Las Navas del Marqués a 19 de julio de 2018   

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CARLOS INFANTE LUNA
Soledad
  Taller de periodismo  | 15 de junio de 2018

Serafín Expósito no está loco, lo que pasa es que está muy solo.
Pero esto no es de ahora, en realidad, Serafín siempre estuvo aislado, en otro mundo, las circunstancias lo alejaron de lo que el resto de los humanos consideran una vida normal.

A las pocas horas de nacer, un vagabundo lo encontró de casualidad dentro de un cubo de basura. Dos gatos, uno pardo y otro marrón oscuro, habían rajado con sus afiladas uñas el plástico de la bolsa de la compra que lo envolvía y un tanto aturdidos lo lamían con cariño, incertidumbre y hambre. Que saliera de esa situación extrema en una noche de enero tan fría y desapacible no fue un milagro, al menos nadie lo vio así. El pobre Serafín ni siquiera lloraba, parecía aceptar todo lo sucedido y estar adaptándose a lo que le iba a ser el resto de su vida. El tipo que lo encontró pudo acomodarlo entre los cartones de un carrito oxidado que unos meses antes había robado en uno de los supermercados del barrio y que ahora le hacía la función de trastero móvil. En el corto trayecto hacia la comisaría fue haciendo eses y chocando con todo lo que se encontraba a su paso; en uno de esos choques desafortunados tropezó con un semáforo y ambos cayeron de bruces sobre un charco que reflejaba las luces de la ciudad y el silencio de un barrio que dormía ausente. Ese fue el momento que eligió para hacer un alto en el camino y echar otro trago del cartón que llevaba guardado en el enorme bolsillo derecho de su vieja chupa de cuero negro. En ese instante de lucidez alcoholizada se le ocurrió recoger al niño del suelo y bautizarlo con su mismo nombre; lo alzó con la mano izquierda hacia el cielo negro invernal y con la derecha derramó un chorro de vino blanco sobre su diminuta frente de recién nacido. A continuación le chupó toda la cara con desesperación, como solo lo sabe hacer un borracho, con egoísmo y vicio. Sin escrúpulos, relamió su cabecita una y otra vez para no dejar huellas pero sobre todo para no desperdiciar ni una sola gota de tan valioso líquido. Con la voz rota por el efecto de la bebida acumulada durante tantos años y casi incomprensible por su deplorable estado de embriaguez, exclamó: ¡¡ Bienvenido al mundo, Serafín, bienvenido a esta puta vida !!. Le siguieron unas carcajadas alcohólicas, una tos crónica y un escupitajo que cayó haciendo ondas sobre el charco donde estaban tirados. Ese fue su mejor discurso para tan bonita ceremonia y también fueron las primeras palabras que Serafín escuchó como bienvenida en esas escasas horas que tenía de vida.

De la comisaría de Villaverde Bajo salió casi de inmediato. La policía del turno de noche no estaba para tonterías ni tampoco para hacer de niñeras, bastante jodido era hacer la ronda nocturna en el poblado de los gitanos que tenían al lado. Así que llamaron al 112 y se lo quitaron de en medio en cuanto pudieron. Al poco rato llegó una ambulancia del 12 de Octubre, le hicieron un breve reconocimiento y al comprobar que su cuadro diagnóstico estaba en perfecto estado, lo dejaron ingresado el tiempo justo, ni más ni menos. La escasez de camas y de personal cualificado hizo que se lo volvieran a quitar de en medio y le llevaran al orfanato más cercano, una casa de acogida en Carabanchel Alto. El lugar era conocido con el nombre de “El hogar de Santa Teresa” y allí fue donde le hicieron un hueco entre otros cientos de niños abandonados. Nunca lo reclamaron. Unos cuantos años más tarde, cuando Serafín ya tenía una pelusa por bigote y se había convertido en un adolescente mas bien feo, seco y con la cara poblada de granos, Serafín “el solitario”, así le apodaron, sufrió malos tratos de sus compañeros de clase y abusos de todo tipo por parte de los sacerdotes del orfanato que frecuentaban el hogar en busca de “eso” que en su vida de hipócritas no encontraban. Una mañana, hundido, Serafín se levantó de la cama y decidió callar, dejó de hablar para siempre, nunca más se le oyó ni una sola palabra ni un grito ni un gemido ni nada de nada.

Cuando tomó conciencia de lo que en realidad era su vida, decidió fugarse de aquel horroroso lugar. La noche antes de hacerlo se pasó por la biblioteca y con una navaja bien afilada recortó de su enciclopedia preferida imágenes de algunos de los lugares exóticos donde siempre había deseado viajar y con los que cada día soñaba despierto en la escuela; con sumo cuidado, como si fuera el mapa de un tesoro escondido, dobló las fotografías y las guardó en uno de los bolsillos enormes de su vieja chupa de cuero negro adquirida en un vertedero de la zona sur. Al callejear por los barrios de Madrid, Serafín entraba en trance y veía como sus calles se convertían en inmensas playas caribeñas con los semáforos como gigantescas palmeras, los charcos se transformaban en aguas claras de color turquesa y las prostitutas del polígono de Villaverde Bajo adquirían un perfil de mujeres dulces, cariñosas y bellas, muy bellas por dentro y también por fuera.

Serafín lleva un tiempo alejado de las calles, se siente atrapado, agotado de esperar el fin. Ya apenas sueña y cada día repite las mismas rutinas. Una voz impersonal le taladra el cerebro cada mañana al despertar y el día siempre empieza mal, fatal. Al abrir los ojos lo primero que ve es el número 128 medio descolgado de la sucia pared de enfrente. Desayuna un café con leche que nunca está caliente y que le hace ir al lavabo con urgencia. Siempre se viste con la ropa de ayer y al mediodía sale a dar una vuelta por un patio que siempre está oscuro y en el que tan solo aparece, de vez en cuando, un rayo de luz por uno de sus ángulos más lejanos. Cuando se cansa y no puede más, se sienta en unas gradas desgastadas de romper sueños y observa, con la mirada perdida, como algunos tipos se pelean jugando al baloncesto. A veces sus pupilas se pierden en el infinito, que está un poco más allá, al otro lado del alambre de espino. Algunos individuos con los que se cruza a diario se parecen demasiado a los sacerdotes del orfanato; los tatuajes por todo el cuerpo es lo que los diferencia a unos de otros, por lo demás son todos iguales, idénticos, ambos son gordos, calvos y cínicos, también buscan lo mismo. Serafín, a estas alturas, por un poco de “jaco”, así le llaman en este lugar al caballo, se deja hacer lo que sea, entre otras cosas, porque ya nada le hace daño.

Serafín Expósito ahora cumple condena en la celda 128 de Carabanchel Alto. Está enganchado a la heroína, siempre se pone hasta arriba de esa mierda porque necesita ablandar su vida con algo y sobre todo porque quiere olvidar el día en que en un vertedero cercano del sur sacó su afilada navaja y se cargó a un tipo malencarado que vestía una vieja chupa de cuero negro y que maltrataba a dos gatos, uno marrón oscuro y otro pardo.

Nadie en su vida lo había querido tanto, nadie le había dado tanto cariño, absolutamente nadie.

Serafín Expósito no está loco, lo que pasa es que está muy solo.
Moon


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 15 de junio de 2018

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