Las Navas del Marqués a 15 de septiembre de 2019   

41 visitas ahora

 

NOVELA HISTÓRICA
JINETES EN LA NIEBLA

Nos complace compartir con vosotros el lanzamiento de la primera novela histórica de uno de nuestros redactores. Mariano Gómez García, "Manín", para nuestros lectores Leizael, ambienta su cuidado y documentado libro en la invasión napoleónica y concretamente en el otoño de 1808, en Somosierra. A los que seguimos desde hace tiempo sus relatos nos encantará, estamos seguros, tener este libro ya a la venta.

  Juanjo  | 17 de mayo de 2018

ALGO DE HISTORIA

MADRID, GOBIERNO MILITAR, 5 DE SEPTIEMBRE DE 1808

La amplia sala de reuniones del edificio del Gobierno Militar de la capital huele a tabaco de calidad, a café y a bollería caliente, sin duda recién horneada. A lo largo de la gran mesa de roble que preside la estancia se acomodan un aristócrata y cuatro militares de alta graduación que son la flor y nata del ejército español o, por mejor decir, de lo que resta del mismo tras los primeros embates de las águilas napoleónicas.

Examinan en silencio la pieza en la que se va a celebrar este consejo de guerra y contemplan apreciativamente los magníficos aparadores de caoba y las vitrinas que contienen objetos preciosos. Cerca de la mesa, un amplio brasero calienta la habitación, repleto de picón incandescente. Gran cantidad de documentación se halla apilada por doquier, puesto que la guerra es siempre enemiga del orden, de manera que bajo la mirada adusta de algunos retratos castrenses, se acumulan los partes y las órdenes que documentan hasta el momento los sucesos más relevantes de la francesada. En un rincón de la estancia, un magnífico carrillón desgrana con voz de bronce el paso de las horas.

Cada uno de los generales, cómodamente sentados, espera a que los demás den el primer paso, porque lo cierto es que no se fían excesivamente los unos de los otros, en puntual seguimiento de ese grave defecto español, la envidia, que tantos quebraderos de cabeza como país nos ha dado. Hay rencillas latentes entre ellos que pueden dificultar las cosas, sin duda.

El 13 de agosto pasado entró en Madrid el Ejército de Valencia-Murcia del general Llamas, que acaba de derrotar al mariscal Moncey a las afueras de la capital del Turia, y el día 23, el general Castaños, héroe de Bailén, hace lo propio. Una gran multitud se congrega en la ciudad para darle la bienvenida.

Tras la llegada de los dos generales, los madrileños se entregan apasionadamente a hacer lo que mejor sabemos hacer los españoles, es decir, a festejar y a celebrar ambas victorias como si la guerra contra el francés estuviera ya finiquitada. Pero claro está que no es así, ni mucho menos, y tras varias semanas de jarana es urgente que el país restablezca su liderazgo. El rey Fernando VII está prisionero de los franceses y el Consejo de Regencia que deja en Madrid no ha sabido defender los intereses españoles, según ha demostrado palmariamente durante los sucesos del Dos de Mayo en la capital.

Y retomar el rumbo es, por cierto, el motivo de la reunión a la que estamos asistiendo. Entre tanto entorchado, tanta guerrera y tanto sable, la verdad es que son los militares los primeros en intentar recuperar el orden en Madrid para poder plantarle cara a Bonaparte. Algún que otro consejero se ha quedado en la ciudad, pero la mayor parte, afrancesados, ha huido junto al rey que apenas reinó diez días: temen a la ira desatada de los españoles, y la temen con justeza.

Así que podemos suponer que los militares que se sientan a esta larga mesa tienen como meta lograr el mando único, porque piensan que es la mejor manera de defender a su patria. Asisten a este encuentro don Gregorio García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja; don Francisco Javier Castaños y Aragorri, capitán general del Ejército de Andalucía; don Manuel La Peña Ruiz de Sotillo, teniente general del Ejército de Andalucía; don Pedro González de Llamas, teniente general del Ejército de Valencia-Murcia, y don Pedro de Alcántara y Álvarez de Toledo, Duque del Infantado, que está aquí en representación de los generales Blake y Palafox.

García de la Cuesta, que ha convocado el consejo, está más que harto de los desmanes propios de las juntas provinciales que han nacido al calor del vacío de poder existente en el país. No tienen otra utilidad, piensa el general, que fastidiarse entre ellas y fastidiar, de paso, a los mandos militares. Parece ser que la intención real del general cántabro es buscar una regencia temporal “confiada a tres o cinco a lo más” y hasta la vuelta de Fernando VII. Y Castaños sospecha que García de la Cuesta cuenta con él, un hombre muy popular, para comenzar la maniobra.

