Las Navas del Marqués a 17 de octubre de 2019   

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ISABEL MARGUERIE
Mis novios y sus acentos sexuales
  Taller de periodismo  | 27 de diciembre de 2018

¿Qué hago aquí si no me entero de nada?
Muy buena pregunta: por cosas del azar, que siempre se esconde en palabras y hechos supuestamente anodinos, pero que reconducen nuestro futuro. En mi caso, el destino jugó sus cartas bailando en cada acento de los hombres que tuvieron la osadía y desfachatez de abandonarme, como se dejan los últimos sorbos de una copa aguada. En cada acento dejé algo de mí misma, pero acerqué mis pasos a mi punto de partida actual.

Todo comenzó un cinco de septiembre de 2005. Por aquellos días yo estrenaba mi mayoría de edad, presumía de 47 kg bien repartidos y escotes más falsos que Judas Iscariote. Además, pensaba, ilusa de mí, que me comería el mundo. Ese mismo día me di cuenta de que el mundo iba a engullirme.

Como tantas otras tardes de aquel verano, había quedado con Manu, el arquetipo de chico perfecto y sublime según las convicciones de mis padres. Jugaba al baloncesto, favorecido por su 1,98 m y su ancha espalda. Llevaba el pelo casi rapado, castaño, del mismo tono que sus rasgados ojos. Le encantaba salir del fiesta al ritmo de Los Delincuentes y desabrocharse la camisa cuando iba por el tercer ron con cocacola.
En pocas semanas entraría en la Facultad de Derecho, supuestamente para convertirse en un abogado de renombre y prestigio, salvar a los necesitados y encumbrarse como salvador supremo de la Audiencia Nacional. Sin embargo, bien sabía yo que él ansiaba novatadas y fiesta. Era zalamero y a mi madre le encantaba el desparpajo con el que le decía que cada día estaba más guapa y joven. Porque sí, no se me ocurrió mejor idea que presentárselo a mis padres.

Aquella tarde habíamos quedado en la Plaza de la Trinidad. Le encontré en la esquina de siempre. Llevaba su camisa blanca con rayas azules, perfectamente planchada por su madre, metida dentro de sus vaqueros desgastados, dejando premeditadamente una esquina por fuera. Me abalancé sobre él, intentando inútilmente alcanzar su cuello, como una leona en celo, pero él me cortó en lo que comenzó con mi primer “tenemos que hablar”:

-  Hoy vienes tú mú bonica, esto me va a costá más que de lo que pensaba, así que, por favó, dame una chispitilla pa’ que tenga el valor de contarte todo lo que tengo en la cabeza -conforme iba hablando su acento del Barrio el Zaidín se me antojaba como el sonido chirriante de un tenedor chocando contra los platos. Parecía un aspirante a ventrilocuo, abriendo poco la boca y gesticulando mucho con los brazos -qué cosa me da decirte esto, tú...
-  ¿Qué sucede?
-  Cohones, te he pedido que me dejes hablar. A ver, que este verano lo he pasado genial contigo, me he pegado una pechá de reí enorme, tú eres una schavala mu simpática y guapa, pero no podemos seguir juntos.
En ese preciso instante, sentí que el suelo se abría y yo me precipitaba de forma vertiginosa al mismo vacío en el que él enterraba las eses y las erres. Una lágrima se fugó de mi ojo derecho en un intento desesperado de suicidio.
-  Compae, ¿qué polla te pasa?.
-  ¿Qué polla me pasa? ¡Que me está dejando!
-  Perdón, estoy enhortao y no sé ni qué decirte. Solo que tú te vas a Madrid en una semana y yo me quedo en Graná. Somos jóvenes, y vamos a conocer a muscha gente. Esto es lo mejor.
-  ¿Lo mejor para quién? Para ti que vas a poder ligar con todo lo que pilles.
-  Vamos, me dirá que tú no quieres hacer lo mismo. ‘No ni ná’. Mira, Lucía, lo dicho, te tengo mucho cariño pero esto es lo mejor. Ya lo entenderás -su tono paternalista y condescendiente me sentó como una patada en el estómago en un domingo de resaca.

Por suerte, me di cuenta rápido de que aquellos 90 kg de testosterona no merecían la pena. Por desgracia, con él perdí la virginidad y lo que es peor, la inocencia.

Efectivamente me mudé a Madrid, adentrándome en el universo castizo, donde olvidar una erre estaba sancionado con una mala mirada y omitir una ese suponía juicio y escarnio de algunos que se creían sobrinos directos de Cervantes o eran aspirantes a entrar en la Real Academia y nunca me lo llegaron a contar.

Después de varias lecciones con el logopeda, noches de `calimocho’, besos insípidos y tardes de risas con una amiga canaria y otra gallega, tomé dos determinaciones: una, no avergonzarme de mi acento, y dos: no volverme a enamorar.

La primera la cumplí a rajatabla, pero la segunda se convirtió en un propósito tan poco fidedigno como empezar el gimnasio el dos de enero: en cuanto conocí a Jaime me rendí ante su potente perfume, que recordaba a madera mojada, sus camisetas raídas y sus abdominales marcados. Su tez era blanca, sus ojos verdes y grandes, sus labios carnosos y su nariz parecía dibujada por un arquitecto. Mis amigas lo llamaban el Ken aunque yo prefería denominarlo Míster Photoshop, porque alguien tan atractivo no podía estar hecho de otra forma que con un programa de diseño. Vivía cerca de Malasaña y se vanagloriaba de no ser un pijo relamido de Salamanca. No quería percatarse de que el barrio moderno de la ciudad en sus garitos cutres albergaba a toda clase de niños de papás disfrazados con estilo de nuevos alternativos.

