una vez que las tropas nacionales comienzan a subir por el valle del Tajo, con sus sanguinarias tropas africanas, repliega hacia Santa María de la Alameda, con más de seis mil efectivos. Pero esa es otra historia. Nosotros, nuestra pequeña comitiva, también se repliega hasta la la fachada del bar de Felipe, otra emblemática casa que aguantó una guerra y ochenta años más. Tan emblemática como los tocinos con los que acabamos una entretenida e interesante mañana a cargo de Andrés Bartolomé, al que los lectores pueden seguir -siguen- en la sección de La Columna Mangada.

Algunas fotos utilizadas en el reportaje pertenecen al archivo de Andrés Bartolomé y su recomendable página de Facebook. Todas las fotos de la ruta aquí.


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