Las Navas del Marqués a 13 de diciembre de 2018   

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URBANO BLANCO
Echar a pies
  TITO  | 2 de junio de 2018

A Álvaro Mateos, a las personas tolerantes,
porque la tolerancia es el fundamento de una convivencia en paz.

El sábado era un día feliz. Fede nos esperaba sentado en la escalera de acceso a su casa. Mi padre detenía el automóvil el tiempo justo para que subiera. Después de abrazarnos, mi amigo abandonaba el balón entre los dos. Al llegar al polideportivo, mi padre oteó el horizonte. Conocíamos a los cuatro niños que disfrutaban jugando en una de las porterías. Mi padre les llamó para intentar montar un partido cuando observó que en la otra portería se apiñaba un grupo de niños alrededor de un banco. Mi padre se dirigió a nuestro grupo:
- ¿Les retamos?
- Son moros –contesté.
Mi padre me clavó la mirada y, procurando que todos lo oyeran, dijo lentamente:
- Son niños.
Y sin esperar a que nadie replicara cogió el balón de Fede y se acercó a ellos. Al rato, les vimos venir tras mi padre.
- Les ganaremos –dijo Roberto- y todos sonreímos.

Eran siete y nosotros seis, así que mi padre ocupó nuestra portería y ordenó que comenzara el partido. Mi amigo Fede, portero habitual, se colocó de defensa e intento organizar nuestro grupo. El partido transcurrió sin incidencias. En el grupo rival destacaba un tal Ibrahim, quien nos colocó dos goles sin que mi padre pusiera excesivo entusiasmo en detener los balones. Pero remontamos. Roberto manejaba su pierna derecha sin destreza, pero manejaba la izquierda como si fuera una mano: realizaba un regate corto hacia el interior imposible de evitar, precisaba el pase con maestría y su disparo seco encontraba a menudo el hueco imposible. Tal vez mi padre quiso evitarles la derrota, el caso es que con empate a dos dio por concluido el partido. Mis compañeros y yo no supimos disimular el fastidio.
- Bien, empate, buen partido.
Se dirigió a Ibrahim:
- ¿No tenéis balón?
Ibrahim giró la cabeza en horizontal sin pronunciar palabra.
- ¿Cómo te llamas?
- Ibrahim.
- Bien Ibrahim –dijo, mientras me indicaba con la mano que me acercara-, te presento a Alejandro –nos estrechamos las manos-. Es mi hijo y está deseando regalaros un balón.
Los rostros de Ibrahim y sus compañeros se iluminaron como si tuvieran luz propia mientras mi equipo se desperdigaba por el campo. Fede intervino:
- Os esperamos en la plaza dentro de diez minutos.
Mi padre cerró el acto:
- Tal vez podáis deshacer el empate mañana. Pensadlo.

Mi padre sonreía al volante.
- Juega bien Ibrahim- le dije.
- Y el bajito que jugaba por la derecha- apuntó mi padre.
- Casi todos son bajitos.
- Sabes de quién hablo.
- Creo que le llamaban Mohamed- intervino Fede.
- Hemos jugado un partido internacional- le dije.
- Habéis jugado un partido universal –aseguró mi padre.
- Pero ellos son de otro país –le dije.
- Son niños igual que vosotros, sean del país que sean.
- Pero ellos nunca hablan con nosotros.
- Y ¿vosotros con ellos?
- Tampoco.
- Pues otro empate- dijo Fede.

Fede nos acompañó hasta nuestra casa. Cuando bajábamos del coche mi padre nos instruyó:
- No elijáis el peor balón. Hinchad el que os gustaría recibir y, si os apetece, se lo regaláis. Antes, poneos unos segundos en su lugar. Adiós.

Cuando llegamos a la plaza Ibrahim no estaba solo. Lo acompañaba el equipo al completo. Miraban con incredulidad y asombro cómo Fede y yo nos acercábamos pasándolos un flamante balón recién hinchado. Recibí con el empeine el último pase de Fede y lo bombeé hacia el grupo. Mohamed lo cazó al vuelo entre los gritos de sus compañeros. “Gracias, gracias” se oía de forma plural. Ibrahim nos miró con agradecimiento y nos convocó para el día siguiente:
- Si queréis mañana lo estrenamos jugando el desempate.
- Vale –contesté-. A la misma hora.
Y les vimos desaparecer disputándose el balón y pasándoselo como si fuera la copa de la Champions.

