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EXPOSICIÓN EN LA FUNDACIÓN CANAL
No hace mucho, no muy lejos
  Juanjo  | 18 de febrero de 2018

Había que hacer algo, y vaya si lo hicieron. El plan trazado muchos años antes se seguía al pie de la letra. A pesar de lo que después se ha querido justificar, medio millón de alemanes estuvieron implicados activamente en la Solución Final, dirigidos por un puñado de locos, pero metódicos y calculadores militares dirigidos por Adolf Hitler.

La pérdida de la I Guerra Mundial por parte de Alemania y sus gravosas indemnizaciones como vencidos, junto a la humillación y la falta de recursos fue el caldo de cultivo. Un duro Tratado de Versalles, unido a la hiperinflación de Alemania y el resto de Europa, acabó con los ahorros de la clase media y provocó un masivo desempleo. La asfixia económica generó un descontento social que supieron aprovechar los nuevos partidos de extrema derecha. Era el momento para el partido nazi.

El cambio a una república democrática, la de Weimar, con tumultos y muertos en las calles a diario por las manifestaciones, partidos equipados con fuerzas paramilitares para amedrentar a otros partidos, animan a Hitler a intentar derrocar al gobierno en un fallido golpe. Durante su breve estancia en la cárcel escribió Mein Kampf (Mi lucha), su biblia a partir de entonces, donde apunta los pilares de la actuación futura: expansión del territorio, creación de un estado ario de "raza pura" y la exterminación de los judíos y otras etnias o minorías.

En el vídeo subtitulado del Museo del Holocausto se puede seguir la trayectoria siguiente hasta los campos de exterminio, nosotros damos un salto largo en el tiempo hasta situarnos en el Paseo de la Castellana, en la exposición de la Fundación Canal, Auschwitz, No hace mucho, no muy lejos, abierta desde el pasado 1 de diciembre y que continuará hasta el 17 de junio de 2018. Desde el periódico os recomendamos su visita, aunque dura, bastante dura, para no olvidar que la historia puede volver a repetirse y hay que impedir que así sea.

30 de enero de 2017. Un vagón de ganado procedente de Alemania recibe a los visitantes que hacemos cola en el número 214 del Paseo de la Castellana de Madrid. Hay que esperar una hora entre grupos, por lo que comprada la entrada, vagamos junto al vagón, como si hubiésemos salido de él, sin saber a ciencia cierta qué nos espera tras la puerta.

Las primeras salas están dedicadas a la cultura judía desde sus inicios: breve historia de su vida en Europa, muchos objetos, candelabros, una biblioteca, un gran mapa con los porcentajes de población judía en Europa (menos de 1% en Alemania) y un panel con importantes personalidades de la cultura de la época.
Pasamos a una sala con una urna de cristal que aloja el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, entre Alemania y las potencias aliadas, vencedoras de la Primera Gran Guerra. En el mismo espacio, exhibición de billetes de banco y su escalada inflacionista. Hasta cinco billones de marcos se llegaron a emitir en papel moneda. Un billón de marcos se cambiaba por 15,35 dólares en octubre de 1923.
Evidentemente, había que buscar un chivo expiatorio al que echar las culpas de las desgracias, y ahí estaban los judíos para ello.

A partir de aquí la exposición se vuelve áspera. Las siguientes salas explican muy bien cómo la propaganda nazi acorrala primero a los trabajadores judíos, instando a las empresas a no contratarlos, boicotea sus negocios o incluso muchos ayuntamientos llegan a colocar carteles a las afueras de los pueblos donde expresan claramente que los judíos no son bienvenidos.
Hitler aún no gobierna, apoya a su socio el presidente Hindenburg (1933) pero es en ese año, en un fortuito incendio del parlamento alemán, el Reichstag, aprovechan para liquidar los derechos civiles básicos y es nombrado canciller. Un año después, a la muerte de Hindenburg, Hitler se proclama Führer (caudillo) y comienza a sembrar de campos de concentración todo el territorio alemán, de momento para aniquilar la oposición política. En un primer momento los campos nutrían de mano de obra gratuita para los proyectos de construcción, infraestructuras y rearme militar. La Solución Final se aparcaría hasta 1939, con la invasión de Polonia.


