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MARTES O MIÉRCOLES, MA GALIO
Un Alto en el Camino (y b)
  José María  | 16 de mayo de 2012

(viene de (-a-) que es la primera parte)

...
- Salí corriendo de Valdepeñas, huyendo -prosigue Marien- a esta parte del término, oculté el rostro entre mis manos y comencé a llorar. Tantas lágrimas nacieron de mis ojos cayendo en tierra que, en su lugar, brotó esta fuente cubriendo una pequeña hondonada que formó una poza. Era tal día como hoy, solticio de verano. Hacia calor y me bañé en ella confundiéndome para siempre con el líquido, las hierbas, los pájaros, las flores, los insectos... Ningún mortal puede verme...

-  ¿Y por qué te veo yo?

-Pues verás: al sentarte bajo el almendro te vi tan triste, tan desamparado, sentí tu pena tan honda en mi, que tu dolor me traspasó como un dardo hasta el extremo de moverme, estremecida, en un baile, casi enamorado, de murmullos de agua, vuelo de pájaros y mariposas, ajetreo de hormigas y libación de abejas para curar tu abatimiento...

-  Es cierto que sentí al poco de sentarme una lasitud, un amodorramiento, un bienestar cercano al placer. Luego, extrañamente, me despierto con una sed incontenible. Y al acercarme al manantial de la fuente creí ver como un cuenco en forma de vagina que me ofrecía agua y que casi de inmediato la vasija de ofrecimiento era unas manos juntas, agrietadas y callosas...

- De tanto contemplarte, ahí, dormido a la vera del chopo, me enamoré de ti con tanta pasión como no había sentido ni cuando puse mis ojos en Taher Mudarra. Pero, desconfiada por mi anterior enamoramiento, quise comprobar si merecías mi entrega. Si tu guapura física se igualaba a tu belleza de espíritu; es decir: si eras desprendido, tolerante, si no tenías prejuicios que ataran tu voluntad, ni poseía doblez en la máscara divina de tu rostro; si no te repugnaba el contraste entre mi sexo juvenil y mis manos, callosas y agrietadas, de anciana...

Se fundieron en un abrazo y sus labios sellaron el amor para siempre. Era de noche. La luna brillaba en un cielo sin nubes. La Vía Lactea trazaba su camino lechoso en el firmamento estrellado. Se pusieron a bailar por el prado. El caballo alazán los miraba. Relinchó invitándoles a una cabalgada. Lo que hicieron perdiéndose en el horizonte. Marien dirigía el córcel hacia el pueblo que había humillado a su amado. Había fiestas. Quería que las mujeres y los hombres sintieran envidia de Beltrán de Olinos. Penetraron en el baile como una exalación. Bailaron, mirándose mutuamente, sin que les importara la gente que los contemplaba. La chica que traicionó al joven de Valdepeñas se mordía las uñas. Ellos danzaban y reían. Luego como entraron así fueron, como luna exalación, dejando a los espectadores boquiabiertos.

De vuelta a los prados de Fuente Enamorada fueron al trote, lentamente, recreándose ella en la venganza y él maravillándose de la hembra que llevaba delante, perfecta en sus formas. Sintió algo que le obligó a acariciarle los brazos y luego a abrazarla estrechándola con fuerza. Ella latió estremecida como campana tañendo. Mas cuando se apearon en el prado Beltrán de Olino sintió, otra vez, la misma sed irreprimible de antes y se acercó sediento al manantial. Ella le ofreció el agua en su vagina mas, cuando acercó los labios con ansia, con avidez, el originalísimo cuenco se ha transformado en unas manos callosas y agrietadas.

Beltrán de Olinos abre los ojos. El caballo pastaba en el prado, las vacas, echadas en el cesped, rumiaban y los pájaros, mariposas, abejas, hormigas y moscardones proseguian sus labores. El calor iba cayendo. El murmullo del arroyo le acuna acariciando su oído. ¡Qué bien se hallaba en la tarde del solsticio de verano!

Por la noche encendió las hogueras del solsticio, bebió en la bodega con los amigos, los acompañó luego en la ronda, ayudándoles mas tarde a colocar los ramos en las ventanas enrejadas de sus novias. Pero, al llegar las doce de la noche, cogió su caballo alazán, se colocó al cuello un ramo de flores, cabalgó a la luz de la luna hasta la Fuente Enamorada, depositó su regalo entre hierbas y flores del prado, cerca del manantial.

La morilla, agradecida, hizo ondular el agua y moverse la vegetación. A Beltrán de Olinos le conmovió de tal manera esto que pidió, rogó, suplicó, imploró, a la morilla que apareciera, que quería estar con ella, hacerla su esposa, que no podía vivir sin su presencia. Mas Marien, desde las aguas y por medio de flores y hierbecillas le comunicó que, desgraciadamente, ya no podía encarnarse nunca, jamás de los jamases. Entonces Beltrán de Olinos embargado por la tristeza comenzó a llorar. Y tantas y tantas lágrimas brotaron de sus ojos que se fue convirtiendo en agua. Así desapareció en el manantial de Fuente Enamorada. Su amada lo estaba esperando.

Beltrán de Olinos, el joven de Valdepeñas, hijo de Diego de Olinos, señor de ganados y buenas fanegas de sembradura, como no volviera por Valdepeñas lo dieron por muerto y fue llorado por familiares y amigos. Uno de ellos, su mejor amigo, encontró, al día siguiente, el ramo junto a la Fuente Enamorada. Y como le había contado, vivamente, Belttrán, su visión de la morilla Marien, supuso que algo había ocurrido sin que su cabeza llegara a adivinar qué. Y, desde entonces, su amigo, depositó un ramo de flores todas las noches del solsticio de verano que, por aquí, llaman noche de San Juan.

Y colorín colorado está leyenda se ha acabado.


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- Artículo realizado por José María
- Publicado el 16 de mayo de 2012

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