Las Navas del Marqués a 22 de noviembre de 2017   

120 visitas ahora

 

ANDRÉS BARTOLOMÉ
EN CASA DE MANGADA
  ANDRÉS BARTOLOMÉ  | 12 de octubre de 2017

Este invierno hice una entrevista pendiente desde hace años. Demasiados. Porque el calendario pasa y aunque uno nunca ha dejado de indagar sobre lo ocurrido en Navalperal en 1936, no siempre ha encontrado el hueco suficiente que la labor requiere. O se aparcaron tareas para mejor ocasión. El caso es que ya en mis tiempos de facultad guardaba recortes de prensa de Eduardo Mangada (Valencia, 1932) y escudriñaba en las fotos del entonces consejero de la Comunidad de Madrid rasgos que me resultaran familiares buscando parecidos razonables con el primo hermano de su abuelo, el teniente coronel Julio Mangada. Hace unos meses, por fin, me puse a la tarea. Tras localizarle -con la inestimable ayuda de un compañero- y contactar por teléfono, escuchó con sorpresa a qué se debía nuestro interés y nos citó a los pocos días. Nos recibió –llevaba conmigo a una “novel reportera”– en el estudio de arquitectura aledaño a su propia casa y no pude evitar un estremecimiento al estrechar aquella mano firme y escuchar, esta vez en persona, la voz grave, casi marcial, del descendiente del “diablo rojo”.

Franqueada la entrada, Eduardo Mangada nos hace pasar al estudio de arquitectura donde debe discurrir gran parte de su tiempo. Formado por varias estancias amplias y funcionales, entre libros y ordenadores, nos invita a acomodarnos en torno a una gran mesa.

El que fuera consejero de la Comunidad de Madrid con Joaquín Leguina conserva porte y ademanes de quien ha estado acostumbrado a la vida pública. A sus 85 años se muestra como un hombre dinámico que todavía participa una o dos mañanas a la semana en alguna actividad fuera de casa relacionada con lo que ha sido su vida al margen de la política. El día que contactamos con su domicilio estaba en Toledo, según su hija, a la que conoceremos más tarde. Al habla con él pocos días después, concertamos una cita y nos da su teléfono móvil para tener otra vía de comunicación. Hasta el día que nos encontramos usamos el Whatsapp eventualmente.
Ya frente a frente, le explicamos que nuestro propio abuelo estuvo a las órdenes de Julio Mangada en Navalperal de Pinares y que la historia de la Columna Mangada es nuestra fijación desde tiempo inmemorial. Es curioso, pero la sensación de que en esa casa no hay mucho que recuerde al militar republicano más famoso de las primeras semanas de la guerra no tarda en ser una certeza. Quizá reminiscencias de una posguerra en la que ese apellido era más conveniente en la sombra, como veremos.
Eduardo Mangada tuvo escasa relación con Julio Mangada, ante quien le llevaron poco después de nacer en 1932 en Anna (Valencia) para que pudiera conocerle, y la memoria que de él conserva, por razón de edad, forma parte de lo que escuchó posteriormente en familia y de las anécdotas que le han contado o de las que ha tenido referencia a lo largo de su vida, en algún caso mucho después de que el “general del pueblo” hubiera fallecido en México en 1946.

Julio Mangada era primo hermano de su abuelo, aunque en su casa le conocían como “tío Julio”. Eso sí, el veterano político (todavía hoy se le cita como asesor en la sombra del equipo de Urbanismo de Manuela Carmena, aunque él lo desmiente) se muestra orgulloso de su antepasado que, recuerda, “se negó a mandar un pelotón de fusilamiento en Jaca”. Consciente de las peculiaridades de una personalidad que Azaña glosó con un punto de retranca, apunta a su vez las características que hicieron famoso al teniente coronel republicano: “Un profundo ácrata, nudista, vegetariano, esperantista y ateo”.

Nos cuenta que “tenía una hija y dos hijos” a los que “echó de casa por comunistas”. Sí. Según Eduardo Mangada, “los comunistas no le gustaban nada”. Y para remarcarlo, apunta cómo “en Peguerinos reúne a unos cuantos y los envía a primera línea”.

