Las Navas del Marqués a 10 de diciembre de 2018   

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Jesús Novoa
KARMA
  Taller de periodismo  | 26 de septiembre de 2018

Raúl descubrió espantado lo que le aprisionaba el cuerpo. Llevaba horas sentado, sin poder moverse, con los brazos alzados en cruz, sumido en una oscuridad absoluta. No había sido capaz ni tan siguiera de flexionar los dedos de las manos. Empezaba a sentir calambres en hombros y espalda. Una tenue luz fría, como de fluorescente, empezó a brillar a su alrededor, permitiéndole observar lo que le mantenía inmóvil. Estaba envuelto en un corsé de acero, con pecho y abdomen ocultos bajo el metálico envoltorio, a modo de una grotesca conserva.
Al distinguir sus brazos, también atrapados en metal, se agitó desesperado. Escuchó tintineos metálicos; cuchilladas de dolor le atravesaron los entumecidos músculos. El resplandor aumentó de intensidad. La vista le alcanzó las manos. Tenía las muñecas trabadas por grilletes. De ellos nacían unas gruesas cadenas. Se desvanecían en la oscuridad exterior, elevadas y tensas; tal vez enganchadas más allá a alguna máquina de tortura.
La luz le permitió vislumbrar un poco más. Aparecieron los barrotes, como surgidos de una bruma sucia. Le rodeaban por todas partes. Se supo encerrado en una celda diminuta. No se advertía puerta alguna.
El corazón le latía tan fuerte que sentía el pecho golpeado por el martillo de un herrero. Gritó para pedir socorro. De su garganta tan solo surgió un rasposo gorgoteo.
Algo emergió de la oscuridad. Una fantasmal aparición se deslizaba hacia él. Sus sacudidas y lamentos se volvieron más erráticos. El espectro se detuvo, observándole de frente. Sus ojos relucían como ascuas de luz glacial. Pese a ello parecía mirarle divertido. Sonrió, mostrándole una boca colmada de caninos. Levantó la mano derecha e hizo un gesto con los dedos. Las cadenas se tensaron aún más. Raúl sintió crujir articulaciones. El padecimiento se extendió en oleadas por todo su ser. Apenas percibió el hedor de sus propias inmundicias cuando perdió el control en los esfínteres.
La fantasmal aparición husmeó. Parecía sorber el terror del prisionero con una mezcla de sorna y deleite. Le posó un dedo helado en los labios. Raúl escuchó el siseo con que le solicitaba silencio. La tensión de las cadenas aumentó. El cuerpo le chascó por dentro.
Entonces, llegaron los recuerdos.
La cara de un gato reventada con un petardo. Él y sus amigotes riendo y riendo, borrachos, mientras el animal agonizaba hasta morir.
El momento en que se cansó de Peaky, su perro, y lo arrojó al vacío desde la terraza.
Aquella vez que se encontró a un conejo herido y disfrutó de su ridículo aspecto tras mutilarle las orejas.
Recordó también el cuerpo de una ciclista sobre el asfalto, visto desde el espejo retrovisor del coche. Observó el cuadro retorcido de la bicicleta; ahora le tocaría gastar un dinero imprevisto en chapa y pintura. Apretó el acelerador con fastidio. Tras él quedó abandonado el amasijo de carne y aluminio; tendría que inventar una buena excusa para el taller.
Mendigos pateados, gritos, insultos, borracheras, robos… Las imágenes de pequeñas y grandes crueldades se apilaron sin tregua en su memoria. Sintió como suyas todas y cada una de las lágrimas que había provocado en los demás, en especial en su mujer, a ritmo de bofetadas y menosprecios. Una vana sensación de victimismo y de absoluta falta de empatía habían henchido su triste vida.
Y entonces recordó algo más. Una habitación de hospital. Él, impotente y vencido, yacía inmóvil sobre la cama. Varias máquinas gritaban una cacofonía de alarmas mientras enfermeras y médicos se afanaban a su alrededor. Descargas eléctricas le atravesaron el tórax. Después, sólo escuchó el pitido continuo con que el monitor cardíaco enfatizaba una línea recta. Su mujer y su madre lloraban en el pasillo. Nadie más lo iba a echar de menos. Fue en aquel momento cuando una negra silueta encapuchada brotó de la nada. Ejecutó un rápido movimiento de guadaña para arrancarle de su cuerpo inerte. Todo a su alrededor se desvaneció y apareció donde ahora se encontraba, envuelto en un corsé de acero, con pecho y abdomen ocultos bajo el metálico envoltorio, a modo de una grotesca conserva.
Y recordó este día que vivía ahora. Una vez. Y otra. Y otra más. El pensamiento se le llenó de un incontable número de días como aquel, que empezaban con amnésica desesperación y acababan con una abrumadora certidumbre de ciclo sin fin. Alguna fuerza inmortal impedía que su cordura cediera, que su cuerpo se rindiera.
La figura frente a él agitó una mano y desapareció. Le daba las buenas noches; le decía: hasta mañana. Quedó solo, enlatado, encerrado en una jaula sin puerta, rodeado de negrura más allá de los barrotes. Se le descoyuntaron los brazos, sintió quebrar varios huesos; pero los recuerdos dolían más, mucho más. Tenía por delante varias horas de penosa penitencia hasta que el agotamiento físico y mental lo vencieran y lo arrastraran contra su voluntad a un sueño sin descanso, lleno de pesadillas.
Y volvería él a despertar, sin memoria. Y volvería la desesperación. Y volvería la cruel figura a sonreírle. Y volvería a recordar, torturado, vacío. Y volvería la implacable figura a saciarse de sus miedos. Y volvería él a sentir como suyos todos los dolores provocados. Y entendió, una vez más, que faltaban aún mil millones de eones para que empezara a hacerse una idea aproximada de lo que puede llegar a durar la eternidad.
Jesús Novoa


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 26 de septiembre de 2018

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