***

Fede me esperaba intentando que su balón no tocara el suelo.
- Para qué lo llevas. Ellos tienen.
- Así tenemos dos. He pensado una cosa- dijo Fede mientras caminábamos hacia el terreno de juego.
- Dispara.
- Cuando lleguemos te lo digo.
- Qué misterioso estás.
- Es que no sé si te va a gustar la idea.
- Miedo me das.
Ibrahim y sus amigos no dejaban parar ni un segundo su balón. Nos recibieron con muestras de afecto.
- Gracias por el balón- insistió ibrahim.
- ¿Te gusta?
- Me hubiera gustado cualquiera. Nunca tuve un balón propio.
Fede se acercó a nosotros mientras llegaban el resto de los compañeros:
- Tengo una idea -nos dijo con decisión-. En lugar de jugar como ayer, podíamos formar los equipos de otra forma.
- ¿Cómo?
- Echando a pies.
Ibrahim puso cara de asombro. Mohamed preguntó:
- ¿Y en qué consiste?
Y Fede explicó que se trataba de una forma de equilibrar las fuerzas de los equipos contendientes: reunido el grupo, se elegían por aclamación dos líderes (casi todos los reconocemos). Situados a distancia de comba, los elegidos se enfrentaban y enfilaban por turno un pie delante del otro, uniendo tacón con puntera, e iban reduciendo la distancia hasta que uno de los dos montaba su pie entre el suyo y el de su adversario, pero había de quedar un espacio entre ambos en el que cupiera el pie en sentido horizontal: “monta y cabe”. En caso contrario se repetía. Pero si montaba y cabía, el líder que lo lograba comenzaba el turno de la elección de los componentes de su equipo. Lo normal es que la selección se realizara por la calidad del jugador, en algunos casos indudable, en otras subjetiva, pero el líder podía elegir por afecto. Eso quedaba a su arbitrio y su decisión era inapelable.
-Me parece bien –dijo Mohamed.
Ibrahim y yo asentimos. Reunidos todos, Fede repitió su explicación y a nadie le pareció mal. El caso era comenzar cuanto antes.
Mohamed tomo la iniciativa de ser uno de los capitanes, yo no escurrí el bulto. Nos separamos unos metros y puse un pie delante del otro. Mohamed me imito y respetamos el turno.
-Monta y cabe –me tocó elegir-. Guiñé un ojo a Fede y elegí a Ibrahim.
Mohamed torció el gesto y fue eligiendo como yo a quienes a su juicio eran mejores. Los porteros no suelen elegirse así que logré que Fede fuera el último de los elegidos y jugara en el equipo contrario. Sé que me entendió porque automáticamente se colocó en la portería rival con una sonrisa sólo al alcance de personas tan generosas como él, aunque en el fondo me sentía como un traidor provisional.
El problema de estos partidos es la ausencia de árbitro. A pesar de ello el partido transcurrió limpio, disputado y sin incidencias. Ibrahim destacó de nuevo pero no pudimos con ellos. Era la hora de comer y seguíamos empatados. Roberto aportó una solución trágica:
- El equipo que marque será el vencedor.
Hubo acuerdo. Las defensas se cerraron. De repente, Ibrahim recibió el balón en el centro del campo, se infiltró con velocidad, regateó a un par de contrarios y se colocó en posición franca de tiro. Roberto no tuvo compasión y lo derribó sin que nadie dudara de que era penalti. Fue noble Roberto: le pidió perdón, lo ayudo a incorporarse y reconoció el penalti. Ibrahim recogió el balón, lo colocó en el punto fatídico y me invitó a disparar.
- ¿Por qué yo? –le dije.
- Por qué no –contestó con una sonrisa.
- Porque te lo han hecho a ti.
- Pero somos un equipo y tú lo has formado hoy, eres como el capitán.
Entonces entendí que nada importaba que fuéramos moros o cristianos o judíos, entendí que éramos niños, entendí que podíamos ser amigos.
No podía negarme. Recoloqué el balón a mi gusto y entonces advertí quién era el portero rival. Allí estaba, sonriendo, retándome con alegría. Mi amigo Fede, que había tenido la feliz idea de echar a pies y que había asimilado con generosidad ser el último elegido, me sonreía como el gran amigo que era. Le miré durante unos segundos fijamente a los ojos y le guiñé el ojo derecho. No sé qué interpretó, pero sabíamos que nuestra amistad estaba por encima de cualquier triunfo deportivo. Por un momento me arrepentí de aceptar el regalo de Ibrahim, pero ya era tarde.
Puede que la potencia no fuera la máxima, puede que mi concentración no fuera la mejor, pero el balón iba colocado a media altura a la derecha. Fede lo adivinó, rozó con los dedos un balón que lamió el poste y se perdió en la explanada.
El equipo rival abrazaba a Fede como el héroe del partido. No recuerdo cuál fue el resultado final, sólo recuerdo que me moría de ganas de sumarme a la piña, de felicitar al portero rival que me había hurtado la gloria, a mi gran amigo Fede.

Urbano Blanco Cea


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