Las Navas del Marqués a 14 de diciembre de 2017   

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ANDRÉS BARTOLOMÉ
LOS 28 DE LAS NAVAS
  ANDRÉS BARTOLOMÉ  | 23 de junio de 2017

20 de mayo 2017. 9:55 horas
Esperando junto a la estación de tren de Navalperal para dar comienzo a la ruta convocada para seguir “las huellas de la Columna Mangada” (ver crónica de Juanjo Vilar), reconocí a César Blanco en cuanto se bajó del coche. Dijo que iba a venir, y cumplió. Le tenía localizado desde que vio en nuestra página de Facebook la foto de su abuela acompañando a Julio Mangada en los días de la Guerra Civil y se puso en contacto con nosotros. Había avisado muchas semanas antes de que no faltaría, y de que llegaría con su padre, que venía detrás, dispuesto a la caminata a sus 78 años. Por mucho que nos dijera que está acostumbrado como senderista habitual tiene todo su mérito. Pero a ambos les unía la emoción por situarse en el mismo escenario que, casi 81 años antes, eligió Teresa Alonso –madre y abuela respectiva– para defender la República junto al “general del pueblo”.

Poco después nos poníamos en ruta, entre anécdotas, relatos y vivencias, durante unas tres horas de marcha en las que hubo tiempo para que los Blanco nos pusieran al día sobre sus inquietudes. Además de lograr toda la información posible sobre Teresa esos días, les interesaba conocer qué fue de tres familiares que habían sido detenidos y asesinados en Las Navas del Marqués aquel verano aciago de 1936. Sabían que la misma Teresa Alonso se había preocupado por su tío y sus dos primos ante el propio Mangada, que le dijo que él no se ocupaba más que de “cuestiones militares y no civiles”.

Marcelino Otero y sus hijos fueron detenidos el 8 de agosto por unos anarquistas del barrio de Usera cuando veraneaban en Las Navas, “acusados de haber disparado una ametralladora durante la huelga de octubre de 1934 desde la azotea de su casa, una tahona industrial en el madrileño barrio de Embajadores” (“El recuerdo me duele”. Victoria Cuevas. 2010). Según explicó después Teresa en un documento exculpatorio –la acusaron de no facilitar los nombres de los criminales, que ella dijo no conocer–, “fue la Guardia Civil la que tomó la casa y fueron los guardias los que dispararon”. El caso es que a Teresa Alonso le dicen que han detenido a su tío “para tomarle declaración” y se reincorpora a su unidad en Navalperal. Luego se entera de que han matado a los tres –su tía envió a los chicos desde Madrid en busca del padre– “a las afueras de Las Navas”. Pero los Blanco no tienen constancia documental de los hechos.

Acabada la ruta, dos días después, recordé una relación de fallecidos en Las Navas del Marqués en 1936 y se la envié a César Blanco. “Ahí están los tres”, me contestó el nieto de Teresa: “5, 6 y 7 empezando por abajo”. En la “relación de personas residentes en este término municipal que durante la dominación roja fueron muertos violentamente o desaparecieron y se cree fueron asesinados” figuran en ese orden Marcelino Otero Escudero, de 54 años, y sus hijos, Rodolfo y Gregorio Otero Insúa, de 21 y 14 años. Como fecha de su “muerte o desaparición” consta el 9 de agosto –al día siguiente de su detención– y leemos que fueron “hallados en el término municipal” y que “por el estado de descomposición no fue posible determinar las heridas que presentaban”. En la relación aparecen 28 víctimas y también un listado de “personas sospechosas de participar en el crimen”. Entre ellas “dos individuos del Batallón Largo Caballero” –perteneciente a la Columna Mangada– y quienes “integraron los comités rojos durante los tres meses de invasión roja en este pueblo”.

El título pretendía evocar la historia de "los 13 de Ubrique", un grupo de fusilados cuyos cuerpos aparecieron en 2003 en El Bosque, Cádiz. Una historia que me pilló justo allí y pude contar después.
El pie de la foto dice así: "LOS TRECE DE UBRIQUE". El inicio de unas obras en el cementerio de El Bosque puso al descubierto una fosa (a la derecha) con unos restos que se revelaron pertenecientes a trece cadáveres. José Vazquez, un agricultor al que obligaron a sepultar los cuerpos tras su fusilamiento en 1936, asistió al segundo enterramiento de las víctimas, que tuvo lugar en Ubrique, su pueblo natal, en febrero de 2005.


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