Las Navas del Marqués a 18 de diciembre de 2018   

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO NAVERISMOS
ANCÁ EL CENTRO CULTURAL
  Juanjo  | 4 de agosto de 2018

Faltaban veinte minutos y todo estaba preparado. Los textos, unos días antes, con correcciones de última hora, las mesas, los chicharrones del matadero de La Estación y la mistela de la Bodeguilla. El pan, del Buen Gusto, que nunca superó un servidor el cambio de nombre actual, El Horno del Marqués. Toda la vida viviendo frente a la panadería, despertando con el aroma de las barras y los panes, se va la cabeza al regusto de la infancia. Como decía Baroja, la calle era larga y olía a pan. La calle Castilla, José Antonio entonces, era larga, y alojaba en menos de treinta metros las tres tahonas del pueblo. Olía a pan, a bollas, a colines. Pues ayer, 4 de agosto, veinte minutos antes de comenzar la presentación del libro, la sala olía a pan, pero también olía a vacío. Veinte espectadores, no más, aumentaba el miedo escénico de la primera presentación, que junto con los nervios, hacía más alta si cabía la temperatura, que era mucha a pesar del aire acondicionado -si funcionaba- y de las ventanas abiertas.
Sobre las ocho, la hora prevista, la sensación era otra. Una sala abarrotada, con personas que subían por la escalera y al no encontrar sillas vacías se volvía para atrás. Comienza la función, los nervios siguen, al menos conmigo.

Un experimentado Tomás, Tomás García Yebra, Tomasín, el niño esculimao del libro de los naverismos, agarró el micro y dio paso, tras una breve intervención, a Javier Sastre, concejal de UPYD en el ayuntamiento. También estaba invitado el concejal de cultural, Roberto Esteban, pero la tarde se le complicó y no pudo asistir, aunque expresó su agradecimiento a la invitación y encargó a Javier que se disculpara por él.

Javier se nota que se ha leído el libro. Yo diría que varias veces algunas de las palabras y sus definiciones. Se recrea en el lugar de la reunión, antaño un solar vacío y con zarzas cuando en su niñez compartía estas calles junto a la casa de sus abuelos, en el barrio del Convento. Creo que a Javier, como a muchos, espero, de los que lean nuestro libro, le afloraban sentimientos y recuerdos de su más tierna infancia. Esa era la idea cuando el propio Tomás, Ana Gómez y un servidor, Juanjo Vilar, decidimos, alrededor de la mesa camilla que instalamos junto a la mesa principal como testigo imperecedero de tantas risas y discusiones, convertir en un libro, no demasiado grande, no demasiado caro, los artículos que ya habíamos volcado en el periódico ElNaviero.

Una cosa es escribir un artículo, otra muy distinta darle forma y cuerpo en un libro. Cuando en el periódico nos parecía acertada una ironía, un chascarrillo o una anécdota, para el libro lo veíamos soez, fuera de lugar. ¡Cuánto trabajo de corrección nos quedaba por hacer! Ninguno de los tres autores, cuatro contando la ayuda de otro alumno, Daniel F. Ibáñez, pensaríamos que serían dos largos años de dar vuelta, otra vuelta, la ¿ultima? vuelta, la vuelta "definitiva".

Atenazado aún por los textos, por hacer lo mejor posible mi intervención, la vista no se separaba del papel. Sé que no es lo correcto, que no comunica, lo sé. Pero no podía ni quería correr el riesgo de quedarme en blanco, por respeto a ese público, muchos amigos y familiares entre ellos. No era ese el problema de Tomás, avezado improvisador, o de Ana, nerviosa también pero más expresiva.

La segunda parte era quizás la más difícil y más temida: que el público se suelte y conecte contigo. !Pues no! En esta ocasión fue lo más fácil. Las intervenciones a micro abierto se iban sucediendo, poco a poco, aportando opiniones, palabras y orgullo navero. Orgullo de compartir una lengua con unos giros característicos que, como bien decía Jesús Pascual, Tebeo, hace falta salir de Las Navas para darte cuenta que hay palabras que solo se conocen desde Robledillo hasta el Santillo, desde el Alto del Cartagena hasta la Umbría del Valle. ¡A quién se le ocurre decir en la mili a los compañeros de cocina que eche güenratas lentejas a la cazuela!

Quedan muchas palabras en el tintero, como no podía ser de otra manera. Palabras que unos usamos con un significado y otros con otro distinto. Todos hemos tenido este tiempo una fuente fiable, de confianza, en la que hemos creído a pies juntillas. En mi caso han sido mis suegros. El barrio del Colmenar debía tener un dialecto propio dentro del lenguaje navero, porque en las comidas de los domingos, entre granos de paella y trozos de pollo, surgían palabras que jamás había oído en mi barrio de la Principal. Algunas las hemos incorporado en este libro, otras ya tendrán que esperar una nueva entrega. Todo dependerá del número de ventas, pero hasta ahora, agotada la tercera edición, esperemos que vean la luz. Al cabo cuévanos, son nuestra mejor herencia recibida, la palabra envuelta en el cariño de nuestros abuelos.


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