Las Navas del Marqués a 13 de diciembre de 2018   

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¿TANTO CUESTA?
  Juanjo  | 14 de octubre de 2018

En la obligada visita a la fuente, a por el agua potable necesaria para la semana, generalmente en domingo, me gusta dar una vuelta por los alrededores de la Fuente Nueva, y si la hora o el tiempo lo permite, subir hasta la presa o los molinos, a ver qué tal de agua tenemos. Hoy no pintaban bien las nubes negras que nos va trayendo la borrasca que, aprovechando el vacío que va dejando la tormentilla tropical Leslie hacia el este, se van colando desde el Alto del Cartagena. A esas sí hay que tenerles más miedo, o más cariño, si lo que ansiamos es llenar la cesta de buenos níscalos o boletus.

Al coger el agua, o intentarlo al menos, había esta tarde que sumarle otra tarea añadida: cinco botellas de dos litros de Coca-Cola, una lata de cerveza, unos envoltorios de chocolate, todo ello en el pilón de la fuente.

Hay que creer en la juventud, en sus valores, en que recogerán el testigo y el ejemplo de nuestro esfuerzo, pero esa esperanza la dejaré para mañana, y también para otros, no para los (¿guarros será políticamente correcto?) insensibles ciudadanos que hoy han sembrado, como tantos fines de semana, un espacio común, un sitio tan bonito como nuestra dehesa. Envidia sana me han dado siempre estos madrileños que, apenas sacado el coche de la carretera en cuanto ven unos pinos, despliegan su mesa camping, sus sillas, la tortilla, la bebida y la sandía. Pueden estar allí horas disfrutando de los murmullos de los pájaros, del olor a naturaleza y, a la hora de recoger, se llevan las pilas cargadas y los restos de basura. Ellos son capaces de valorar algo que nosotros tenemos cada día, a mano.

Después de cargar las botellas llenas de agua, y las arrojadas a la fuente para llevarlas al contenedor de plásticos de mi barrio, cogí el coche para volver a casa. A los dos lados del camino de la presa, latas y latas de cerveza, Coca-Cola, botellas de agua, decoran el paso desde el pueblo al antiguo depósito.

Cogiendo la circunvalación detrás del campo de fútbol, volví a parar. Más de cincuenta botes dormitan en la cuneta junto a los árboles; allí a la espera quizás, de un alma caritativa que les lleve a su destino. Con el maletero lleno ya no era cuestión de descargarlo y volver con bolsas de basura a recoger la mierda de otros, que heredamos todos por la mala conciencia. Quizás otro día me anime, como ya algunas personas lo están haciendo, que me consta, hasta que, aburridas, lo dejan semanas más tarde.

¿Costará tanto devolver a la bolsa de plástico, ya vacías, aquello que nos hemos traído al campo lleno? Pesa bastante menos. Nuestros mayores nos han donado el esfuerzo de todo lo que vemos a nuestro alrededor: la dehesa, nuestros pinares.

¿No somos capaces, si no de construir algo positivo también nosotros, de al menos no deteriorarlo?


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