Al nombrar a la hija recordamos el triste desenlace de Marina Mangada, que se suicidó por culpa de un desengaño amoroso. Le mostramos algo que hemos querido llevarle y que le mencionamos en nuestra primera conversación: un boceto del propio Julio Mangada para un mausoleo en memoria de su hija fallecida, rubricado por él mismo en 1933. Se ajusta las gafas y observa con atención. Asiente. “Sí”, nos dice, “hizo Arquitectura, una carrera con dos años de dibujo”. Nos pregunta cómo ha llegado hasta nosotros y le explicamos que fue hace más de veinte años cuando Lucrecia San Antonio, ya una afable anciana, supo de nuestro interés a través de una amiga común y nos citó para regalarnos esa joya que guardamos como oro en paño. Llegó a sus manos a través de su padre, médico amigo de Julio Mangada.

A cuenta del Mangada vegetariano, el ex consejero pone en orden sus recuerdos y nos cuenta que en la calle Alcalá “había un conserje que fue aviador republicano que se reía recordando que podía haber caído en acción llevando verduras desde Aranjuez” para su antepasado. Un detalle del que ya teníamos referencia por otros testimonios. Además, en la consulta de unos dentistas chilenos en Leganés, el político madrileño conoció a “una enfermera que recordaba con cariño al tío Julio”. La mujer tenía en gran estima al veterano republicano. “Qué hombre más entrañable”, decía al revivir con humor cómo “les ordenaba hacer gimnasia en la plaza del pueblo en bragas y sostén”. Cuasi nudismo miliciano a favor de la República.

Quien también fuera teniente de alcalde de Madrid con Tierno Galván hizo el servicio militar en La Granja, donde en una recepción a la que asistía Franco era costumbre presentar al “caudillo” a los números 1 en Artillería, como era su caso. Pero sus jefes consideraron que no era buena idea que un Mangada conociera al Generalísimo y le dieron una semana de vacaciones, que aprovechó para viajar con su novia a Benidorm. Siete días bien empleados a juzgar por su sonrisa evocadora. De esta época de mili recuerda cómo en el Ejército se estudiaba la retirada de la Columna Mangada de Matacán (Salamanca) a Peguerinos “sin perder un solo hombre” como “ejemplo de capacidad militar”.

Es Julio Mangada “una persona entrañable en nuestra familia a la que admiramos por su profundo compromiso con la República y su activa y arriesgada defensa”, explica Eduardo a modo de conclusión. “Mi padre, comunista como sus hijos, siempre admiró a su tío Julio, su referencia y cobijo familiar cuando tuvo que venir a Madrid para acabar Medicina, tras su expulsión de la Universidad de Valencia por participar en la fundación de la Federación Universitaria Escolar (FUE)”, apunta. “Mi madre y yo también hemos militado en el PCE”, es su declaración de principios contrapuesta al anticomunismo del, sin embargo, tan querido antepasado, que se hizo un hueco para la posteridad en un rincón de la sierra de Ávila.

Eduardo Mangada nunca ha estado en Navalperal pero, curiosidades de la vida, tiene una amiga que es nieta de Julio Arenillas, al que se dedicó una calle en el pueblo por su colaboración altruista en el proyecto de obra de la Capilla del Cristo. La casa de la familia, por cierto, fue ocupada, como tantas otras, por las milicias de Mangada, una vivienda señorial que se encuentra muy cerca de donde tuvo lugar la emboscada a los guardias civiles procedentes de Las Navas del Marqués el 24 de julio de 1936, episodio cuyo relato escucha atentamente el descendiente del “diablo rojo”. Al teléfono con Teresa Arenillas, Eduardo Mangada queda emplazado esa misma mañana a visitar el pueblo. “Pero ya le he dicho a Teresa que cuando no haga frío”, repite en un par de ocasiones.

De modo que, quizá estos días, alguien pueda toparse con la imagen de un Mangada frente a la presencia imperecedera del otro en el que fue su cuartel general. El caserón de La Pila en cuyos jardines aún es posible evocar su inconfundible figura.

A. Bartolomé
Fotos: Lola Navajas


COMENTAR

Comentar con tu usuario de Facebook










© ElNaviero.com 2017 - Realizado con SPIP - Administracion y Redactores - Creditos - RSS RSS - Hosting