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TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA
AMIGOS
   | 24 de noviembre de 2018

Hallábase Larra en el café del Príncipe. Encontrábase sentado en una silla de la tertulia El Parnasillo cuando vio aparecer a su grupo amigos. Estos eran Patricio de la Escosura, Ventura de la Vega, José de Espronceda, Mesonero Romanos y Juan de la Pezuela.
Aquella tarde, después de trasegar unos chatos de vino, decidieron entregarse al juego de la sinceridad. Consistía el tal juego en buscar una excusa –política, amigos, mujeres…- con el fin de dar rienda suelta a sus privilegiadas entendederas.
El asunto escogido, aquel día, fue el de la amistad.
Chistó Espronceda al camarero y le pidió recado de escribir. A continuación mojó la pluma en el tintero y redactó unas líneas. Dobló la media cuartilla y la introdujo en un sombrero de copa. Esta misma operación la fueron realizando el resto de amigos.
Cuando hubieron concluido, Espronceda chistó de nuevo a Bautista para que leyera alto y claro los anónimos pensamientos. El camarero, que había aprendido a leer en El Español, aclaró la garganta con un buche de aguardiente, desdobló una de las medias cuartillas y leyó en perfecta dicción:

Siempre encontrarás
amigos
que te inviten a una raya de coca.
Jamás encontrarás
a nadie
que te invite a ser Leonardo da Vinci.

Los seis amigos se levantaron de sus asientos y comenzaron a aplaudir. También aplaudió Bautista, quien se apresuró a extraer otra media cuartilla. La desdobló y leyó el contenido:

Una experiencia excitante es escalar el Aconcagua.
Otra, acostarte con la mujer de tu mejor amigo.
Si, además,
ese amigo es el que te acompañó al Aconcagua,
la excitación aumenta.

Se volvieron a levantar los seis para vitorear el poema. Incluso lo aclamaron con más pasión que el anterior.
Bautista desdobló un nuevo papel, miró al grupo por encima de sus anteojos, bajó la vista y leyó:

Nunca le confiemos
a nuestros amigos
un secreto que nos pueda debilitar.
Tarde o temprano
-siempre con disimulo-
lo utilizarán para situarse
en una posición de preeminencia
sobre ti.

Otra salva de aplausos se oyó en El Parnasillo. Tras beber un trago de tinto de Yepes, Bautista cogió el cuarto papel del sombrero de copa.

Si paseas por Madrid
con un amigo
poseerás dos tesoros:
Madrid y el amigo.

Todos volvieron la cara hacia Mesonero Romanos. La pitada fue ensordecedora. Bautista dejó el papel sobre la mesa, se introdujo dos dedos en la boca y silbó de forma chusca y barriobajera. Mesonero se puso rojo, sobre todo cuando vio a Bautista reírse delante de sus barbas, pero acató disciplinadamente el veredicto.

El quinto poema leído por Bautista decía lo siguiente:

Si tienes una novia bella
y te envían a la guerra
tus mejores amigos
tantearán el terreno
para ver si hay alguna posibilidad
de encamarse con ella.

Nada más leer el poema, Juan de la Pezuela comenzó a reírse de manera compulsiva. Al principio contagió a los demás, pero el escritor limeño no pudo parar. Siguió riendo y riendo hasta que se le paró el corazón.
A la mañana siguiente, en el cementerio de Fuencarral, sus amigos –destrozados- rodearon el féretro.
Larra, Escosura y Espronceda se fijaron en las medias y pantorrillas de la viuda. Si había que consolarla, ellos, sin duda, serían los primeros en dar el paso.
En esto se oyó un ruido. Saltó la tapa del ataúd y apareció la cabeza y el mostacho de Pezuela.
Los allí presentes se sobresaltaron.
-Falta media cuartilla por leer –dijo el militar isabelino.
Pezuela se la entregó a Bautista, quien también había acudido al sepelio. El camarero de El Parnasillo se puso las antiparras, desdobló el papel y leyó:

Nunca des lástima
a tus amigos
Nunca les cuentes
tus penas.
Que los entretenga
y deleite
su puta madre.

Incrédulos y atemorizados, a los cinco amigos se les congeló el rostro.
Bautista apoyó la media cuartilla sobre la tapa del féretro y comenzó a aplaudir.
Larra, Espronceda, Mesonero, Ventura de la Vega y Patricio de la Escosura miraron a Bautista. Luego dieron un paso hasta la fosa, hicieron corro, se les empezó a hinchar los carrillos hasta que estallaron en una homérica carcajada.
-¡Hombres! –bufó la viuda.
Juan de la Pezuela se levantó del féretro e hizo una reverencia en señal de agradecimiento. Seguidamente se acomodó en el mullido terciopelo y ordenó a Bautista que le cubriera de nuevo con la tapa.
Los cinco amigos continuaban desternillados de la risa. A Pezuela también se le oía reírse.
-¡Son insoportables! –bramó la viuda (o ex viuda) agarrándose al brazo de una amiga.
-No están en este mundo – apostilló Fernandita, de riguroso luto, al igual que la ex viuda de Pezuela. Seguidamente elevó la vista al cielo y suspiró-. ¿Por qué nos tendrán que gustar los hombres? -se preguntó con congoja-. Dicen que la Naturaleza es sabia; será sabia para ella, porque lo que es para nosotras... ¡Vamos, ni regalados!
Agarró el misal con fuerza y añadió:
¡Que los engendre y alumbre la Naturaleza! ¡No te jeringa!
-¡Ni siquiera! ¡Que los dejen bajo tierra! -zanjó la viuda (o ex viuda).
Y, cogidas del brazo, salieron muy ufanas por la puerta oeste del cementerio de Fuencarral.

El Caballero Audaz


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- Publicado el 24 de noviembre de 2018

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