Las Navas del Marqués a 13 de diciembre de 2018   

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CRISTINA HERNÁNDEZ
EL JUEGO
   | 30 de noviembre de 2018

La última vez que estuvo conmigo salió por la puerta con la piel y la ropa amadas. Me dio un beso corto. Me dedicó una sonrisa de carpa de circo y no la vi más.

Durante los dos años siguientes me vino a visitar soledad con minúscula. Ocupó los espacios vacíos. Todos. Al principio nos divertimos. Yo le facilité las cosas: un hueco en el armario junto a mi ropa, un par de estantes en la nevera, los cojines más mullidos del sofá. Con el tiempo se fue adueñando de los metros cuadrados de mi casa y de mí. Se convirtió en una compañera perfeccionista, castrante, exigente y autoritaria. Impuso el silencio, el orden extremo y la antipatía. Se me empezó hacer cuesta arriba vivir con ella. No nos reíamos. No comentábamos las películas. Boicoteaba cualquier intento mío por relacionarme con el exterior.

Una noche, harto de su tiranía, le conté la historia de cuando fui un famoso mago; le propuse sorprenderla. Me extrañó que aceptase dada su falta de gracia para todo.
Entre los dos preparamos el salón para una función improvisada; luces, música, incienso y yo con mis mejores galas. Ella se vistió para la ocasión; he de reconocer que jamás soledad con minúscula me había parecido hermosa, pero aquella noche lo estaba; su vestido de gasa morado, el pelo recogido en un pequeño moño, un poco de maquillaje, un aire suave de perfume y una fina sonrisa por primera vez en los labios. Hubiera sido capaz de enamorarme.

Abrí la actuación con un juego de pañuelos, algo sencillo; la obsequié con uno. Continué con bocanadas de fuego, cuerdas que se convertían en serpientes, ramilletes de flores en las mangas y palomas que se esfumaban dejando tras de si una estela de colores. Finalmente llegó el número estrella; su entusiasmo era contagioso. Para que el espectáculo quedase redondo pedí su colaboración. Ella, que admiraba la escena sentada frente a mí, se levantó en un acto ceremonioso de reina de función de colegio. Ya desde el escenario la pedí que se tumbase entre dos sillas. Retiré cuidadosamente una de ellas, dejando sus piernas suspendidas en el aire. Aparté la otra con el mismo cuidado y quedó flotando como una medusa en el agua. Saqué de mi chistera una tela de seda azul; la ondulé sobre su cuerpo con un gesto teatral, la dejé caer sobre ella, y con un rápido y majestuoso tirón del lienzo azul, la hice desaparecer.

Cristina Hernández


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- Publicado el 30 de noviembre de 2018

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