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TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA
ASCENSOR A LA CIMA
  Taller de periodismo  | 14 de noviembre de 2018

- Lo siento, hemos perdido. –Lorena, mi jefa de campaña, a duras penas contenía las lágrimas al darme la noticia.
- ¿Por mucho? –acerté a preguntar con un leve temblor en la voz.
- Por un solo voto.
- ¡No me jodas, Lorena! ¡Votaban 98.000 afiliados, no es posible!

Pues no sólo era posible sino que sucedió. Las encuestas de mi equipo me otorgaban la víspera una ventaja no inferior a 8.000 votos. Algo no cuadraba. Sólo había dos posibilidades: o una rebelión masiva de los afiliados que, dado mi perfil de renovador no parecía posible, o una traición de varios barones territoriales.

- Bueno, Juan, ya sabes que las normas del partido establecen que ganador y perdedor tenéis que comparecer juntos ante la prensa -me recordó Lorena.
Traté de resistirme, pero en vano. Era cierto que el nuevo reglamento electoral lo exigía; así lo había establecido Javier López, nuestro líder histórico. Javier había ejercido un liderazgo carismático en el partido y en el país durante cuatro legislaturas, pero la dura derrota sufrida el invierno pasado le había obligado a dar un paso atrás e iniciar una renovación de la jefatura del partido convocando primarias.

Lorena me dio unos últimos consejos antes de acudir a la rueda de prensa. Tras recibir su ánimo y el del resto del equipo, me dirigí al ascensor para bajar al salón de actos y, mira tú por donde, al abrirse la puerta estaba dentro Laura Pitillas, la flamante triunfadora. Tras un instante de dudas, y haciendo de tripas corazón, entré. Intercambiamos unas forzadas sonrisas mientras las puertas se cerraban.
- Felicidades Laura –le dije sin excesivo énfasis, mientras le besaba en las mejillas.
De repente, el ascensor se paró en seco, haciéndonos tambalear. Las luces parpadearon, pero afortunadamente no se apagaron. Nos miramos incrédulos; yo maldecía mi suerte y seguro que ella estaba haciendo lo mismo. Pasados unos momentos en los que ni el ascensor reanudaba su marcha ni las puertas se abrían, decidimos apretar el botón de alarma. Sonaron unos pitidos, una voz contestó a nuestra llamada, y nos aseguró que en unos minutos acudiría el servicio de asistencia técnica 24 horas, tras lo cual se despidió dándonos las gracias por haber confiado en su empresa para instalar los ascensores de la sede central del partido; todo muy profesional.

Laura y yo nos miramos algo nerviosos. Resultaba evidente que los dos odiábamos tener que aparecer juntos en aquella maldita rueda de prensa conjunta, y ya no digamos quedar atrapados en aquel ascensor. Al principio nos resistimos a hablar, con la secreta esperanza de que la avería se solucionaría en poco tiempo, pero los minutos pasaban y nada sucedía, por lo que finalmente nos sentimos obligados a hablar en lo que resultó una conversación de frases cortas y silencios largos.
- Una gran campaña Laura, habéis logrado una victoria que ni vosotros esperabais.
- Ni vosotros -me contestó igualando la malicia de mi pregunta.

Yo no podía quitarme de la cabeza la idea de la traición. Mentalmente repasé a los diferentes líderes territoriales tratando de identificar a los desleales. Once de las diecisiete federaciones me habían garantizado su apoyo, incluyendo Madrid, Andalucía y Cataluña, que tenían la afiliación más numerosa del partido. Quedaba descartada una revuelta de las bases pues, aunque Laura era tan joven como yo, todo el mundo conocía sus vínculos con la dirección saliente. No cabía duda, Javier había movido sus hilos para hacerme la cama. Lo que no me cuadraba era que el líder ya en funciones, había tenido fuertes enfrentamientos con la dirigencia territorial antes de ceder y convocar las primarias; aquel mal bicho debía de haber recompuesto sus relaciones al menos con algunos de ellos. Las mayores diferencias entre las encuestas y los resultados finales se habían dado en Madrid y Andalucía, federaciones ambas con tantos cargos públicos como escándalos de corrupción; allí debía estar la clave de lo sucedido.

- Bueno ¿ahora nombrarás una ejecutiva de integración, verdad? Cada uno tenemos a la mitad del partido detrás –le pregunté tratando de adivinar sus intenciones.
- Ya lo iremos viendo –eludió mi respuesta-; ha sido todo tan rápido y emocionante que no he tenido tiempo de pensar en ello.

