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ANDRÉS BARTOLOMÉ
UNA DEUDA DE SANGRE
  ANDRÉS BARTOLOMÉ  | 7 de junio de 2019

Los “paseos” a manos de pistoleros o los asesinatos por parte de milicias o tropas profesionales fueron los protagonistas en el verano de 1936. Cuando un grupo armado llegaba a un pueblo sabía a quién había que ir a buscar, o era informado sobre el terreno. Los motivos, no solo porque sus ideas no fueran afines a la República o a los partidarios del golpe sino, como sucedió en toda España, y en Madrid con especial virulencia en los primeros meses de la guerra, porque afloraron muchas cuentas pendientes saldadas con sangre.

El desenlace de una de estas venganzas ocurrió a finales de julio en Navalperal y tiene como protagonista a Agustín Rosino, conducido al cementerio en un camión para ser fusilado con el resto de los detenidos en el pueblo tras la llegada de la Columna Mangada, pocos días antes.

El hombre, aprovechando un descuido y con el camposanto ya a la vista, salta del vehículo con intención de escapar. Van tres milicianos en su persecución, disparándole e hiriéndole en una pierna, aunque se esconde entre la maleza y despista momentáneamente a sus captores. Uno de ellos desiste de la persecución, pero los otros dos vuelven a verle y disparan una vez más. Tendido en tierra, más muerto que vivo, Rosino es por fin alcanzado y, como sus perseguidores se han quedado sin munición, le rematan con grandes piedras que arrojan sobre su cabeza.

¿Por qué un final con semejante saña? Agustín Rosino tenía una tienda –según parece, en la Plaza Mayor– en la que le habían robado años atrás unos individuos llegados de Madrid. Rosino, defendiendo su propiedad, hirió gravemente a uno de los ladrones, que murió poco después en una casa de socorro madrileña en cuya puerta le dejaron sus compañeros de robo. Uno de los milicianos llegados al pueblo que dieron muerte a Rosino era uno de los atracadores, deseoso de vengar a su compañero, y ayudado en la macabra tarea por quienes probablemente fueron cómplices del asalto.

El episodio lo cuenta Andrés Méndez en su meritorio estudio –no publicado– sobre la historia de Navalperal, pero en un reciente rastreo encontré el periódico que daba sentido a la historia con el relato de aquel atraco sufrido por Rosino que finalmente le costaría la vida.
El suceso lo narra “El Sol” el domingo 14 de febrero de 1932. La noticia ha saltado cuando una casa de socorro de Madrid comunica al juzgado de guardia el ingreso de un hombre “gravemente herido a consecuencia de dos disparos”. Se trata de Miguel Navas Bartas, de 50 años, soltero, natural de Valladolid, que ha contado que llegó de su tierra el viernes y, “como no tenía dónde ir a descansar, se quedó dormido en el paseo de la Florida. A las pocas horas despertó y trabó amistad con tres individuos, con los cuales estuvo visitando varias tabernas”. El hombre asegura que tuvo una discusión con sus nuevas amistades porque quisieron robarle y, al resistirse, le dispararon. Según la certificación facultativa, presenta “dos heridas por arma de fuego, una tremenda en la región abdominal, con salida de paquete intestinal, y otra en la cara posterior, tercio superior, del antebrazo izquierdo”.
El juez no concede demasiado crédito a la declaración y ordena a la Policía que inicie sus pesquisas. Cuando ésta “practicaba averiguaciones destinadas a esclarecer el hecho”, se recibe un parte de la Guardia Civil del puesto de Navalperal de Pinares en el que se manifiesta que “en las primeras horas de la madrugada habían penetrado en un comercio de la localidad, con el propósito de robar, tres individuos, de los cuales uno vestía guardapolvo, otro gabardina y el tercero una pelliza o gabán negro. El dueño de la tienda, Agustín Rosino Martín, se defendió de los malhechores con una escopeta (...) y pudo observar que uno de ellos había resultado herido de dos perdigonadas, dándose a la fuga en dirección a Madrid”.
Conocidos estos pormenores, al día siguiente parte de la capital en automóvil, “con dirección a Navalperal, el comisario (...) D. Pedro Herraiz, con varios agentes a sus órdenes”. Este descubre que los perdigones extraídos al herido que ha llevado consigo “son idénticos a los que usa para la caza el propietario de la casa asaltada”, y establece el modus operandi del robo: los ladrones van sacando el género sustraído y llevándolo a los automóviles que han dejado aparcados “a las afueras del pueblo”. Pero durante la operación se percata de lo que está pasando al oír ruido “un dependiente del comercio que dormía en la planta alta”, que avisa a su jefe. Ambos se arman de sendas escopetas y los ladrones emprenden la huida. Abren fuego empleado y dueño de la tienda. El primero hiere a uno de los fugados en el vientre y el otro en el brazo, según la crónica.
El suceso de aquella noche le costará caro a Rosino. Los compinches del ladrón fallecido esperan su oportunidad. Hasta que la guerra les procura la mejor coartada.


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