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TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA
FUSIÓN SEGOVIANA
  Taller de periodismo  | 30 de enero de 2019

Queridos lectores, hemos escogido para la crítica gastronómica de hoy el restaurante Los Gañanes Fusión, sito en la Calle Alamillo, muy cerca del Acueducto de Segovia. El local, más coqueto que amplio, parece invitar más a las confidencias que a los placeres de la mesa, pero la decoración, obra del estudio de interiorismo Zamorano & Partners, tiene un estilo diner que hará las delicias de los foodies amantes de Tokio.

La carta, obra de los afamados chefs hermanos Pocillos, nos ofrece una innovadora propuesta consistente en una atrevida actualización de la cocina tradicional de la Sierra de Guadarrama, fusionada con algunas de las recetas más populares de la cocina japonesa, siempre sin perder de vista que el producto es el verdadero protagonista. El resultado es un original y suculento mestizaje. Nosotros elegimos unos entrantes variados plenos de fantasía y buen gusto. Comenzamos con una sopa de miso con wakame y bolitas de morcilla de burgos. El contraste entre la ligereza marina de las algas y la solidez terrestre de la morcilla fue delicioso. A continuación degustamos un revuelto de setas shiitake con ajetes y torreznos pleno de matices cromáticos entre el amarillo del huevo, el verde de los ajetes y los tonos partos de las setas y del manjar porcino soriano; todo un canto al mestizaje. Después nos sirvieron unas mollejas de cordero condimentadas con wasabi y espuma de anacardos, cuyos hondos aromas nos transportaron a una imaginaria pagoda con vistas a los pinares de Valsaín. Tras este sabroso y original picoteo, como plato principal nos decantamos por la propuesta estrella de los hermanos Pocillos: el tostón teriyaki. El acierto fue pleno. La piel churruscada del cochinillo daba testimonio de la perfección del asado, mientras que los aromas que salían de la fuente de barro maridaban la fragancia de monte del tomillo con los dulces efluvios de la salsa teriyaki; el mojado del pan en la salsa fue una experiencia mística, a mitad de camino del cristianismo y el sintoísmo. Conscientes de la creciente demanda de una cocina más sana y ligera, los chefs presentan su plato estrella en porciones de 100, 125 ó 150 gramos, según el mayor o menor apetito de los comensales. De postre, y como no podía ser de otra manera en este restaurante, disfrutamos de una deliciosa tarta de arroz basmati con una original presentación sobre una base de ponche segoviano, con melocotones en almíbar y pétalos de crisantemo por encima; los diferentes matices de dulce se combinan en el paladar, dando lugar a una explosión de placer nada recatada.

Para acompañar todos estos manjares, el sumiller, Paco Blanco, que sabe leer al comensal como pocos, ofrece una sólida carta con más de cuarenta caldos. Nosotros escogimos un tinto Ribera de Duero “Pago Cabezón”, con uva tinta cabernet-sauvignon, con matices afrutados a melocotón en la boca, y un hondo y chispeante aroma a canela. Como colofón, los dueños del local quisieron recompensar nuestro saque con unos bellísimos vasitos de sake artesano que pusieron digno punto y final a nuestra comida.

Nuestra valoración es de 4’5 sobre 5.

Ambiente: bueno.

Servicio: atento y eficaz.

Comida: original y muy rica.

Relación calidad/precio: aunque las raciones podrían parecer escasas para el precio, compartimos plenamente la idea de los dueños de que para comer bien no hace falta terminar al borde de una indigestión, como tantos de nuestros conciudadanos parecen pensar.

Precio medio: 70 euros.

¡¡Que los disfrutéis!!

Virginia al Punto


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 30 de enero de 2019

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