Tan escurridiza como siempre. Sonreí al recordar los tiempos, ya lejanos, en que habíamos salido juntos. Lo pasamos bien en aquella época. Nos habíamos conocido en las juventudes del partido, cuando apenas comenzábamos nuestras carreras en la política. Nos entendíamos en lo político y en lo otro, y durante tres años fuimos inseparables; el mismísimo Javier nos había dado sus bendiciones políticas y matrimoniales. Sin embargo, al final nuestra relación no cuajó y seguimos vías divergentes en lo privado y después en lo político. Laura utilizó sus indudables dotes de comunicadora para ir ascendiendo en la estructura del partido, a la vez que ganaba la alcaldía de Torrelaguna. Poco a poco fue alineándose con el sector oficial del Javierismo. Yo, en cambio, percibí la esclerotización del partido, su creciente hundimiento en el lodazal de la corrupción, por lo que fui entrando en contacto con algunos jóvenes cargos intermedios y locales del partido, buscando crear una corriente renovadora que estuviera preparada para el momento en que el creciente deterioro del partido le llevase a la pérdida del poder.

Disimuladamente repasé el físico de Laura, ¡¡todavía estaba buena la cabrona!! Había sido una pena que lo nuestro no hubiera fructificado. A mí, en cambio, la cerveza se me estaba almacenando en la cintura de forma cada vez más ostentosa; tenía que empezar a cuidarme.

- Pero bueno ¿Qué pasa, es que no van sacarnos nunca? –rezongó Laura. En efecto, ya llevábamos tres cuartos de hora encerrados y no se escuchaba nada.
- Ya ves, parece que vamos a tener que empezar a pactar aquí mismo –dije entre bromas y veras.

Laura me fulminó con la mirada, pero tuvo la suficiente presencia de ánimo como para contenerse. Pareció recapacitar por unos instantes, hasta que se le puso ese brillo en los ojos que también conocía yo, y que no era precisamente de deseo.

- Está bien, te ofrezco un 20% de los puestos en la ejecutiva y una vicesecretaría.
- ¡No fastidies, Laura! No acepto nada por debajo del 50% y la vicepresidencia del partido- dije de forma abrupta.
- ¡Ni hablar! –replicó con el rostro cada vez más congestionado- siempre has sido un abusón.
- ¿Cómo? –pregunté tan sorprendido como dolido.
- No finjas que no te acuerdas, cuando salíamos los dos teníamos el mismo sueldo, pero siempre terminaba pagando yo la cena porque tú nunca llevabas suficiente dinero en la cartera y, claro, se te olvidaba la tarjeta en casa ¿Y sabes una cosa? Que se acabó, que ya no soy la chica pardilla de entonces. ¡Te ofrezco el 30% y ni un puesto más!
- Pues si yo era un abusón, tú eras una vampiresa. Jamás pagaste una entrada de cine ni un taxi ¡El 40% y ni uno menos!
- ¡Hecho, pero nada de vicepresidencias! –cerró Laura el trato.

Me pasé el pañuelo por la frente; hasta ahora no había reparado en que, en el fragor de la discusión, el sudor me caía por la cara y me estaba mojando la camisa. En ese momento el ascensor vibró y se puso en marcha de nuevo con suavidad. Instantes después llegamos a la planta baja y se abrieron las puertas. Nada más salir vi al técnico de los ascensores, quien al verme sudado y con la chaqueta en la mano me guiñó un ojo.

- Qué, jefe, parece que el encierro no ha sido tan terrible, ¿verdad? –Estaba a punto de afearle su impertinencia cuando me di cuenta de que estábamos rodeados de periodistas y cámaras que sonreían con malicia. Miré a Laura y reparé en que ella también estaba sudada y acalorada; era evidente que nos iban a freír a memes. Agarré a Laura por el brazo para salir de aquel embrollo e iniciar la maldita rueda de prensa, pero unos hombres de gesto adusto se interpusieron en nuestro camino hacia el salón de actos.

- ¿Es usted Juan López Negrete? –me preguntó el que parecía llevar la voz cantante.
- Sí.
- ¿Y usted, Laura Clavijo Fuentes?
- Sí.

El hombre sacó una cartera de un bolsillo de su chaqueta y nos mostró una placa de identificación de la policía.

- Soy el comisario Julián Cerrillos, de la policía judicial. Traigo una orden firmada por el juez. Quedan ustedes detenidos por malversación de caudales públicos, cohecho, prevaricación y tráfico de influencias. –Se volvió a sus compañeros y les ordenó que se incautasen de nuestros ordenadores.

Me quedé helado, casi hipnotizado contemplando aquella placa policial.
Las preguntas y los flashes de los periodistas nos acosaron mientras éramos conducidos a los coches de la policía. En el último momento, cuando nos iban a separar para introducirnos en coches diferentes, sentí como la mano de Laura apretaba la mía. Nos miramos a los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, volvimos a sentirnos cómplices.

Fernando Jiménez de la Hera


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 14 de noviembre de 2018

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