Las Navas del Marqués a 23 de septiembre de 2018   

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ROSA GONZÁLEZ
Triste descubrimiento
  Taller de periodismo  | 5 de septiembre de 2018

Desde que naces vives determinadas épocas: primero tu infancia, luego tu niñez, tu adolescencia y tu edad adulta, cada uno de nosotros de forma distinta. Muchos de
ellos, por desgracia, van cayendo a lo largo del camino. Los que lo superan, llegan a la vejez.
¡¡En esta época estoy yo!!
Tengo 82 años, lo que significa que soy mayor hace mucho tiempo, pero yo me he dado cuenta hace cuatro días. Cierto es que me han ido sucediendo cosillas: me insinuaban que me estaba haciendo mayor, pero yo no le daba importancia. He comentado anteriormente que precisamente hace cuatro días me he dado cuenta, de que no soy mayor, sino muy mayor.
Sabéis que tengo cuatro hijos: 43, 45, 47 y 49 años, ellos son mi vida, pero no me necesitan, están casados y tienen sus hijos: tres, uno, dos y tres hijos, por el mismo orden.
El pequeño vino hace cuatro días con sus tres hijos (mis nietos), a pasar el fin de semana, lo hace algunas veces. Le encanta Las Navas y montar en bicicleta. Carga el
coche con sus hijos, sus mochilas y su bicicleta. La abuela se ofrece a quedarse con sus nietos en el parque mientras dura su paseo; él me advierte que serán dos horas, desayunamos los cinco. Mis nietos son revoltosos y la abuela -¡a estas alturas!- se pone nerviosa El paseo en bicicleta se suspende y mi hijo decide irse con los niños a los pinos:
Yo: “Que no, hijo, vete con la bici”.
Él: “Que no, madre, que no te dejo sola con los tres niños”.
Yo: “Que no, hijo, de verdad, vete”.
Él: “Que no, madre, que no me voy”.
Al final se marchan a los pinos y yo me quedo llorando amargamente, y pensando: soy muy mayor y mi hijo no quiere que lo pase mal. Lloro más. Pienso que queriendo
a mi hijo como le quiero, me encantaría que diese su paseo en bici, pero comprendo la situación. Sigo llorando. Es lo único que sé hacer.
Soy muy mayor y los niños y sus juegos me ponen nerviosa.
Cuando regresan del paseo me llaman para que baje a tomar el aperitivo. Me dicen que se van por la tarde a Madrid. Lo comprendo y lloro más. Después de la siesta y, mientras preparan sus mochilas, sigo llorando. Bajo a despedirles y todos nos abrazamos:
Mi hijo debe pensar: qué mayor se ha hecho mi madre.
Yo pienso: qué pena no poder estar con mi hijo y disfrutar de mis nietos.
Mis nietos: no queremos verte llorar abuela.
Telmo, uno de los nietos, se quiere quedar contigo, otras veces lo ha hecho, pero me doy cuenta de que soy muy mayor. Mis planes no son para un niño de once años: desayunar con mis ocho o nueve amigas mayores, y por la tarde merienda con esas mismas amigas, siempre hablando de enfermedades.
-Telmo, este año, no tenemos perros y, parece ser, que tampoco gatos. La señora Paz se ha hecho viejecita como la abuela y le cansan los gatos. Telmo se me parte el corazón, pero no quiero eso para ti. No quiero que te quedes. Se van y lloro sin consuelo. En este momento he hecho un triste descubrimiento: al ser tan mayor, nadie me necesita gracias a Dios, ya que no les puedo ayudar en nada.
Me quedo llorando. Tomaré un paracetamol, creo que sienta bien cuando estás triste, muy triste.

Rosa


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 5 de septiembre de 2018

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