Pero, sin dejar de intentar un acercamiento a Castaños, como instaurar una regencia es tarea propia de las Cortes españolas, que no pueden funcionar normalmente debido a la guerra, el capitán general de Castilla considera la mejor opción, por el momento, “el congregar una Junta compuesta de Diputados de todas las Provincias o Capitanías Generales hacia el centro de todas ellas, con poderes para nombrar y establecer una Regencia.”

El astuto militar –que no tiene nada de estúpido pese a su difícil carácter- pretendía así quitarse de encima a las juntas provinciales, para intentar instaurar cierto orden en su actuación, y evitaba, de paso, que semejante junta general actuase como poder constituyente debido a los impedimentos legales existentes. Este tipo de opiniones y su veteranía hacían que no pocos le tuvieran conceptuado como un peligro político. Y remataba, además, “me considero en este momento independiente de cualquier otro Gobierno”, lo que con la legalidad de la época en mente es totalmente correcto. García de la Cuesta es, ante todo, un hombre del Antiguo Régimen y como tal razona, en lo militar y en lo jurídico.

Aunque una cosa es la política y otra muy distinta los asuntos propios de la guerra. Antes de atacar la reforma del poder, hay que buscar una jefatura única para los ejércitos españoles en liza, y eso es lo que pretende el cántabro, que es el primero en hacer uso de la palabra.

-  Caballeros, es evidente que tenemos que tomar una importante decisión, y que debemos hacerlo sin falta en la mañana de hoy. Es urgente que procedamos al nombramiento de un general en jefe para todos los ejércitos del país, que habrá de salir, desde luego, de entre nosotros. Ya conocen ustedes, quiero suponer, mi postura con respecto al lamentable asunto de las juntas provinciales, pero ahora no estamos aquí para dilucidar esa cuestión –lo dice con una expresión grave en el rostro, entretanto se arrellana en su silla mientras cruza las piernas.

García de la Cuesta abre así el fuego, al tiempo que carraspea y le propina unas poderosas caladas a su cigarro, para acabar exhalando una nube de aromático humo. Sabe que por su edad semejante cargo le debería corresponder y lo ansía sin pudor alguno. Es un hombre complicado, de mal carácter, que protagoniza de continuo sonoros encontronazos con los políticos de turno, lo que entorpecerá su carrera notablemente. No obstante, busca con la vista apoyos a su candidatura entre los allí presentes.

-  Gregorio, no deseo ofenderle, pero creo que su edad le aleja ya un tanto de tener que soportar la enorme responsabilidad propia de ese cargo, ¿no le parece? –el semblante amable del capitán general de Andalucía escruta detenidamente a su compañero.

Castaños se ha anticipado a la previsible petición del general García de la Cuesta. Al fin y al cabo, él es el héroe de Bailén. Ha protagonizado la derrota más sonada de los napoleónicos en España hasta la fecha, y sabe que eso le capacita para asumir el mando que el cántabro propone. Pero es un hombre afable, un buen militar que está alejado de las intrigas políticas tan propias de la época.

Por otra parte, todos los allí presentes saben que el Ejército de Castilla apenas es una sombra de lo que fue, y la derrota de Medina de Rioseco no habla precisamente bien ni de esta fuerza ni de sus comandantes, Blake y el mismo García de la Cuesta.
Palafox, representado por el Duque del Infantado, podría argumentar de modo similar a Castaños, pero Alcántara no acaba de decidirse a abrir la boca todavía.

-  Mucho me temo que sea esta una difícil tarea, señores –afirma el general Llamas.
Se mira las uñas y sorbe, inquieto, su café. No le va a resultar fácil controlar el resultado del consejo y eso le desasosiega un tanto. Y ello se debe a que, sin tener ni la mitad de ascendiente sobre el pueblo que Castaños o Palafox considera, no obstante, que él también podría postularse para el cargo.

-  Propongo mi candidatura y reclamo para mi ese honor, caballeros –dispara García de la Cuesta-. Soy el general más antiguo del Ejército, soy absolutamente fiel al rey don Fernando, a quien Dios guarde muchos años y soy capitán general, de manera que mi poder viene directamente de la Corona.

Está claro que a nuestro general le ocurre lo que al resto de españoles de la época: no conocen la verdadera personalidad de Fernando; tan es así que han dado en llamarle “el Deseado”. Pobre España.


COMENTAR

Comentar con tu usuario de Facebook










© ElNaviero.com 2019 - Realizado con SPIP - Administracion y Redactores - Creditos - RSS RSS - Hosting