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TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA
VARIACIONES SOBRE UNA ESTACIÓN
  Taller de periodismo  | 9 de marzo de 2019

El número final

París, 1910. Sesión final. El último pase del gran Mathieu antes de su muerte fue extraordinario. Se abrió el telón. En el escenario, la locomotora con tres vagones protagonista durante más de dos años en el teatro se despedía de su público.

Mathieu había anunciado que aquel último pase sería culminante; un final digno de un genio que se retiraba definitivamente del mundo.

Mathie, disfrazado de maquinista, bajó los escalones que le acercaban a los espectadores. Recorrió el patio de butacas saludando al público, que reía divertido. Invitó a subir al escenario a la primera fila y los acomodó en los vagones. Hizo lo mismo con el resto excepto con la última fila.

- Sin testigos no hay número; alguien tiene que aplaudir -dijo el genio. Trazó una magistral reverencia en el aire con su gorra, se subió a la locomotora y la puso en marcha. Algunos viajeros bailaban sus pañuelos desde las ventanas, otros cantaban, los más arriesgados saltaban de un vagón a otro; parecían niños en un parque de atracciones. La máquina de vapor hizo sonar su bocina, echó bocanadas grises, traspasó el paisaje pintado del telón de fondo y se llevó por delante los árboles de atrezo desapareciendo ante los incrédulos ojos de la séptima fila.

Nadie aplaudió.

El silencio se adueñó de la sala.

La locomotora no regresó, ni sus ocupantes, ni Mathieu.

Cristina Hernández

El exiliado

Cuando se abrió el telón del escenario, Carlos quedó deslumbrado. El decorado de la estación de tren era igual al de la de su pueblo. En él se veía un joven despidiéndose de sus padres y de una chica joven momentos antes de la partida del tren. Intentó reponerse y concentrarse en la obra teatral, pero fue imposible. Una vez tras otra le venían a la mente las imágenes de su último día en su pueblo, Almendralejo. Era una mañana nublada y fría de otoño cuando se despidió de su familia en el andén, con una maleta mediana por todo futuro, y por pasado una multitud de recuerdos que estaba a punto de dejar atrás y que se condensaban en los rostros de sus padres y su hermana. El desgarro de la despedida superaba con creces a todo lo que se estaba representando aquella noche en el teatro, y sin embargo, ahora en su palco privado del Teatro Real de Madrid, se sintió confortado recordando las felicitaciones navideñas de toda aquella gentuza que le había acosado a él y a su familia hasta obligarle a partir.

¡Qué gran cosa era ser ministro!

Fernando Jiménez de la Hera


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 9 de marzo de 2019

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