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ESPERANZA CRESPO
A la chita callando
  Taller de periodismo  | 12 de abril de 2018

A la chita callando empezó a caer.

Al principio fue como una plaga de pequeñas moscas vestidas de novia
las que se estampaban en el cristal de mi ventana.
Luego, cuando empezó a caer más fuerte, el compás de la marcha nupcial
se tornó en esa música, desbaratada, sin sentido.

Aquella noche, antes de que ocurriese lo que ocurrió y justo antes del
amanecer, aparecieron unos hombres con grandes sacos que, vestidos con
uniformes de profetas municipales, iban sazonando las aceras. Fue lo
más parecido a una política de prevención de caídas, dada la escasez
de recursos en aquellos años de crisis.

Entonces, yo no era falto de oído, como ahora, y la escuchaba, vaya
sí la escuchaba. Y fíjate como era ella, que te avisaba cuando alguien
llegaba y crujía como las entrañas, crujía así; como una traición
anticipada.

Esa noche, antes de que ocurriese lo que ocurrió, abrí la puerta
trasera, salí y extendí la mano como un mendigo. La extendí para
sentirla. Presentí que me ayudaría.

Sus copos amortiguaron el disparo, y, cuando su cuerpo cayó, lo fue arropando poco a poco. A la mañana siguiente no quedó más que la certeza de mi tragedia y el recuerdo de su canción.

Quizás no me creas porque tú nunca la has visto, pero ella es fría
como el hielo de los mojitos, blanca como la ralladura del coco y
suave como la piel de una mulata. Y aún así, ella, la nieve, fue mi cómplice.

Esperanza Crespo


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 12 de abril de 2018

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