Las Navas del Marqués a 22 de noviembre de 2019   

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La casa del sastre
Para Olga y sus hermanas

Como la mesa que se engalana en día de fiesta ante la llegada de importantes invitados, hoy queremos adornar nuestro periódico. Llega un navero con mayúsculas, por su calidad humana y profesional. No hace falta presentar a Tito Blanco. Bienvenido a tu casa.

  TITO  | 8 de septiembre de 2017

El último domingo de enero amaneció en Las Navas con una temperatura suave. Orvallaba apenas sobre la nieve, una nieve blanda y esponjosa en superficie pero helada en el suelo. Me atreví a coger la bici y enfilé el alto de Cartagena. Quise desviarme a la fuente de El Saúco, pero fue inútil, tuve que echar pie a tierra en la primera curva. Disfruté de un agradable paseo. Me encontré con Tinín, hijo de Maxi, quien acudía a aprovisionarse de agua; charlé con Javi Calderos, quien me regaló una vez más su eterna sonrisa; me crucé con Mariano Sánchez (mi Muralla infranqueable). De vuelta, como por instinto, me detuve en la plaza de la Villa: limpia, con la nieve acumulada a un lado, vacía, silenciosa. Circulé sin rumbo unos minutos y aparqué la bicicleta. De repente, levanté la vista y me pareció que algo reclamaba mi atención. Era aquella casa baja construida a un nivel inferior al de la plaza. Cuando contemplé la casa clausurada de Antonio el sastre, los postigos sellados, un fuerte aldabonazo sin sonido golpeó en mi corazón, un zarpazo de silencio (con palabras del poeta Vicente Gallego) repercutió muy adentro. No recordaba haber visto nunca aquella puerta cerrada. La estampa, no obstante, era limpia y bella. El tejado blanco, impoluto, parecía proteger la casa, guardar la vida, la memoria de una familia, parte de la cual yo había sido testigo desde niño, desde que un día tras otro aparecía por la entrada del bar situado enfrente, al otro lado de la plaza, con una pelota en la mano, a dar toques mientras llegaban los amigos y rivales a jugar un centro hasta que se echaba a pies para distribuir las fuerzas en otro partido cuyo final nunca era precisado.

No sé cuántas horas de mi infancia transcurrieron en esa plaza, pero fueron muchas. Allí estaba la felicidad, como lo estaba en la plaza de toros, aunque en ésta más por el desvelamiento de los secretos de la existencia. Pero en la plaza de Manuel Delgado Barreto (hoy plaza de la Villa), los mozos solían incomodarnos desposeyéndonos del bien más preciado, de esa pelota (que casi nunca fue balón) que nos procuraba la alegría y que tanto nos costaría recuperar. Mientras yo me limitaba a rabiar y gimotear, mi amigo Cayi me animaba a luchar como “Davides” frente a “Goliates”. Si el rondo no estaba inventado, lo inventaron ellos. Se llamaban Jaime, Juanjo, Heredia, Luis Miguel, Pepe de Dompablo, Harry y otros. Cayi montaba la estrategia para interceptar el pase y más pronto que tarde lográbamos el objetivo, más por su fe que por mi voluntad, entre las risas de los mayores que aplaudían la hazaña. Esos mayores que años después serían nuestros compañeros en la A.D. Las Navas.

Me inundó una tristeza infinita al ver aquella puerta cerrada. Recordé las palabras de Olga Martín, una mujer coraje (de ello tienen fama las naveras) que nació en aquella casa: “… y yo les decía a mis hermanas que tenemos que ir de vez en cuando, que no podemos abandonar esa casa”. Yo la entendía muy bien. Sobre todo porque era consciente de que a mi espalda se encontraba la casa en la que nacimos todos mis hermanos y yo, cerrada, triste, abandonada y con muy pocas esperanzas de recobrar la vida. Solo la presencia del Ayuntamiento es un consuelo para una plaza sin vida que hiberna apenas como lugar de paso, aunque es cierto que vuelven a verse niños correteando por ella.

Sí, recordé a Antonio y recordé a Pilar. Y cerrando los ojos vi a un niño que bajaba precipitado por aquellas escaleras a recoger una pelota que, otra vez más, había acabado atrapada en la puerta, antes de que Antonio, con toda la razón del mundo, soltara la tijera y con el metro en el cuello mostrara su hartazgo ante ese partido que nunca acababa, porque seguía al día siguiente. A veces confiscaba la pelota, pero más pronto o más tarde nos la devolvía con una mirada seria y la indicación de que cambiáramos de lugar las porterías.

Me marché triste. Desde la bicicleta volví la cabeza para ver una vez más aquella puerta marrón a la que tantas veces accedí para recoger la pelota. Tal vez sea ya hora de pedirles perdón a Antonio y a Pilar por tantas molestias ocasionadas durante tantos años. Aunque sea demasiado tarde, ya que Antonio murió hace años y Pilar acaba de marcharse sin hacer ruido, sin querer, pues nadie querría alejarse de esas cuatro hijas que un día tras otro han estado a su lado durante tanto tiempo, con una resignación envidiable, con una serenidad y una mansedumbre ejemplares. Aunque sea tarde, Antonio, Pilar, os pido perdón: “por mi, por todos mis compañeros y por mi el primero”.

Urbano Blanco Cea


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