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Dominik
Arco
  Taller de periodismo  | 27 de abril de 2019

La semana pasada fui a visitar la famosa feria de arte contemporáneo. Tenía mucha ilusión porque contemplar creaciones artísticas llena los ojos y las emociones.

Llegué con mi esposo y tuvimos la suerte de estar acompañados de un profesional: el director de Chrisbys. Este señor nos explicó todo detalladamente, pero desde el principio noté que solo tenía un propósito: vender.

El paseo por este inmenso y luminoso lugar fui muy agradable, aunque percibí que algo curioso ocurría: el fanático director contaba que “el arte se nota que es arte porque ahí está el aliento de Dios”. Al escuchar estas palabras abrí bien los ojos. Miraba con atención a todas partes, pero ni Dios ni su aliento aparecían por ningún lado.

De unos clavos roñosos, incrustados en una pared, colgaban pedazos de plástico blanco. Un poco más allá, cajas de plástico con lechugas: por una de las lechugas corría una alegre lombriz. Le pregunté al director de Chrisbys si la lombriz formaba parte del proceso artístico de la obra. Me miró como si no hubiese escuchado la pregunta. Se lo volví a preguntar. Entonces me volvió a mirar, esta vez sonriente, como si le hubiese preguntado una memez.

Continuamos el recorrido.

Una escalera de hierro, en sus peldaños se amontonaban viejos zapatos.

Globos de niño flotando en una habitación (los globos y los niños).

Una ducha que no daba agua; la alcachofa había sido sustituida por un bozal.

Le dije al director que deseaba comprar algunas obras para mi colección. “¿Hay algún artista emergente?”, pregunté. El director me miró con mucho interés. “Sí, hay un pintor, Banquisi, que trabaja calaveras con luces que se apagan y se encienden”. “¿Es bueno?”, indagué. “Supongo -respondió-. Varios críticos han escrito estupendas reseñas; primero compraron obra suya y luego publicaron las reseñas”. “¿Usted ha comprado alguna calavera de ese artista?”. “Cuatro... A lo mejor me animo y compro alguna más”.

Fuimos al stand de las calaveras. Después de observar la oferta apunté con el dedo a una de color morado.

- Aquella, sin duda. Hace juego con las cortinas de mi salón.

El director, muy obsequioso, hizo una seña al galerista.

- ¿La embalamos y se la llevamos a casa? -preguntó el galerista con voz relamida.

- No, me la llevo puesta.

Dicho y hecho. La coloqué en la palma de mi mano y accioné el botón para que

parpadearan las luces de la cavidad de sus ojos. Seguidamente recorrí las salas de Arco preguntando: “To be or not to be. That is the question”.

La gente me miraba con curiosidad. Uno de los visitantes me llegó a preguntar si yo era una ’instalación’, y añadió que le gustaría comprarme. Le dije que lo tendría que consultar con mi marido.

Nunca pensé que una visita a Arco me iba enseñar tanto de las profundidades del ser humano.

Dominik


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 27 de abril de 2019

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