La gran sala 8 dispone de monitores donde se visualizan los mítines multitudinarios del partido. Los vistosos uniformes (hasta 170 distintos), muchos de ellos suministrados por Hugo Boss - la marca continúa-, comienzan a crear en los visitantes a la exposición un sentimiento de admiración, enfrentado con otro de temor por qué nos encontraremos en las siguientes salas. La parafernalia nazi, las banderas ondeantes, los brazos alzados, la locura colectiva en definitiva, parece ser un virus que no muere, si acaso duerme. Europa del 2017 ha sido claro ejemplo de ello. Lo peor está por llegar en la muestra, a partir de la sala 9 y la invasión de Polonia.

Cinco semanas han sido suficientes para anexionarse Polonia. Los primeros movimientos, el Banco Central y la construcción de barricadas de madera. "Hay que proteger a toda costa al ejército y la población de Alemania del portador de todas las plagas, el judío" reza la foto. Declaración textual de un funcionario alemán justificando la construcción del Gueto de Varsovia.

El exceso de visitantes provoca ya esperas para leer los carteles explicativos, espera que viene bien para asimilar lo leído y volver a ver la foto, el traje a rayas o los distintivos de tela con que se marcaba cual ganado a los privilegiados que el destino o su apariencia física deparan la vida esclava para alimentar la maquinaria de guerra. Otros, la mayoría, no tendrán esa suerte. Aparecen por primera vez en la exposición las palabras Auschwitz y Solución Final.

Aktion T4 era el nombre en clave del programa de asesinatos en masa. 200.000 personas, denominadas por Hitler como "bocas inútiles" por ser discapacitados. El programa llegó hasta 1941. Pero el sistema era lento y costoso.

"El trabajo os hará libres". Curioso emblema a la entrada del campo de exterminio más activo de todos los construídos por Alemania. Dos grandes campos de concentración y treinta y nueve más pequeños. 1.300.000 personas (oficialmente, se especula que fueron muchos más) entraron en este recinto y 1.000.000 de personas no volvieron a salir de él con vida, 900.000 de estos últimos, judíos. Las primeras directrices para el comportamiento de los campos eran matar a los prisioneros a base de trabajo, frío y hambre, hasta que aguantasen. La perfección posterior llegó con las cámaras de gas. Hacinados en vagones de ganado llegaban cada día y eran descargados en el andén. Inmediatamente se separaba los hombres de las mujeres, niños y ancianos. La fila de los menos útiles eran enviados a las duchas, donde se les obligaba a desnudarse y entrar. Cerradas las puertas, en cinco minutos la temperatura corporal y el gas Ziklon-B hacían su trabajo. 10.000 personas se podían matar a diario con este sistema.

"Sacar a los cuerpos era lo más difícil. Los hombres más fuertes estaban junto a la puerta, las mujeres y los niños, aplastados y con todos los huesos rotos, se agolpaban en el fondo, junto a la rejilla por donde salía el gas" declaraba uno de los `muertos vivientes´, los sonderkommando, prisioneros judíos a los que se les perdonaba la vida temporalmente para recibir a los judíos en el tren, despojarlos de todas sus pertenencias, sacar las muelas de oro (hasta 10 kilos al día) y llevarlos a los hornos crematorios.

El punto álgido de la exposición está llegando. Una maqueta con el enorme campo de concentración y exterminio, efectos personales, vídeos con imágenes impactantes y fotos, muchas fotografías. La mayoría de ellas recogidas por una de las supervivientes del campo, Lili Jacob, que encontró el álbum en una taquilla olvidada días después de la liberación del campo. Se reconoció entre las fotos y cedió el libro. Los alemanes, tan metódicos, habían documentado en cerca de doscientas fotografías cómo llegaban los prisioneros al andén y cómo se hacía la separación. Libro recomendable para no olvidar.

Los suspiros de los visitantes tras cada imagen o vídeo se hacen ya presentes en la exposición, ralentizada y dura. En los asientos habilitados de las últimas salas muchos descansan. "No quiero ver más, me estoy poniendo mala, esto es un horror", testimonia una de ellas. Pero aún quedan las salas de los vídeos de los supervivientes, y ya fuera, una extensa colección de libros con testimonios y fotos. Os recomiendo Auschwitz, el álbum fotográfico de la tragedia, de Yad Vashem y el Museo Estatal Auschwitz Birkenau.

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