Las Navas del Marqués a 9 de diciembre de 2019   

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MARIVÍ AMÍROLA
La herencia
  Taller de periodismo  | 22 de noviembre de 2019

Cuando Gervasio se sintió enfermo ingresó en el hospital para someterse a varias pruebas. Permanecería allí varios días por tanto le pidió encarecidamente a su sobrino, único familiar cercano del cual además era su padrino, que se encargara de su querida mascota; un loro gris también conocido como yaco.

El tío Gervasio era un soltero por vocación, ya maduro, de salud delicada. Eso no le impidió llevar una existencia plena; fue asiduo de eventos de la alta sociedad, comensal en los mejores restaurantes y coleccionista de arte.

Vivía en un piso señorial, en el mejor barrio y con vistas al parque emblemático de la ciudad. Era uno de esos edificios con portal de mármol, riqueza de dorados relucientes y cuyo ascensor, de madera y espejos, resguardado por una verja profusamente labrada, indica su abolengo. A pesar de que el bloque estaba bajo protección urbanística, a la vecindad se le permitió la construcción de un garaje con acceso por la antigua entrada de cocheras y soterrando por debajo del hermoso patio ajardinado,utilizaron el espacio de las carboneras y trasteros de antaño.

Un día caminaba por el garaje y, sin saber de dónde, le salió al paso un loro que, con su peculiar voz, exclamó: “¡Hola soy Kike, Kike Kike!”

Sorprendido, se acercó al animal que no sólo no huía sino que a saltitos se aproximó a él.

Con precaución le ofreció el brazo y el ave se encaramó tranquilamente. Se dejó acariciar emitiendo suaves ronroneos similares a los de un gato, mientras Gervasio le preguntaba qué hacía allí.

Divertido con el encuentro subió a su casa, acomodó al animal cerca del mirador que asomaba al patio silencioso y le hizo unas fotografías.

Solicitó al conserje que averiguara si era de algún vecino,pero las pesquisas dieron resultado negativo.

Entonces acudió a la clínica veterinaria de la esquina donde relató el suceso y enseñó las imágenes por si lo conocieran. No era el caso.

Necesitaban cerciorarssse de si estaba registrado así que le prestaron un trasportín para que acercara a Kike y comprobar si estaba anillado o portaba un identificador.

Carecía de ambos aunque parecía bien tratado, limpio y sano. Era un ejemplar joven.

Podía dejarlo allí en custodia pagando la estancia hasta que apareciera el propietario, pero Juanjo, experto en aves, recomendó que lo acogiera Gervasio para evitar que el bicho se estresara. Pues este tipo de aves sufren mucho los cambios, no suelen ser tan afables y dado el comportamiento demostrado, creyó que era la mejor solución.

Pusieron un cartel en el escaparate, le alquilaron una jaula y le dieron las indicaciones para su alimentarlo.

Publicó anuncios en periódicos y redes sociales.

Pasado un tiempo prudente y puesto que nadie reclamó su propiedad, Gervasio decidió quedárselo aunque Juanjo le advirtió de que podría vivir entre 40 y 60 años, no debía adoptarlo caprichosamente.

Decidido compró todo lo necesario para instalarlo definitivamente y legalizó su tenencia; hubo que rellenar formularios, colocarle el chip etc.

El yaco amenizaba con su parloteo la solitaria vivienda. Manejaba un vocabulario variado, imitaba sonidos y canturreaba, además aprendía con rapidez las monerías nuevas que se le enseñaban.

Y así se creó un vínculo muy especial entre el hombre y animal.

Igualmente se desarrolló buena camaradería con Juanjo que les visitaba con frecuencia pues le fascinaban estas razas y disfrutaba enseñando cuanto sabía sobre ellas.

Gervasio, al salir del hospital, celoso de su intimidad, se negó en rotundo a mudarse con sus parientes. Volvió a su hogar ansioso por recuperar a Kike al que había echado de menos.

Su sobrino trajo la jaula sin dejar de halagar lo afectuosa y dispuesta que había estado su esposa y cómo se había encariñado con la mascota. Rogaba a su tío que le llamara para cualquier cosa que necesitara; si cambiaba de opinión y decidía irse con ellos una temporada, no tenía más que decirlo.

Ya fuera de la jaula Kike voló hasta el hombro de su amigo, frotó su cabeza contra la mejilla de Gervasio en delicada caricia e imitando inequívocamente la voz, exclamó:

- ¡Por la herencia, por la herencia que si no! ¡Calzonazos!

Gervasio no se volvió, por un espejo observó a su ahijado, pudo ver cómo palidecía súbitamente y tembloroso enjugaba el sudor que perlaba la frente.

Hizo caso omiso y agradeciéndole todas las atenciones recibidas despidió cariñosamente a su apadrinado. Éste no había llegado al portal, cuando Gervasio llamó a su abogado para que acudiera al día siguiente con un notario. Quería testar.

Aún disfrutaron amo, mascota y Juanjo de diez años más de fiel amistad.

Finalmente Gervasio sufrió un ataque fulminante y falleció.

Fue sonado y muy comentado en todos los medios cuando se hizo público el curioso testamento que en resumen venía a decir así:

Se dejaba a Kike el disfrute en usufructo todos los bienes de don Gervasio.

Se asignaba una golosa renta a Juanjo como supervisor y tutor legal del animal. Así mismo, se otorgaba a su sobrino una cuantiosa anualidad y la posibilidad de residir en tan espléndido piso siempre y cuando cuidara de Kike casi como si un hijo se tratara.

En el caso de que Gonzalo, el sobrino, rehusara tal obligación renunciaba con ello a la pensión y al uso de la vivienda. El veterinario o alguien asignado por él asumiría el empleo junto al disfrute de la residencia y los honorarios mencionados.

Una vez que Kike falleciera, todos los bienes serían donados a una conocida asociación dedicada a la recuperación de animales y a la reinserción de estos en su hábitat natural. Como gesto el nombre completo de don Gervasio aparecería en alguna de las instalaciones junto ala leyenda “A quien más lo merece” y en la entrada se colocara una estatua en bronce, fiel reproducción de Kike.

Se aseguraba así del bienestar de su compañero pues convenía a quien se encargara de Kike que éste viviera en condiciones óptimas por muchos años.


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- Artículo realizado por Taller de periodismo
- Publicado el 22 de noviembre de 2019

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