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SOBRE EL 1º MAYO
Chicago 1886: Los obreros, a la horca
  José María  | 30 de abril de 2012

En los los orígenes del 1º de Mayo está la condena a la horca de 7 obreros en Chicago en 1886. Un cronista de excepción fue el escritor José Martí que en crónica al diario La Nación de Buenos Aires relata los hechos de manera pormenorizada y emocionante. Así comienza su largo artículo:

"Ni el miedo a las injusticias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra. Solo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo la preserrvar sin temblar de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su defensa. Ni meren perdon lo que, incapaces de domar el odio y la antipatia que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de que nacieron, ni los impulsos de generosidad que los impulsan.

En procesión solemne, cubiertos los féretros de flores y los rostros de sus sectarios de luto, acaban de ser llevados a la tumba los cuatro anarquistas que sentenció Chicago a la horca, y el que por no morir en ella hizo estallar en su cuerpo una bomba de dinamita oculta en los rizos espesos de su cabello de joven, su selvoso cabello acstaño.

Acusados de autores o cómplices de la muerte espantable de uno de los policías que intimó la dispersión del conjunto reunido para protestar contra la muerte de seis obreros, a manos de la policía, en el ataque a la única fábrica que trabajaba a pesar de la huelga: acusados de haber compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la bomba del tamaño de una naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los policías, dejó un muerto, causó después la muerte a seis mas y abrió en otros cincuenta heridas graves, el juez, conforme al veredicto del jurado, condenó a uno de los reos a quince años de pinitenciaría y a pena de horca a siete.

Jamás desde la guerra del sur, desde los días trágicos en que John Brown murió como criminal por intentar solo en Harper’s Ferry lo que como corona de gloria intentó luego la nación precipitada por su bravura, hubo en los Estados Unidos tal clamor e interés alrededor de un cadalso.

La república entera ha peleado, con rabia semejante a la del lobo, para que los esfuerzos de un abogado benévolo, una niña enamorada de uno de los presos, y una mestiza de india y español, mujer de otro, solas contra el país iracundo, no arrebatasen al cadalso los siete cuerpos humanos que creía esenciales a su mantenimiento.

Amedrentada la república por el poder creciente de la casta llana, por el acuerdo súbito de las masas obreras, contenido solo ante las rivalidades de sus jefes, por el deslinde próximo de la población nacional en las dos clases de privilegiados y descontestos que agitan las sociedades europeas, determinó valerse por un convenio tácito semejante a la complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos tanto como del fanatismo de los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes. El horror natural del hombre libre al crimen, junto con el acerbo encono del irlandés despótico que mira a este país como suyo y al alemán y eslavo como invasor, pusieron de parte de los privilegios, en este proceso que ha sido una batalla, una batalla mal ganada e hipócrita, las simpatías y casi inhumana ayuda de los que padecen de los mismos males, el mismo desamparo, el mismo bestial trabajo, la misma desagarradora miseria cuyo espectáculo constante encendió en los anarquistas de Chicago tal ansia tal ansia de remediarlos que les embotó el juicio.

Avergonzados los unos y temerosos de la venganza bárbara los otros, acudieron, ya cuando el carpintero ensamblaba las vigas del cadalso, a pedir merced al gobernador del Estado, anciano flojo rendido a la súplica y a la lisonja de la casta rica que le pedía que, aun a riesgo de su vida, salvara a la sociedad amenazada.

Tres veces nada mas habrían osado hasta entonces interceder fuera de sus defensores de oficio y sus amigos naturales, por los que, so pretexto de una acusación concreta que no llegó a probarse, so pretexto...


El que tenga interés en leerlo entero lo encontrará aquí http://books.google.es/books?id=fF9xnRqI7ZkC&pg=PA142&lpg=PA142&dq=salen+de+sus+celdas.+Se+dan+la+mano,+sonr%C3%ADen.+Les+leen+la+sentencia,+les+sujetan+las+manos+por+la+espalda+con+esposas&source=bl&ots=Ne7Tpuh8J9&sig=1m8Cuh6tqLGG8zCPScl1XvTtjI4&hl=es&sa=X&ei=fI-eT_v0N-mo0QXz2sn3Dg&ved=0CGQQ6AEwCA#v=twopage&q=salen%20de%20sus%20celdas.%20Se%20dan%20la%20mano%2C%20sonr%C3%ADen.%20Les%20leen%20la%20sentencia%2C%20les%20sujetan%20las%20manos%20por%20la%20espalda%20con%20esposas&f=true bajo el título: Los anarquistas de Chicago.


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