Tras muchos conciertos, besos apasionados y amargas decepciones, ahí estaba yo de nuevo, esta vez un nueve de diciembre, en distinta ciudad, con distinto acento pero con mismo principio, “tenemos que hablar”

En esa ocasión, la letanía de excusas comenzó con frases que se alargaban. Jaime estiraba las primeras sílabas de cada palabra, y cuando me hablaba, parecía que llamaba a una cabra.

-  Troooonca, ejjjj que hace mazo que no estamos bien. Al principio todo era debuti contigo, ¿entiendes? Pero ahora es un canteo lo que discutimos. No tenemos aficiones ni amigos en común. Tú vas a terminar la carrera y quieres mudarte. Yo ahora mismo estoy atascado y no sé que quiero en mi vida.
-  Claro, y eso es excusa para que me hayas puesto unos cuernos tan grandes que parezco el padre de Bambi.
-  No digas eso. No lo pude evitar. Ya ‘la’ dije que tenía novia, la conté que no estábamos bien y la insistí que no quería hacerte daño. Pero mis colegas se empeñaron, yo estaba bebido y soy joven.
-  ¿Esa es tu maldita excusa? ¿Eres joven y tus colegas te incitaron? Mira, lo que peor me sienta de todo es tu maldito laísmo. No sé si podría perdonar tu infidelidad, pero lo que no puedo aguantar es escuchar tu la dije y la conté.
-  Trooooonch.
-  Que no me llames troooonch ni tronca, que pareces un garrulo. Vas de progre ilustrado y no sabes ni lo que es un complemento directo.
-  Me piro. Tú sí que tienes un mal hablar peor que tu mala follá granaina.
-  No, tú no te vas a ninguna parte. Ahora te vas a enterar, yo también he conocido a alguien.
-  ¿Qué me estás contando? ¡¿Quién es que le meto en cero coma?!
-  Tú no le vas a meter a nadie nada. Es mentira, solo te lo he dicho para que sepas por cinco segundos lo que creo que voy a sentir toda la vida.
-  Mira, ¿de qué vas tía? Me piro. Paso de movidas contigo.
Y esa fue la última discusión con Jaime. Con él perdí la cordura durante meses y el amor propio.

Tras esto me teñí el pelo, terminé la carrera y empecé mi primer trabajo serio. Y no tuve mejor idea que embobarme con mi jefe. Me eclipsó su abundante melena peinada de lado, por la que mi padre hubiera dado hasta su coche, su cuerpo enjuto y sus facciones marcadas. Su estilo desprendía soberbia y culminaba con sus iniciales inscritas en sus camisas de cuadros. Lo que más me gustaba era su voz, que recordaba al ronroneo de un gato acurrucado en tus piernas un domingo lluvioso. Sin embargo, su forma de expresarse era otro tema. De hecho, como la experiencia es sabia, el affair duró un respiro, lo suficiente como para escucharle en una reunión hacerse el experto del marketing intercalando anglicismos con una soltura que hubiera ansiado hasta Steve Jobs.

-  Equipo, nos acercamos al deadline para la entrega de la propuesta. Vamos fenomenal, y estoy muy contento con nuestro trabajo. Pero necesito ASAP tener el borrador del documento hecho para repasarlo.
-  ¿Qué es ASAP? Preguntó el chico nuevo.
-  Oh, sorry, ASAP es as soon as posible, o sea, que lo necesito cuanto antes. Lo ideal sería tenerlo antes del viernes, ¿saaaes?
-  Pero el viernes es pasado mañana.
-  Lo sé, pero este proyecto es muy importante. Si lo conseguimos, tendremos nuevas propuestas sobre la mesa y seremos la agencia más top de Madrid. Es ideal trabajar en equipo y seguro que haciéndolo podremos tenerlo el jueves por la tarde. ¡Será fenomenal para todos!

Esa misma tarde, un dos de febrero, dejé a mi jefe en todos los aspectos posibles. Por una vez fui yo la que triunfante, dijo esas tres palabras mágicas que perturban hasta a los corazones más impasibles: Tenemos que hablar.

Y así volví a empezar demasiadas veces, pasé de ser la hermosa de un toledano, la pisha de un gaditano, el arma de un sevillano y la riquiña de un gallego. Escuché esas palabras torturadoras del inicio del final en una mezcolanza de pronunciaciones, con carencias de eses, erres, jotas, y cetas. Finalmente, hastiada de acentos peninsulares y sin verlo venir, conocí a Vincent (o “Banzai”, si le preguntas a mi madre). Él rompió todos los esquemas de lo que mi supuesta cuadriculada vida. Un francés, que aprendió español en Murcia con su novia italiana.

Así que ahora estoy en París, le he comentado que estoy entusiasmada de estar en la ciudad del “amogt” lo que le ha provocado una tremenda carcajada.
-  Acabas de decir que es la ciudad de la muerte. Amor se dice “amug”.

Y es que en estos años he aprendido que da igual si se dice “Primar” o “Praimark”, que los laísmos son cuchilladas a los tímpanos, que las rupturas duelen igual ya vengan del norte o del sur y que los fracasos sexuales no entienden de sílabas tónicas.

Por cierto, Vincent me acaba de decir que tenemos que hablar y ha sacado un anillo de pedida.

Isabel Marguerie


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 27 de diciembre de 2018

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